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partir, poema de Carlos Eduarde Satizábal

ÁRBOL


Alto y milenario, como los pueblos olvidados,
desde la aurora de los cantos eres símbolo de lo vivo,
imagen de lo que renace, de todo lo que fluye y crece:
Del pensamiento. De los padres.
De los dioses y las diosas. De la vida y de la muerte.

Platón cuenta que en las horas sagradas del primer sol
escuchamos las cigarras de tu voz.

Pobladores de las llanuras que bordean el Amazonas, el Orinoco y el Atrato,
cantan que los primeros abuelos derribaron el árbol de todos los frutos,
y del tocón nació el diluvio, y del tronco caído brotó el gran río,
y de sus brazos y ramas los ríos pequeños,
                                                                 los caños,
                                                                          los arroyos,
                                                                                las quebradas.

Eres para el hindú la encina milenaria a cuya sombra de luz
inspira la sabiduría en sus discípulos el reencarnado anciano Gautama.
Bajo tu sombra fresca resuena en sus mentes el rojo palmear de una sola mano.

Al bíblico semita entregas la ciencia del mal y del bien
y la vara que hace brotar agua de la peña y la zarza para honrar a Yahveh.

Al evangelista ofreces otro símbolo de la Jerusalem celestial
y los doce frutos del año y el bálsamo curativo de tus hojas.

Al romano honras con el laurel imperial
y con la rama de higuera para celebrar a Príapo
y el cadalso en cruz para adorar al joven dios muerto.

Para el médico y el sabio eres metáfora de los cauces de la sangre
que corre viva en los cuerpos y región del aire en los pechos que respiran
y agua roja en la savia que baja por las noches
y agua blanca que asciende al canto de tus hojas con los vientos del sol.

Al hambriento alimentas con tus flores y tus frutos.
Das refugio al huyente en tu cama de olorosa hojarasca.
Y calor al invierno con el fuego que revive de tus ramas secas.

En ti cantamos la fortaleza de los mayores y el descanso azul de los fatigados.
Tu forma nos une a nuestros muertos
para que vivan en nosotros como carne y memoria
y pueblen nuestro tiempo de gloria u olvido.

Moldeas la forma y la fuerza del sueño y del pensar
que se regocijan en el asombro de la diversidad.

Como un dios vivo colmas de dones la fragilidad de nuestro deseo.

Y cada mañana y cada tarde, a la luz que nace o agoniza,
alegras nuestras casas con el canto de tus pájaros.

Poemas de © Carlos Eduardo Satizábal, seleccionados con autorización del autor de su libro La llama inclinada para la revista mis Repoelas:





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