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alguien lee, poema de Carlos Eduarde Satizábal

ALGUIEN LEE

tengo la boca llena de tierra...
Pedro Páramo
 

He anhelado el canto,
el canto para barrer la sombra, el canto para recoger mis pasos:
Las calles de la huída, las esquinas del amor, las ciudades del camino.
El país de la muerte, el país del retorno, el país del agua.
Ríos de la infancia: hierbas voces árboles.
Caminos del deseo: iluminaciones silencios despojos.
Y el mismo volcán de sangre en la boca, el mismo páramo calcinado bajo los pies.
Un vendaval de ojos, de carne, de música y de huesos.
Los mismos torrentes resecos de muertos que cantan con las voces de la infancia.

He buscado esos cantos en los árboles que huyen,
en los ojos del miedo de los niños del camino.
A veces les veo en las grietas de la furia y del dolor.
A veces en las letras despedazadas de los muros callejeros.
Cantos del sueño y de la muerte y de la mano dormida.
Cantos sin voz o apenas suspendidos en volátiles hilos cerebrales.

En las noches de junio,
cuando Castor y Pólux cruzan con su luz mítica el cielo atormentado de la memoria,
oigo su música caer de la oscuridad como frutos podridos.

Y en las tardes de agosto, cuando las cometas y los faroles de aire y de papel de china
valsean sobre el valle de las garzas y los pellares, su martillo de palabras
azara el sopor de la siesta con los incendios del viento y el vuelo de las cenizas.

Sus trazos negros rayan mi mente al amanecer de enero,
bajo la inmensidad del cielo, en los amaneceres azules de la sabana sin nubes
y la quietud de las nieblas heladas que cubren mis zapatos
entre la hierba atemorizada.

Más allá del sueño y de la montaña, veo crecer esos cantos en las orillas del río-mito,
bajo un cielo cultivado a la sombra de todos los verdes de la selva.
Están en la danza del abuelo Kumú que atrae con su rumor de cuarzos y semillas
la balsámica intención amarilla del sol al conuco del alma.

Y están adentro de mi cráneo, cuando la serpiente de luz une los abismos fractales
de mi rústico cerebro con el zumo ancestral de hojas y bejucos.
Son el son de la maraca que equilibra el mundo
y los murmullos melodiosos que guardan el pensamiento.

Los veo ahora muy arriba de mis ojos, en el vuelo de las tumbas del aire:
el grajo mortecino de los gallinazos esparce por el cielo en su danza circular
el tejido mineral de mis nervios.

Ese vuelo danzado es el canto. El canto está donde están mis muertos.
¿Pero dónde están mis muertos?

He anhelado el rumor de sus canciones en mi palabra.
No su memoria escrita entre la hierba por larvas, coleópteros y microscopios.
Si no la memoria viva en unas letras, un tono, un ritmo, una canción
para cantar en la tumba de las noches con platos y flores y aguardiente.

Voy de vuelta. He anhelado el canto de la luz del regreso en el fragor del agua.
Quizá nada regrese de mí ni de ellas y ellos.
Quizá sólo los dientes de los muertos aren la tierra sobre los huesos rotos.
Quizá no hay palabra que descifre con su música inútil
el sentido de esta muerte sin borrachera, sin ceremonia y sin cantos.
Sin tierra en la boca de los muertos.

Ya cae la tarde de todas las tardes.
Ayer huyó de aquí el hombre de la montaña que rompía con su grito feliz
la algarabía de los loros que cruzan el valle.

¿Dónde están los cantos que lo celebran?
Los he buscado para alumbrar la hora del regreso.
Con mis muertos los busco. Con sus voces imagino cómo suena su música.

Pero ya nadie puede desandar este camino.
Quizá un poema en estas hojas ilumine con sus letras
la carne y los huesos y los nervios del olvido.

Alguien vio la huida de las multitudes
y sus ojos se hundieron en el espejo amargo del café de la mañana.

Alguien oyó el ritmo medroso de sus pasos contra la tierra.
Alguien escuchó el grito. Alguien ya no recuerda.

Otros dicen: Esas voces, esos pasos, y su retorno, están siempre en los cantos.
El canto las anuncia. La memoria está en los cantos.

Pero ¿dónde oír esos cantos ahora?
¿Cómo saber si están aquí, en estas hojas,
y son ahora suyos, lectora silenciosa, silencioso lector…?

Poemas de © Carlos Eduardo Satizábal, seleccionados con autorización del autor de su libro La llama inclinada para la revista mis Repoelas:





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