LA
CASTAÑERA
La segunda guerra mundial nos dejó una Italia sin
fuerzas, la economía nacional estaba totalmente
destruida y el pueblo lloraba al casi un millón
de Italianos fallecidos en un conflicto en el que nunca
creímos. Con la unión del país a
la OTAN en 1949 y la creación del Plan Marshall,
se nos prometió un futuro lleno de prosperidad.
Nos dijeron que ésta iniciativa por parte de los
Estados Unidos ayudaría a revivir la economía
nacional, “El milagro económico” lo
llamaron. Pero la realidad de los ciudadanos de a pie
era bastante más ruda. No entendiamos de alianzas,
ni de rescates. Mi familia y yo solo conocíamos
el sacrificio, el trabajo, el hambre y la humildad. Ese
tipo de humildad que te da la pobreza.
Mi madre, era más de aparentar que de trabajar,
pero nunca entendió que cuando se vive con nada,
se aparenta también la nada. Fue siempre una persona
fría y distante que vivió su vida dejándose
llevar por el deber, las expectativas ajenas y el qué
dirán. Fué así como crecimos; sin
cariño y con las miradas ajenas como única
preocupación.
No es un reproche esto que hago ahora, solo una reflexión.
Si algo me ha enseñado la vida es a no juzgar,
y no por falta de derecho, sino por falta de utilidad.
Al fin y al cabo juzgar a los demás no cambia nuestra
propia realidad. Una lástima que mi madre ésto
no lo hubiese entendido jamás, o sí... ¿quien
sabe? quizá le faltaron las fuerzas para luchar
contra aquella sociedad caduca, o simplemente las ganas.
Nacimos, crecimos y morimos en Cisamo di Aro, un pequeño
pueblo al sur de Italia. Somos los del tacón
de la bota y creo que eso nos condicionó a dejarnos
pisar. Me llamo Elvira, y soy, fui, la segunda de cuatro
hermanas, o mejor dicho de tres hermanas, aunque éste
es un asunto del que hablaremos más adelante.
Crecí sin más, por inercia, y cuando fuí
capaz de levantarme a un palmo del suelo, sin preguntas
ni interés, me subieron a un camión de
remolque con antiguas sillas de colegio atornilladas
al suelo y sin ninguna palabra de consuelo o preaviso,
empecé a recoger fruta y verdura desde primera
hora de la mañana hasta el atardecer, cada día
de mi vida hasta cumplidos los treinta años.
El día de mi veintidós cumpleaños
me desperté con prisas y sin regalos. Pietro
Sabello, el pintor del pueblo que durante la guerra
se quedó sin pinturas, había apoyado unas
maderas sobre la ventana de la habitación que
compartía con mis hermanas, impidiendo que los
madrugadores rayos de sol se colasen en mi habitación
y me despertasen. Al pintor sin pinturas, no le había
quedado otro remedio que reciclarse cuando vió
que durante la posguerra, la gente, estaba más
preocupada por mantener sus casas en pié que
por la estética de éstas, al fin y al
cabo, de qué servía un maravillosa cocina
con veladuras y trapeados, si la ventana era un agujero
natural que invitaba amablemente al frío y al
calor. Por eso, Pietro, decidió aplazar su profesión
para cuando llegasen tiempos mejores, y dedicarse a
buscar materiales abandonados, económicos o robados,
con los que reconstruir las casas de sus vecinos hasta
que éstos pudiesen permitirse un “muro
de verdad” que él podría pintar.
Mi familia y yo, vivíamos en una de las casas
blancas que perfilaban el empedrado de las calles. Nuestra
casa era como todas las demás, pequeña,
austera y superhabitada. Sobraban bocas que alimentar
y faltaban monedas, pero las desgracias de muchos, son
el consuelo de algunos pocos.
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Llevaba veinte minutos de retraso, el tiempo justo para
desayunar los gritos de mi madre, salir corriendo de
casa y comprobar que había perdido el “autobús”
que me llevaría a uno de los campos que rodeaban
nuestro país. La nuestra era una tierra de campesinos,
la industria enriquecía el norte del país
mientras los habitantes del sur de Italia nos dedicábamos
a trabajar los campos de cultivo o emigrar. Era curioso,
teníamos las tierras más ricas de la Península
pero éramos los habitantes más pobres.
Al llegar a la parada del autobús, una explanada
de tierra que hacía las veces de plaza central,
y ver que el grupo de mujeres que cada mañana
nos reuníamos bajo los primeros rayos de sol
no estaba, entendí que me tocaba ir a pie y perder
al menos dos horas de jornal. Aquella mañana,
en realidad no me importó tanto, siempre me ha
gustado pasear y pensé que de alguna manera el
destino me había hecho un guiño por mi
cumpleaños y me había regalado unos kilómetros
de soledad y silencio en aquella rutina en la que consistía
mi vida. No disponía de tiempo libre por lo que
caminar era para mí lo que ahora la gente joven
llama “un break”. Me permitía concentrarme
solo en cada uno de mis pasos, podía permitirme
el lujo de no hacer nada más que poner un pie
delante del otro y dejarme llevar. Los problemas podían
quedarse al inicio o al final del camino, pero el presente
era solo mío.
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La historia de nuestro pueblo siempre ha estado ligada
a la fertilidad de nuestras tierras y a la caza, desde
que a finales del siglo X, una colonia de emigrantes
Croatas se estableciese en nuestro territorio precisamente
por la riqueza natural del entorno. Con el paso de los
años y los siglos, los Cisavitesi, como así
se nos llama, seguimos viviendo, o sobreviviendo, gracias
a la generosidad de nuestros campos de olivos, alcachofas,
tomates, berenjenas… y en menor medida, vino.
Nuestra tierra daba y respiraba vida, y aquella mañana
de mi vigésimo segundo cumpleaños, yo
caminaba por uno de los caminos que como venas salpicaban
el cuerpo de nuestra provincia, disfrutando de las vistas
y respirando el silencio mientras los rayos de sol derretían,
poco a poco, el rocío que la noche había
dejado en las plantas. Caminaba inmersa en mis pensamientos,
en la sensación de libertad, en el camino, mis
pasos, mi respiración y mis sueños, si
los hubiese tenido…., cuando vi que alguien irrumpió
en mi paisaje subido a una bicicleta.
¡Buenos días señorita! - Me saludó.
Era un joven de piel y cabellos morenos, como casi todos
los jóvenes que yo conocía. De vista,
claro, no es que yo tuviese ninguna relación
con los muchachos de mi edad.
Bajé la mirada y seguí caminando.
Veo que no tiene usted ganas de compañía
señorita…
Me concentré en mis pasos y continué mi
camino como si aquella presencia fuese solo una sombra
de olivo.
De acuerdo, que tenga usted un buen silencio…
dijo, un buen día señorita..
Se marchó. Siguió en dirección
contraría a la mía, pedaleando, dándome
la espalda y cuando supe que nadie podía ser
testigo de aquello que estaba por suceder, sonreí.
Solo yo supe de mi sonrisa.
Continué mi rutina paso a paso, sin querer pensar
en aquel mozo de ojos negros que no quise mirar. A mi
llegada a la hacienda del señor Faccio, el jefe
de turno me asignó uno de los pasillos de olivos,
después de informarme de que aquel día
se me pagaría tan solo media jornada. Algo que
yo ya sabía, pero que él insistió
en remarcar, no fuese que yo, una simple campesina,
pobre y mujer, me olvidase de quién mandaba en
aquel lugar.
Había comenzado la temporada de recogida de aceituna
y pasaríamos el próximo mes golpeando
los olivos con una vara para derribar el fruto agitando
y golpeando las ramas de olivo. Acabábamos de
estrenar el Otoño y para mí ésta
era una de mis épocas preferidas del año.
Me gustaba la nostalgia de las hojas secas, el color
cobrizo de las viñas y el perfume de aceituna
en mis manos. El Otoño nos preparaba para el
invierno, una especie de muerte anual que cubría
nuestros campos y nuestras vidas. Después llegaría
el renacer, la primavera y le seguiría el calor
sofocante del verano, pero Septiembre nos daba la calma,
Octubre la belleza de las tierras que han cumplido con
su labor y están preparadas para descansar y
Noviembre, la desolación por un lado y el orgullo
del trabajo hecho por otro.
Aquel día de mi vigésimo segundo cumpleaños,
la vida me había regalado un poco de tiempo para
mi misma y por alguna razón me sentía
feliz.
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