Fue un domingo de la tierra sorda.
Bajo la mañana el mundo silencioso
encendía un calor blando sobre azucenas y satélites.
Abanicos rotos eran la revolución.
Fue el domingo que encontré aquella caja de música
con una bailarina sin cabeza en su centro.
Giraba y deshacía
el ovillo de los estómagos robados, bordeaba la
boca de nuestro cielo vacío. Eramos estrellas de
hielo
mudando de clave entre letanías.
Venus en piel de marta huyó del nítrico sonido
de ese juguete,
el arco de su viola le bastó
para serrar la pata de la cama. Tú te abriste el
cardigan
y me mostraste la muerte.
El día del aplauso
probamos la heroína roja del jaguar. Por sentirme
la vida,
elegí una parábola yerma.