PARÁSITO
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Este viaje comenzó
con tu despertar, amada Carmesí (apodo que tu padrote
te impuso por esta noche). Te sentí a mi lado, tierna,
dulce, cariñosa. Levantaste tu peluca y te fuiste arrastrando,
dejando un rastro de baba sobre el mosaico. Revolví las
sábanas y hallé tus piernas: ¡Hey! ¡Se
te olvidaron!. No escuchaste. |
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Me senté en el catre y miré el techo. Goteras.
No sé cómo llegué hasta este lugar. Tampoco
me interesa saber. Busqué mi traje y no lo hallé.
Tan sólo una manta sucia, con olor a orines con la que
cubrí mi cuerpo desnudo. Mis zapatos tampoco estaban.
Salí del cuarto y me encaré con un pasillo con
cientos de puertas a los costados. Caminé un buen trecho
hasta encontrar una ventana enmohecida con barrotes que poseían
espinas de rosas marchitas. Aún me hacían sangrar.
Me gustaron las nubes violetas que divisé, indicaban
un crepúsculo más cercano que tus nocturnas y
flácidas carnes imaginarias surgidas de tu cuerpo real.
Más allá, había un jardín con árboles
tan frondosos que cerraban la vista. Es el prostíbulo
dónde habitan las hadas vedadas para nosotros los pobres
alcohólicos. Están reservadas para los dandis
con dinero.
Continué mi andar. Llegué hasta una puerta abierta
(después de 397). Unos intelectuales marchitos conversaban
dentro, sentados en unas sillas tapizadas con pieles de las
mujeres viejas que ya no les servían de nada. Me invitaron
a sentarme mientras me asfixiaban con su olor a puro corriente.
El humo se elevó, para luego dejarse caer sobre mi. Se
burlaba y luego salía por un hueco en la pared. Hablaron
de sus publicaciones. Uno con bigote desaliñado, con
aire de que en algún tiempo fue un escritor respetable,
comentaba de su más reciente creación: “Embalsamador
de almas” (Madrid, 2013). Otro con bombín sin la
tapa superior y con el traje en llamas se burló diciendo
que el libro de su compañero no se vendió, que
en realidad siempre estuvo guardado en las bodegas de la editorial.
Al otro no le agradó, se levantó, apagó
su puro en el ojo del contrincante, quién aulló
para luego desplomarse sobre la tierra, le quitó el ridículo
sombrero y haciendo una reverencia, salió por una puerta
que yo no había visto antes. Los demás continuaron
su discusión acerca de sus creaciones, de los libros
antiguos, de los malos y exitosos escritores y de los buenos
y olvidados. Me aburrí. Yo no soy escritor ni tengo nada
que ver con el arte, yo soy… ¿Qué soy? ¡Lo
olvidé! Aunque en este castillo lo que seas carece de
importancia. De repente, una música gregoriana inundó
el salón mezclándose con los olores que arrojaban
cada esquina y los mismos cuerpos de los “artistas”.
Me dio curiosidad. Salí de aquella habitación
por dónde huyó el ladrón de bombines. Me
incorporé tratando de no pisar la sangre que escurría
del cadáver y con educación, toqué la puerta
varias veces con los nudillos. Nadie respondió, la empuje.
Caí sobre una sustancia pegajosa y maloliente. No había
luz, anduve apoyándome en paredes de roca. Los muros
desnudos estaban húmedos. Las manos me sudaron a pesar
del intenso aire que se colaba por algún escape del castillo.
Los nervios me carcomían, tenía ganas de gritar,
vomitar, de huir, pero… huir ¿a dónde? Mis
ojos estaban sumidos en las tinieblas. Lo único que escuché
fue mi respiración, mis pasos y unos más adelante,
huecos, que se fugaban y yo con ellos. Entre más avancé
y las voces de los intelectuales más lejos, me sentí
más solo, desesperado y prisionero. No sé de qué
o de quién, pero era un rehén condenado y lo único
que podía pensar era que terminaría como aquellos
pseudo-escritores con ropas desgarradas, cigarros apagados y
hundidos en sus propios mundos de fantasía. Poco a poco,
el aire comenzó a faltar dentro de mis pulmones. Por
más que inhalé, sólo sentí que una
atmósfera envenenada me mataba con tal lentitud, que
la construcción lo disfrutó. Así es, pude
sentir como caminé en sus entrañas y el edificio
vivía. Me sentí un parásito. Tal vez eso
era lo que en realidad era y por eso lo olvidé. Por vergüenza
de ser un inservible parásito.
Ví, al fin, un poco de luz. Viré a la derecha
en un laberinto. Después unas sombras caminaron delante
de mi. Sombras sin dueño. Tropecé con algo, me
herí las rodillas y las manos, la manta que me cubría,
cayó al lodo. Era un cadáver. El mismo que salió
de la sala, el asesino fue asesinado por una mano extraña.
Le quité los pantalones y me vestí con ellos.
La camisa me dio asco por estar llena de sangre azabache y decidí
dejársela puesta. Ya un poco más cubierto, tomé
de nuevo mi cobija, la anudé como capa sobre mis hombros
y salí a la luz.
Los destellos que las miles de luciérnagas posaron sobre
mis ojos, provocaron que cayera en pasto húmedo y con
fragancia a gardenias. En un instante, las luciérnagas
se desvanecieron dando paso al rostro más hermoso. Una
elfa. Pelirroja, con ojos marinos, cuerpo delgado y graciosa.
Me miraba con curiosidad. No me fijé hasta después,
que detrás de ella había decenas de su especie.
Levantaron mi cuerpo como en un sueño y me transportaron
a la ventana que vi antes. Desde afuera, todo se veía
diferente. Viendo a través de los ojos de ella, observé
la majestuosidad que el castillo tuvo en otros tiempos. Ví
sirvientes por los pasillos decorados con tapices. Observé
príncipes, reyes, cortesanos, fiestas, banquetes, música
y felicidad de un reino olvidado. Cuando me soltaron y caí,
la visión se esfumó dando paso al terror que rompía
la armonía de tal fortaleza. Se rieron de mi, me molesté.
La voz sepulcral de un hombre hizo que se alejaran escondiéndose
en los árboles. ¿Cómo llegaste hasta acá?
-no supe contestar- Este no es tu lugar ¿tienes dinero?
-Era obvia la respuesta- Si no tienes dinero -azotó el
látigo que traía en la garra derecha- no puedes
acostarte con ellas. Claro que si me das una de tus piernas
o de tus brazos -relinchó como búfalo- te podría
dar por una noche una duende -Vi sus piernas de cabra- No es
lo mismo que con las elfas pero tienen muchos dones ¿comprendes?
Me desmayé.
Hoy temprano, desperté a tu lado, Carmesí, pero
no logro levantarme. No te burles de mi. Ahora que mis piernas
faltan, no tengo nada más que ofrecer ¿o sí?
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