| Hace frío, te ajustas la raquítica chamarra
a tu cuerpo. Me voy a enfermar, piensas. Comienza a llover,
corres, luego, ya empapado, caminas despacio. Cruzas la avenida,
te fijas en los restaurantes, las tiendas, casas… hasta
que en medio de dos construcciones viejas, resalta una pequeña
puerta de madera con un letrero igual de pequeño sobre
ella. Jamás habías visto esa librería,
pero sabes que eres un distraído, fácilmente pudiste
pasar muchas veces por ahí y no fijarte. Cruzas de nuevo,
empujas la puerta y abre. Lo primero que vez es un pasillo azul
iluminado, repleto de fotografías sepia en las paredes.
Las miras, no sabes porqué, pero las saboreas familiares.
Llegas a una estancia cuadrada, con las paredes vacías
y un libro único sobre una mesa justo en medio de la
nada. Qué fiasco, dices en voz alta. Por curiosidad te
acercas, tus ojos casi se salen de sus órbitas, lo levantas
con miedo, con amor, deseo. Es el libro que estabas buscando,
empaquetado con un plástico suave, y un precio ridículo
en la cuarta de forros. No lo notas, pero lasparedes comienzan
a encerrarte. Es tan barato, que incluso te alcanzará
para ir a tomar un café en alguno de esos lugares que
pasaste, mirar la lluvia, abrir ese libro, comenzarlo a leer
mientras miras de reojo, con un poco de lástima, a aquellos
mortales que caminan abandonados por la calle, que jamás
tendrán lo que desean. En cambio tú, tendrás
todo en tus manos. Sí, no lo piensas, lo tomas y buscas
alguna otra puerta que te lleve a la caja para pagar, algún
empleado, nada. Regresas al pasillo ante el lamento de las paredes
y justo en la entrada, hallas a esta niña que cuando
habla, tiene la voz de adulto. Preguntas por el dueño,
por algún empleado, por… ¿Lo va a pagar
o no? Pregunta mascando chicle y encendiendo un puro. Sí,
claro. Le das el dinero y sales. El aire que juega en tu rostro,
es intoxicante, como si allá adentro hubiera sido más
puro. Caminas dos pasos y te detienes, quizá tengan otro
librero que no viste, quizá encuentres ese otro que prestaste
y jamás te devolvieron. Regresas, la puerta está
atascada, la empujas y entras. Una vez más el pasillo,
la estancia cuadrada, la mesa y tu libro. Sí, es el que
necesitabas. Miras a todos lados, ¿será una broma?.
El precio es igual de bajo que el anterior. Sonríes y
mantienes esa sonrisa pintada en tu rostro cuando le vuelves
a pagar a la niña, mientras sales y cuando degustas ese
delicioso café caliente, con tus dos ejemplares en la
mesa, sentados frente a ti. Te dan ganas de conversar con ellos.
Supones que los demás te verán extraño,
así que no lo haces, pero cuando te llevan la segunda
taza de café, ya murmuras que los amas. No sabes por
cuál empezar, los hojeas, estás tentado a leer
el final del primero. No puedes dejar de pensar en aquella tienda.
Miras el reloj, ¡qué tarde se ha hecho! Corres
a la facultad. Mañana hay examen, además no has
terminado el trabajo de historia y…
Son las cuatro de la mañana, continúas frente
a la pantalla de este monitor que te da vergüenza por
viejo. No has escrito nada bueno, desde el primer renglón,
es una basura. La librería ¿quién será
el dueño?. No, tienes que acabar esto. Lo relees, sí,
tu texto es asqueroso. ¿Abrirán en la madrugada?.
Qué hambre hace, sed, frío, sueño. ¿Cómo
le harán para conseguir estos libros? Entras a la red,
buscas si existe algún registro de aquel lugar y nada.
Te desesperas.
Sientes frío en los pies y claramente la lengua de
alguien lamiendo tus plantas. La humedad de una lengua recorre
tus dedos. Saltas, miras debajo del sillón, detrás,
en la cocina. Estás solo.
Cinco de la mañana, en tres horas, verás como
te reprueban, y si ya no pasaste, ¿para qué
seguir con esto? Apagas la computadora. Tratas de dormir.
Los libros que compraste, reposan junto a ti. Suspiras. Te
sientes asfixiado.
Un sonido te despierta. Moscos. Te cubres con las cobijas
hasta la cabeza, pero el calor y el interminable zumbido,
te hacen levantarse de un salto y temblando entre dormido
y despierto, prendes la luz. Un estremecimiento te recorre
desde los pies cuando ves el foco: decenas de insectos volando
alrededor, moscos, mariposas negras y palomillas, todas en
un ansioso batir de alas, estrellándose en la pared,
contra tu pijama, escondiéndose entre tus libros viejos,
debajo de la cama, precipitándose hacia la ventana
cerrada. Con una ansiedad que no habías conocido antes,
te cubres el rostro, abres la ventana y comienzas a matar
insectos con un zapato. Uno tras otro caen, se embarran en
el techo, en las sábanas, se derrumbaron sobre tu cara.
Al final, toda stu habitación quedó tapizada.
Todavía con la mano temblando, te colocas la misma
ropa que habías usado en el día y sales retrocediendo.
Cuando respiras el aire fresco, comienzas a temblar de nuevo.
Hubieras bajado tus cigarros. Maldito frío.
Tienes que regresar.
En el camino te topas con un policía en bicicleta haciendo
sonar su silbato como si con eso los ladrones se asustaran,
una tienda 24 horas abierta con olor a cerveza en la banqueta,
algunos autos perdidos con las luces que parpadean teniendo
sueño.
Ahí está. Te muerdes los labios, te daría
pena tocar y que nadie abra, o peor aún, despertar
al que viva en el piso superior. La puerta está abierta,
deja ver las fotografías. La madera cruje cuando la
pisas, la humedad hace de las suyas con la casa vieja. Te
da lástima. La habitación azul, está
vacía, no hay nada sobre la mesa. Te decepcionas. Sales,
no hay cajera en la entrada. Si alguien escribiera un libro
sobre mi, mi personaje sería un perdedor, piensas.
Comienzas a imaginar la historia en tu cabeza. Le cambiarías
muchas cosas a la realidad. Te sientes perdido, regresar ¿para
qué? decides esperar a la empleada sentada en la acera,
hasta que te diga de dónde importaron aquellos ejemplares.
De repente, recuerdas que tu hermano vendrá de visita.
Qué flojera. Entretenerlo con algo ¿pero qué?
Evocas los libros infantiles con los que tu padre los distraía.
Quizá si reconsiguieras algo así, divertido,
largo, para que te deje en paz la semana. Con dibujos. ¿Cuántos
años le llevas de diferencia? No importa porque los
años son efímeros cuando lo escuchas hablar
más adulto que tú, ves el rostro de orgullo
de tu padre, la sonrisa de tu madre que esconde un “ojalá
fueras como tu hermano de siete años, pero mira la
edad que tienes y sigues pensando en…”. Casi sientes
la mirada de tu hermanito sobre ti, con esa mezcla de orgullo
y lástima mientras masca su chicle de la forma más
madura que puede. Crees desear un libro infantil. Tal vez
si pruebas entrar de nuevo, no pierdes nada… Lo que
más deseas en este momento es ser libro.
En la habitación azul, está un ejemplar sobre
un pedestal. No tiene dibujos en la portada. Quizá
no era lo que tú imaginabas, quizá no era lo
que tú querías. Lo abres y al hacerlo, una mariposa
negra en forma de polvo, sale hacia tus ojos, retrocedes asustado
mientras te los frotas. Maldita sea. “Entras a otra
librería ¿Cuánto tiempo tienes buscando
ese ejemplar? ¿meses? No pierdes la esperanza. Quizá
en esta sí… y no. Sales decepcionado.”.
Sonríes. Tu historia es tan común que a cualquiera
podría pasarle, hasta en cualquier libro. “Cruzas
la avenida, te fijas en los restaurantes, las tiendas, casas…
hasta que en medio de dos construcciones viejas, resalta una
pequeña puerta de madera con un letrero igual de pequeño
sobre ella.” Interrumpes la lectura. Te sientes como
Bastian en “La Historia Sin fin”. Cierras el libro,
en la contraportada está el nombre del escritor. Tu
nombre. Vaya, tengo un familiar escritor. El sol comienza
a colarse por un tragaluz sobre tu cabeza. Lo vas a pagar
o no. Escuchas la voz detrás de ti. No traigo dinero.
No pensé que estuviera abierto. Lo vas a pagar o no.
Guárdamelo y paso por él al rato. Lo vas a pagar
o no. Entiende que no traigo… Entonces puedes leerlo
aquí, te lo presto.
La niña sale de la estancia fumando un puro. Lo hojeas.
La historia es tan parecida a la tuya. No aguantas para leer
el final, es tentador. La última página, te
saltas las demás, al fin parece que ya te sabes el
cuento. “Las puertas de la librería se cierran,
él sabe que no saldrá, que será libro
que otro vendrá a buscar hasta encontrar su historia.
Tratas de cerrar el libro, manchas las páginas con
la tinta de tus venas. Respira, respira… no puedes.
Exhalas, la página se da vuelta.”
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