¡Oh!,
nuestros ingenieros…
qué lejos están todavía de aprender a
reconocer
los diferentes latidos
que reverberan sobre la superficie de este tambor pluriforme
que es la Tierra.
Empeñados en medidas de precisión
para tender puentes, nidos, acueductos, caminos
y levantar edificios, naves, emboscadas, hacia lo alto y
hacia lo ancho
se pierden cuando de lo que se trata es de reconocer
los ritmos internos de lo indecible,
el eco sincopado del vacío tañendo como una
campana
bajo la piel azul del mundo.
Ni el mejor director de orquesta
podría escribir sin temblar en una partitura
el sonido de la lluvia repicando cada atardecer
sobre los techos de calamina y tejavana de las tórridas
lluvias
sobre la selva del Ixcán
en Guatemala.
Concierto para percusión y orquesta Opus
número uno en Do mayor
del ingeniero D. en un cielo color cobalto
y una humedad del ochenta por ciento sobre la verde floresta
en el país de la eterna primavera
y el eterno expolio de los empobrecidos.
¡Oh!, nuestros ingenieros…
qué lejos, todavía, de comprender las conjeturas
del universo entrópico pero cabal, que agita nuestras
vidas
como lo hace el paso sincopado de un rinoceronte
sobre el tamiz polvoriento y reseco de un claro de selva
camino del río.
Porque la lluvia es una fiesta
y nadie puede encerrar su gozo
en ninguna partitura…