Corren los
días con cara de verano,
olas continuas que van del nacimiento a la adultez,
brillan, sonríen, se quejan, se deslíen
y fallecen junto a los cuerpos entregados a la fantasía
del sol y la arena.
No importa el ruido de los carros,
el ladrido de los perros,
el milagro del amor,
pero pasan los días, tocando a tientas su arpa de
luz
jugando a ciegas.
Insisto: los días corren, siguen el rastro del amor,
no importa desde dónde y cuándo se produzca.