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Has de dolerme siempre
amado mío,
como duele el campanario
en los campos del silencio
al final de la batalla,
como duelen los rostros de los pueblos
el impacto de saberse nada
ante el otro,
sin razones de auto-ayuda.
Desnutridos van los pasos
con un pan en la nostalgia,
el abrigo bajo un libro,
uno solo que lo nutra,
que lo cubre del impaciente
hambre.
En la calle bien se observa
el armamento en su carrera,
en la cuenta de los otros
que no entregan su querer,
un pedazo de su tiempo,
un almíbar en la boca,
un gendarme allí en la puerta,
un rincón de mal comida
y la terca piedra en su delirio.
Has de dolerme siempre amado mío,
en el buitre de los hombres
van serenos carcomiendo la justicia,
van cubriendo el remolque
en cada uno de sus pasos
de inconsciencia.
Y hoy amado mío,
hoy te entrego cada gota
de mi sangre en el paso de la tierra,
hoy me dono a mi misma
en el puente los suspiros,
en los mares de los muertos,
y en los niños y las niñas
que abatieron gran olvido.
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