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CUENTOS Y RELATOS

 

YO, TÚ, ÉL Y VOS…

De Benidorm a Las Vegas

Me asusté. Siempre he sido muy sensible a la actitud de los dependientes de las tiendas. Si me atienden demasiado rápido, me agobian, y si no me hacen caso, me molestan porque siento que me están ninguneando. Lo mejor es el término medio, como decía Buda. ¿Por qué los dependientes nunca lo encuentran?

- ¿Son novios? – se me ocurrió preguntarle.
- ¡No me digas eso, que estoy intentando ligarme al del traje blanco!
- Pues hazlo con más ganas, porque me parece que ahí hay tomate – le dije, dándome cuenta de las miraditas que se echaban, de la caja al escaparate y del escaparate a la caja.
- ¿Puedo ayudaros? – escuché, detrás de mi oreja.

- ¡Cómo no! – exclamó Ariel, que ya se le había acercado lo suficiente para imitar el gesto de magrearle el culo por detrás, sin que nadie se diera cuenta, salvo yo. Creo que lo hacía para ponerme aún más nerviosa – ¿Sabes? Mi amiga es una escritora reconocida y reputada – le dijo.
Me puse roja. ¡Moqueta, trágame! Que Ariel siempre tuviese que decir que era escritora, me parecía fuera de lugar, además de inútil, pero lo peor era lo de reputada. No acababa de gustarme. Me sonaba a todo menos a lo que en realidad significaba. Siempre le he dado mucha importancia al sonido que ejercen algunas palabras en mí y en los demás. Incluso odio cómo suenan algunas: flato, vómito, mismamente, locuela (es de lo más cursi), viril (me suena a la España profunda cuando los hombres tenían pelo en el pecho), calostro (esta es horrible, parece un insulto. Nadie diría que tiene que ver con la maternidad), potorro (esta no estoy segura de que exista, pero se la escuché una vez a Belén Esteban. Literalmente dijo: ¡Estoy hasta el potorro!) etc., tengo una larga lista. Y a veces me enamoro de otras, durante un tiempo.
Ariel continuó…
- Y necesita un vestido para la presentación de su nuevo libro.
- ¿Cómo se llama? – preguntó el dependiente del traje blanco.
- Sibila – respondió Ariel.
Le miré con asombro.
- Me refiero al libro.
- ¡Ah! – le miró mi amigo con descaro – Se titula: “Di sí a la infidelidad”.
- Tema interesante – comentó el chico.
Ariel me guiñó el ojo en señal de triunfo. Le encantaba utilizar mi pseudónimo literario para presentarme, porque decía que mi nombre era demasiado normal y yo debía aparentar que era más chic de lo que parecía a simple vista. A mí no me molestaba, al fin y al cabo, aquel nombre sí lo había escogido yo, no como el de mi bautizo, además yo no lo utilizaba, más que cuando me presentaba a algún concurso de cuentos en el que no me permitían usar el verdadero. Pero otra cosa era lo que Ariel hacía con los títulos de mis futuros libros, se los inventaba, según su propio interés y la conveniencia del momento.
El chico regresó con un par de vestidos de mi talla y me indicó el probador. Ariel pensaba quedarse a su lado, pero le agarré del cuello de la chaqueta y le obligue a que entrara conmigo.
- ¿Qué quieres, fastidiarme el plan? – susurró corriendo la cortinilla que nos separaba del resto de la tienda – ¡Venga, empieza a desnudarte!
- ¡Cuando te pones así, casi no pareces gay!
- ¿Y te pones cachonda, no?
- ¡Bah! Ni se me ocurriría pensarlo. ¡Eres mi amigo guay!
- Sí, eso suena mejor que gay – dijo mientras me ayudaba a quitarme la ropa – y mejor que homosexual, que suena a caracol o a bicho raro.
- Tú eres homosennnsual. ¿Verdad que así suena mejor?
- Sí, y tú essstereosensual. Suena más musical desde luego. ¡Jajaja! ¿Has visto cómo están esos dos? Nunca he hecho un trío pero…
- ¿Me queda bien? – pregunté por el vestido.
- Imagino que sí. Lo siento pero ya no puedo ver más que los brazos de ese tío rodeando mi cintura – me confesó.
- Ni en tus mejores sueños – le dije - Aunque pensándolo bien, todo es posible.
- ¿Y tú eres mi mejor amiga?
- Intento ser realista.
- Pues no lo seas tanto. Según el libro que te dije que estoy leyendo, sólo tengo que tomar la actitud de un rompe corazones – exclamó, estirándose como si así pudiera crecer de repente.
- Estás guapo en esa postura – le dije mirándome al espejo, apretándome de espaldas contra él, para estar lo más lejos posible de mi imagen - ¿Por qué hacen los probadores tan estrechos?
- No es estrecho, es que, es para uno y nosotros somos dos. No te aprietes contra mí.
- ¿Por qué?
- Porque me voy a chocar con tu mariposa.
Le miré con una media sonrisa.
- ¿Por qué lo llamas mariposa? – me reí.
- Porque se abre cuando quiere y se posa.
- ¡Es malísimo!
- Lo sé. No te queda bien, pruébate el otro.
- ¡Pero no quedamos en que eres guay!
- Sí, pero como tú has dicho, todo es posible. Y no sería la primera vez.
Me volví con el vestido sobre la cabeza y el resto de mi cuerpo en ropa interior.
- ¡Has estado con una mujer! – exclamé asombrada – No sé por qué me extraña. En realidad creo que ningún hombre es gay del todo.
- ¿Ah, no? Y yo que soy, ¿un gay de medio kilo?
- No, lo que pasa es que a los hombres les gusta tanto el sexo que algunos, más listos que otros, deciden abarcarlo todo.
- ¿Es esa tu explicación de la homosexualidad?
- Podría ser.
- Pues no se te ocurra darla a conocer al mundo – me pidió.
- ¿Por qué?
- Porque hay cosas que es mejor mantener en silencio. ¿Qué creías, que era virgen estereosensualmente hablando?
- Pues sí - me esforcé en bajarme el vestido tirando de él – creía que los guaos, eran guaos y punto.
- ¡Sorpresa! - exclamó - La mayoría hemos sido essstéreos antes de saber lo guais que éramos. Tuve una historia con una tía cuando era muy joven.
- ¿Y qué pasó?
- Que se aburrió de esperar a que me decidiera entre caracolas y caracoles.
- ¡Vaya! Entonces no lo tenías claro.
- No, ¿tú siempre lo has sabido?
- ¿El qué? ¿Qué era caracola? – pregunté. Empezaba a liarme con tanto molusco.
- No, eso se ve. ¡Menudas tetas tienes! Me refiero a si siempre supiste que te gustaban los caracoles.
- Siempre, a pesar de sus babas – respondí rotunda.
- ¡Babas, las mías! ¡Ese tío de ahí tiene una caída de ojos arrebatadora!
- ¿Y has vuelto a saber de aquella chica?
- Sí, se casó con un tío que siempre había sido su amor platónico y que al final, resultó que funcionaba mejor que yo.
- Lo siento – le dije - No te preocupes. Seguro que ahora tiene tripa.

Tiene una tableta de chocolate que es para comérsela y unos ojos azules…
- ¡Qué va! Tiene una tableta de chocolate que es para comérsela y unos ojos azules… - se asomó por la cortinilla.
- A ti sólo te falta la tableta – aseguré - Los ojos los tienes de quita y pon. Esas lentillas que te has comprado, te quedan muy bien.
- Ya me gustaría, como la lengua. Siempre he querido tener una lengua larguísima de lagartija, de esas que acaban partidas en dos, como la de Ally Mcbeal. La lanzaría contra el de blanco y le lamería por detrás…
- ¿Y qué tal éste?
Me miró tras salir del probador para verme con distancia.
- ¿No hemos venido a que te pruebes unos zapatos? – preguntó haciendo un mohín.
- Son unas sandalias. Las del escaparate. ¿Las has visto?
- No.
- Yo creo que no existen. Seguramente son una ilusión de mi mente, igual que el hombre perfecto.
- El de negro tampoco está nada mal - se marchó dispuesto a pedirle las sandalias al dependiente.
- ¡Espera! – le grité, pero ya se había ido.

Cuando salí, el chico de blanco me esperaba con las sandalias en el suelo. Sólo tenía que meter los pies dentro y echarme a andar, si es que podía. Mi amigo me lo estaba poniendo fácil. Me pregunté si alguna vez la vida me pondría igual de fácil, encontrar al amor verdadero, al hombre con quien quería compartir el resto de mis días. El amor es para una mujer, una constante en su vida, una invariable razón para levantarse cada mañana, un motivo por el que respirar y comer. De hecho, ese deseo era la verdadera razón por la que unos pies femeninos y pequeños, eran capaces de hacerse fuertes y resistentes al dolor y a los callos, y mantenerse arqueados necesariamente sobre unos tacones que retaban las leyes de la física, e incluso de la química. Era eso, o el deseo de ser la más alta. También era posible que en el cerebro de una mujer, hubiera alguna neurona que pensara con sencillez de vez en cuando. Sería la única, pero alguna habría, ¿no?
Las sandalias existían. Yo las veía. Ariel, el chico de blanco y el chico de negro, las veían también. Me acerqué dándole los vestidos que no iba a comprar. Me senté frente al escaparate, vi pasar a un par de personas corriendo con calzado cómodo y sencillo. Cogí una, metí mi pie derecho bajo la tirita adiamantada que rodeó el inicio de mis dedos con delicadeza.
- Son cristales de Pifiowsky – aclaró el dependiente poniéndome aún más nerviosa en aquel delicado momento en el que me enfrentaba a la más dura de las realidades, descubrir que unos zapatos bonitos, dan sentido a una vida femenina.
Abroché la tirita que rodeaba el tobillo. Hice lo mismo con la izquierda. Puse ambos pies sobre el suelo, sentí el poderío, me levanté decidida, caminé unos pasos hasta llegar al espejo y me miré. Eran absolutamente ideales. Así debe ser encontrar al hombre perfecto, pensé. Ariel gritó salvajemente y me pareció escuchar al chico de blanco que exhalaba un suspiro al mirarme los pies. El otro dependiente se acercó corriendo para verlas mejor.

novela escrita por Mar Cantero : Yo, tú, él, y vos… continuación



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