YO,
TÚ, ÉL Y VOS…
De Benidorm a Las Vegas |
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- ¡No imaginaba lo bien que quedarían puestas!
– dijo Ariel, refiriéndose al hecho de verlas
en unos pies pequeños de mujer. El tenía los
pies como los de un gorila, pero en blanco.
Sonreí orgullosa mirándome los pies en el
espejo.
- ¡Es la primera vez que alguien se las prueba! –
gritó el dependiente.
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Me sentí poderosa, poderosísima, y descubrí
una nueva razón por la que una mujer desea hacer suyos
unos altos tacones. No lo sabía, pero la sensación
de poder es tremendamente agradable. Escuché una música
celestial. La puerta se abrió y el móvil que
colgaba del techo se agitó haciendo sonar sus campanillas.
Giré la cabeza desviando la mirada hacia al recién
llegado. Era alto y fuerte, y se paró en seco frente
a mí. Miró hacia abajo y después, disimuló
saludando al otro dependiente. Este habló con él
y le llevó hasta la ropa de hombre. Durante unos minutos
interminables, me pareció que el universo por fin conspiraba
a mi favor, como decían los libros de autoayuda. Miré
de nuevo al espejo, pero no fue para mirar mis pies sino para
ver su cuerpo por detrás. Ariel y el chico de blanco
hicieron lo mismo. Parecíamos tres idiotas disimulando
que mirábamos las sandalias, que acababan de perder
todo el protagonismo para dárselo por completo a él,
el hombre perfecto, Mr. Right. ¿De dónde había
salido?, se preguntaron todas mis neuronas al mismo tiempo,
en una improvisada fiesta con champán incluido. Unos
pantalones ibicencos en color azul mediterráneo; una
camisa blanca; unas chanclas de piel marrón oscuro;
una espalda imponente; la altura adecuada (debo recordar que
aún me mantenía erguida dentro de las sandalias
hechas de ilusión); el pelo castaño claro; y
un rostro que vi durante un instante y que ya nunca podría
olvidar.
Los tres nos callamos para escuchar su voz, acercando
la cara al espejo como si así fuéramos a oírle
mejor, o quizá pretendiendo atravesarlo como tres
crédulas Alicias en el país de los hombres
maravillosos.
- Te dejo mi tarjeta y vos me das un toque cuando esté
– dijo con una suave voz melosa y sensual.
- ¡Yo sí que te daría un toque! –
susurró Ariel.
- ¡Shhhh! – chistó el dependiente de
blanco, que ya había perdido toda la gracia para
mi amigo guay.
- Ok – exclamó su compañero sin mirar
la tarjeta siquiera. El era el único que le miraba
de frente. Se sabía privilegiado.
- Ok, te lo agradezco – exclamó con voz de
actor de culebrones.
Caminó hacia la puerta, se volvió, nos miró
apenas un segundo y regresó junto al dependiente.
Se le acercó y le habló en voz baja para que
no le oyéramos. Por mi cabeza pasó la terrible
idea de que era gay. Por la cabeza de Ariel y por la del
chico de blanco, también pasó esa idea, pero
para ellos no fue nada terrible sino todo lo contrario.
Pude ver sus sonrisas, incluso hicieron ruido al mover los
labios de puro entusiasmo. Mr. Right se giró de nuevo,
caminó como sólo el hombre ideal podría
caminar y después se marchó. Las campanillas
volvieron a sonar seguramente, pero yo no las oí.
Ariel y el dependiente corrieron hacia el otro chico.
- ¿Quién es ese tío bueno? –
exclamaba Ariel mientras se acercaba.
¿Pero no le gustaba el dependiente?, pensaba yo mientras
corría tras ellos torpemente con las sandalias todavía
puestas.
- Aquí está su tarjeta – nos la dio.
La cogí. Sólo había un teléfono
y un mail. También el logotipo de una empresa con
nombre francés. Me pareció raro, todo el mundo
pone su nombre en su tarjeta. Nos cabreamos. Nos habíamos
quedado sin saber quién era. Se sucedieron las preguntas.
Ahora parecíamos todos amigos. Ariel se había
olvidado de mantener su actitud de ligue, y yo de la mía
de pija ricachona.
- ¡Estaba buenísimo! – dijo el dependiente
como si ya estuviera muerto, quitándome la tarjeta
de la mano.
- ¡Sí! – gritó Ariel – ¡De
Toma pan y moja!
Les dejé solos, sintiéndome extraterrestre
en una fiesta de pijamas de chico. Me quité las sandalias,
las metí en la caja y se las devolví al que
había hablado con el hombre perfecto.
- ¡Y qué voz tenía! – continuaban.
- ¡Parecía argentino!
- No lo tengo muy claro, este nombre es raro.
- ¡Son tuyas, nena! – exclamó el chico
tras meter las sandalias en la caja, entregándomelas
en la mano.
- ¿Qué? – pregunté atónita.
- ¿Estás de broma? – repitió
Ariel.
- No – dijo el dependiente poniéndose muy digno,
mientras se acercaba para susurrarnos en voz baja lo ocurrido.
Los cuatro nos pegamos a él para que no nos escuchara
nadie, aunque no había nadie.
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- Ese tío bueno, me ha pedido un pantalón
pero no había de su talla y me ha dado la tarjeta
para que le avise cuando la traigamos, pero cuando se iba
a ir, se ha dado la vuelta y me ha dicho que le
llame para mandarle la factura de tus sandalias y
después, me ha dicho con una sonrisa que me ha derretido
como la mermelada…Son un regalo para ella. ¡Y
se ha ido! – el dependiente dejó salir un gritito
de su garganta, de nuez bien marcada y de cuello trabajado
en el gimnasio.
La mermelada era yo ahora. ¡El hombre de mis sueños
me había comprado las sandalias de mis sueños!
No podía ser. ¿Me habría muerto? ¡No,
estaba viva y me iba a llevar a casa unas sandalias de Ponche&Bananna,
regaladas! Las palabras corrieron a esconderse y mi lengua
se quedó paralizada mientras el dependiente metía
la caja en una bolsa. Me la dio y después anotó
los datos del tío bueno en una de la tienda, la metió
en la bolsa y me dijo:
- Por si quieres darle las gracias.
Al salir, regresamos a la realidad. Ariel no había
ligado nada aquella tarde. Yo sí, nada menos que
con el hombre perfecto que me había regalado unas
sandalias perfectas. Unos minutos después, me estaba
haciendo la gran pregunta que toda mujer se hace inevitablemente
en algún momento de su vida: ¿Le volvería
a ver?
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