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CUENTOS Y RELATOS

 

YO, TÚ, ÉL Y VOS…

De Benidorm a Las Vegas

Un escritor tiene una ventaja sobre los demás seres humanos. Aunque su vida haya sido una mierda, siempre puede convertirla en una historia maravillosa, narrando las partes que más haya disfrutado e inventándose el resto. Lo mismo ocurre con sus personajes, puede crearlos con retazos de gente que existe en realidad o imaginar como le gustaría que fueran algunas personas que conoce. Para comenzar a escribir una novela, un escritor debe desechar el pensamiento de que hay ideas que no merecen la pena. Lo importante de una historia no es lo que cuente, sino la gracia con la que se cuente.
Por eso, la autora no se hace responsable de las opiniones vertidas en esta historia pues no le pertenecen, provienen únicamente de los personajes, que son completamente ficticios. Está inspirada en la vida real pero es fruto de su imaginación, por lo tanto, cualquier parecido con la realidad es solamente pura mala suerte .

YO, TÚ, ÉL Y VOS…
CAPITULO I

Algunas personas viven sus vidas sin haber tenido nunca sueños. Otras, por el contrario, vivimos únicamente para intentar cumplirlos. Yo era una soñadora empedernida. Me alimentaba de ilusiones, las devoraba con fruición y alevosía, pero lo malo de los sueños es que si no los cumples, engordan como los Donut de chocolate. Con cada nuevo fracaso, un kilo más de grasa y de celulitis. Esto me ocurría normalmente hasta que llegué a un punto en mi vida, en el que tuve una gran revelación. Fue uno de esos momentos en los que en las películas suena una música de perplejidad y asombro absoluto. Un chán-ta-ta-chán, seguido de campanillas y cuencos tibetanos, como una ensaladilla rusa de sonidos celestiales. No fue una revelación divina, sino más bien humana y muy terrenal, pero igual de consistente. Y fue al pasar por el escaparate de una tienda de Ponche&Bananna, en una calle del casco antiguo de Benidorm. Ya sé que no debería decir marcas por eso de la publicidad, pero si no las digo, nadie va a poder imaginárselo con una buena calidad de imagen.
Si hablo de unas sandalias de tacón alto, terminado en punta fina como los bolígrafos, de más de quince centímetros, de color fucsia plata (sé que parece difícil visualizar este tono, pero a veces hay que dar rienda suelta a la imaginación. Total, lo que no mata, engorda) y con las suelas en azul Lewinsky (como el vestido de la becaria de Clinton, el de la famosa mancha) con una tirita de piedras adiamantadas sobre el comienzo de los dedos y un broche alrededor del tobillo, es fácil preguntarse, ¿existen unos zapatos así? Eso pensé yo, nada más verlos. Rápidamente, rehíce la pregunta. ¿Existen más allá de un escaparate de Ponche&Bananna? ¿Están en la vida real, hechos de materia? ¿Se pueden tocar y oler? ¿Se podría escupir sobre ellos para sacarles brillo, o habían sido creados para vivir en un mundo paralelo, al que yo no podía acceder en aquellos días? Hablar de un par de zapatos está un poco trillado, pero los humanos somos así, a la mayoría nos gustaría comprar las mismas cosas caras e inútiles, que nunca nos pondríamos para salir, más allá del reflejo del espejo del armario, ¿o sí?
En el instante exacto en el que mi mirada se topó con aquel par de misteriosos zapatos joya, que desprendían brillos fulgurantes, cual sonrisa tras una limpieza dental, descubrí mi verdadero yo. Para mi sorpresa, había estado escondido dentro de mí misma todo ese tiempo, pero hasta entonces, yo también había estado oculta bajo cientos de letras, de palabras, de folios blancos con frases en negro, que formaban parte de un sueño que cada día parecía más imposible. Desde que era pequeña y escribí mi primer cuento, se me había metido en la cabeza la descabellada idea de ¡ser escritora! ¡Qué estupidez! Aún me avergonzaba de mi primer título “El golfillo de París”, en el que el protagonista, (obviamente, un golfillo que vivía en París) se tiraba desde un séptimo piso y no le pasaba nada. ¡Qué obsesión tenía yo entonces con el suicidio! El caso es, que se me había metido en la cabeza la estúpida y absolutamente paranoica idea de ¡pasarme la vida escribiendo! ¡Como si fuera tan divertido! Los escritores y las escritoras saben lo que eso significa. Vivir tecleando frente a un ordenador, siempre a punto de romperte una uña. ¡Por Dios! ¡Qué mal rollo da eso! Sobre todo si te la acabas de pintar, con lo que cuesta que queden bien.
De niña, solía ser muy hilarante. Se me ocurrían unas historias generosas y entretenidas que alegraban un poco mi vida solitaria, siempre metida en mi habitación. Ahora, he cambiado mucho, gracias a Dios. Algunos sueños cambian también, sin embargo, al convertirme en una mujer, yo continué con el mismo. Quería ser escritora y para serlo, había escrito ya un montón de historias ajenas a mi vida: un sinfín de poemas y haikus; cinco novelas; siete ensayos cortos y uno largo; cuentos para niños; cuentos para adultos; cuentos para la tercera edad; cuentos eróticos; de terror; de agobio, etc., aunque la agobiada, era yo. Ser escritora y vivir de la escritura era mi sueño y estaba empeñada en alcanzarlo, como el burro que persigue la zanahoria que hay delante de su nariz, sin saber que esta avanza, solo cuando él camina. A ver, no es que me considerase una burra pero, un poco mula, sí he sido siempre. ¿Pero quién era yo en ese momento, la burra o la zanahoria? Sé que la pregunta es demasiado filosófica, pero esta idea había empezado a rascarme la mente desde dentro, desde hacía algún tiempo.
A pesar de todo, allí estaba una tarde de primavera, sintiendo en mis ojos engurruñidos, la luz del sol que entraba por el escaparate y me devolvía una ceguera total. Había visto el par de zapatos al pasar y estaba segura de que seguían estando dentro, aunque dudaba de haberlos visto realmente. No podía creer que existiera algo tan sublime, pero como siempre había sido una gran soñadora, hice uso de mi práctica en soñar despierta y volví a mirar. Coloqué el canto de mi mano sobre los ojos, como quien busca un barco en el horizonte marino y volví a ver un destello fucsia plata que llenó para siempre el vacío de mi corazón. Me pregunté cómo se habrían sentido Einstein, Darwin, o Bill Gates, al descubrir, cada uno en su estilo, el sentido de la vida. Yo acababa de descubrir el mío que, aunque no fuera tan noble, era mío y lo que es de una o de uno, ya se sabe que es lo más importante.
Me di cuenta de que hasta entonces, había vivido como una zombi, siempre oculta del mundo, ajena a la vida real, imaginando, imaginando, imaginando…viviendo las historias que existían en mi cabeza y alguna que otra, por qué no, en el espacio exterior. Claro que había tenido historias propias, pero aún así, estaba dispuesta a dar mi vida a cambio de ver una de mis novelas en el escaparate de una librería, como La mansión del libro, Fracfrac, o Librerías El Porte Irlandés. Daba igual, con tal de saber que mis palabras iban a ser leídas por los demás y mis libros iban a tener las mismas oportunidades que otros, de ser escogidos por unas manos sabias que acompañaran a unos tiernos ojos que los leerían después de comprarlos y así, yo podría recibir el dinero correspondiente, a cambio de mi muy merecido trabajo. Aquella era la razón de mi existencia, mi misión en el mundo, mi propósito en la vida. Era el motivo por el que había nacido y nada me importaba más que lograrlo, pero increíblemente, un instante fugaz de pérdida de visión, debido al sol y al brillo de un cristal, dislocó a mi niña interior y cambió mi vida para siempre. En un momento comprendí que nada me importaba ya, más que aquel par de zapatos joya de Ponche&Bananna. Mi sueño de ver mis libros en una librería tras publicarlos en una gran editorial, de firmarlos y de vivir de lo que tanto amaba, dejó de tener sentido. Desde entonces, fui más humana y sobre todo, mucho más divina…

esto se parezca al Diario de Bridget Jones

Aun a riesgo de que esto se parezca al Diario de Bridget Jones, tengo que reconocer que estaba llegando a una de esas fases inevitables en la vida de una mujer, en las que parece que el cuerpo se ha ensanchado, pero en realidad lo que ha ocurrido es que se ha encogido. O quizá era, esa fase en la que la carne pareciera que se vuelve fláccida, cuando la verdad es que la piel se ha estirado más de la cuenta durante bastante tiempo, para acoger a más grasa de la habitual. O puede ser sencillamente, que hubiese engordado un poco. Y esto se notaba en mis pies. No estoy diciendo que mis pies hubiesen engordado, no era para tanto la cosa, lo que digo es que hacía mucho tiempo que no eran capaces de sostenerme grácilmente, y por esta razón sin importancia, hacía siglos que no me había puesto tacones. Pero ahí estaba, con las rodillas temblonas, mordiéndome el moflete por dentro mientras intentaba aparentar seguridad en mí misma, con ganas de meter mis pies en aquellas dos maravillas, o de rodearlos, porque en realidad mucha materia, lo que se dice materia, no tenían. Parecían estar hechos, de ilusión, como decía Quevedo, y yo me sentía muy ilusionada cuando sonó la campanilla de la puerta, indicándonos que ya habíamos entrado y que no había marcha atrás. El ridículo ya lo habíamos hecho. Menos mal que iba con mi compañero de situaciones estrafalarias y obtusas, mi amigo Ariel. Si no, me hubiera muerto de corte.
Lo de vestirme bien para entrar en una tienda de ropa, me pareció lo más fuerte que había hecho en mucho tiempo. Como todos, yo también he visto Pretty woman, al menos cincuenta de las cien veces que la han puesto en televisión y no quería que me ocurriese lo mismo que a Julia Roberts. Temía que me echaran de Ponche&Bananna, por eso fui antes a Papaya, a comprarme un modelito y a gastarme un dinero que no tenía. Difícil de entender, lo sé, pero es que Ariel, me había leído varios párrafos de un libro que se titulaba: “Vacía tu mente para llenar tu bolsillo” y que afirmaba contundentemente: “Tienes que fingir que eres rica y poderosa, si quieres serlo.” Por ahora, yo lo había hecho al revés. Había vaciado mi bolsillo pero mi mente seguía llena de miedos, dudas y frustración. Por eso, entré en la tienda lo más dignamente posible, intentando fingir una actitud de visa oro y de más de doscientos euros sueltos en la cartera.
- ¡Qué bueno está el jodío! – masculló entre dientes Ariel, mirando de reojo a uno de los dependientes.
- ¿Cuál de los dos? – pregunté en voz baja, mientras disfrutaba del tacto entre mis dedos, de la fresca tela de un vestido minifaldero de primavera.
- ¡Los dos! – exclamó, queriendo abarcarlo todo como siempre - ¡Pa mí! Me los llevaría a casa envueltos en una caja y atados con un lazo – risitas.
Los dependientes lucían unos cuerpos musculados, dentro de unos trajes de chaqueta con las camisas medio abiertas, mostrando los pectorales bien marcados. Los imaginé sudorosos y con la piel brillante, por el aceite con el que se untarían cada noche el uno al otro, tras la ducha.

novela escrita por Mar Cantero : Yo, tú, él, y vos…, continuación



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