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RAPSODIA DE LO OSCURO OFRECIENTE
    Fragmento II

    Antes de anochecer
    —quieto tu cuerpo—
    no sé qué paloma inacabada
    punza mi piel con asedio sensitivo.
    En la estancia inaplazada
    se abalanza el oro fugitivo del reloj
    que da la última hora: exacta cadena
    de sesenta minutos negros
    entre el ayer truncado
    y el mañana predicho.

    El mobiliario de puertas inconclusas
    guarda los planisferios
    que me conducen a ti, así lejana.

    (El contorno de tu respiración azul
    hiere la delgadez del espacio).

    Al fondo, luz, suma dimensión,
    total entrega.

    Es el deseo de vuelta de otra vez
    como las nubes innumeradas
    sobre el torso azul de los caminos;
    esas nubes (asimetrías obsesivas
    del agua neutra; exangües pecios
    de un gran naufragio),
    que nos traen perdidas canciones de niño
    en mil tardes inacabadas.

    Coronada de rútilos incendios
    en mí vienes como cayendo en no sentir,
    mas, sólo me ofreces esta escritura dígita
    de espejeante vaciedad,
    de palabras temiblemente sordas,
    que hoy mis manos ofician,
    pues no tengo de qué vivir
    a tu través anonadado.

    Tú me inventas, te rehaces en mí.
    Yo te nombro, excediéndome,
    o aún mejor, me conformo
    con acicalar tus mil colores abolidos,
    de donde ya sólo me queda oír
    el ruido de la sangre en la hierba
    como un gran alboroto de pájaros;
    ver pasar las nubes, el tránsito
    de las nubes —culmen de mil rostros—,
    con efímera ceremoniosidad;
    ya sólo morir despacio
    con la sensación implacable
    de haber perdido algo para siempre:
    una sombra de mí mismo,
    un estridor súbito de ala sin pájaro,
    que, como el borrador total tal del universo,
    finca el cerco del molde que todo lo contiene.
      Fragmento III                 

      Con lento dolor algo amanece
      dentro de la alta oscuridad
      y se aleja sin volver por su orígenes
      y se me pierde, flama de mis vigilias,
      descendiendo, buscando el centro
      en esta hora última —nudo de agonía—,
      en que alumbro el deseo oscuro de ti.
      ¡Ah si pudieras ver en mi mirada,
      no el largo surco de desmentida lluvia,
      sino el cordel de lejanías
      que ata el blanco esquivo de mis ojos
      a la órbita negra de tu iris
      o planeta múltiple salpicado de mar!

      ¡Ah si pudieras mirar la noche
      estirar su ala dura
      de vuelta de quién sabe qué mundos,
      línea de mar donde el mar tropieza,
      abierta para siempre a mis afiladas singladuras!

      La luz a ciegas por extraños caminos
      descubre el paso tranquilo de tu senda;
      desgaja tu aire, tu aleteo de alondra
      sobrevolando los largos arrecifes
      se mucho confín adentro.
      Luz increada que sobre ti columna,
      encubriendo tu desnudez de río sin orillas.

      Sólo de sí, hipnotizado en su vacío,
      tu cuerpo toma del silencio la forma,
      mientras en el cristal de los oscuro ofreciente
      aldabean las pupilas desnudas de los pájaros.





      Fragmento VIII                 


      Somos dos alas como dos inundaciones
      remontando un azul ya mudado
      por encima de los montes recién abiertos.

      Sobre la piedra del tiempo se oye
      dilatarse en mil detonaciones
      nuestro corazón corroído de estrellas.

      Ya te me deshojas tras el cerco de los montes,
      ¡quedo tan lejos de mí por morir de vida tuya…!
      Instante de abandono en que se es porque se ama
Otros poemas de Antonio José Trigo
ESQUEMA PARA UNA DECORACIÓN DEL AGUA
 


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