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poesía de Yván Yauri

BAJANDO EL TUMULTUOSO RIO

Porque vuelven
a marchar
despedazando
mi caudal ardiente
qué atronador emerges
tras los muros.
El que insurge vigilante
de sus ásperas espaldas
se lanza inexorable
entre los siglos.
Porque somos
nuestro origen final.
Esta furiosa luz
sobre el abismo.


 

El que espía
la perspectiva de estos mundos
jurando transitar
en cuarto creciente.
Captura el éter para lanzarse
sobre todos los mortales.
Éste que ronda
los escondrijos
más furtivos de la noche
que ingresa a la vigilia.
Extravía las secretas fuentes
cuando insurge babeando
su escritura.
Al que pertenecen los alaridos
como llanto y mareas.
Éste que descansa
sobre sus espaldas.

Éste
de aquí
somos
tú.

Porque vuelven a marchar
triturando nuestro rastro solar.
Mi estela sudorosa
de vinos y temblores.

Repasan acremente
desalando la escarcha.
Opacan y amordazan el barro
que dormita en los párpados
de tu acequia.
Cinchan hebillas
alrededor de mis suburbios.
Desuellan con sus armaduras.

Pero cómo persigues las variables
hirviente entre los muros
como rajas contra el cetro
tu rostro de latir.

Así como rebuscas la canción
en su guarida
otro infructuoso averno
de métricas inútiles
resuelves maldecir y derrumbarlo.

Cómo redimes
la certidumbre más permeable.
Como te refractas de vital intento
cómo explosionas.


Creo una enramada
enhebrando tendones
cardumen y plumajes.
Pero con mis
propias esculturas
ellos saltan y arremeten.

Reaparecen todavía
más garfios
sus tentáculos.
Taladran con histeria
estos albergues.
Con gula marcial
extorsionan mis espejos
dormidos junto al cielo
y la soledad antigua
del soplo que amamos.
Sus espolones torturan
el caudal que me alimenta.

Eres un puntito que trepa
con terquedad.
Que se prende al yeso
húmedo y se impulsa.
Pura escama de cirros
en eufórico viaje
de insólito alquimista.

Escandalizando
los dominios cortesanos
encabritando convexos
como candentes globos
sueldas la sangre
y el semen
para apiñarlos
al anverso y reverso
de las piedras.
Hiendes tus huellas
sobre los pechos hirsutos
de mis rústicas abuelas.

Eres un puntito desde lejos.
El extraño encaramado
que precipita un delta
incandescente
por sus venas.


Con mórbido tufo
a súbito dios
han deshojado
el aullido blanco
de la noche.

Destazaron al peso
los febriles alientos
del abismo
y despedazan las
sílabas ardientes
que dibujan
mis murallas.

Estrepitoso el asalto
el momento en que
emerges creando
esta diurna horizontal
de tibias dimensiones.
Insondables otoños
animan tu refugio
mientras cada falange
teme cuando brotas.

Presencio entonces
cómo se dislocan
el armazón servil
los engranajes
viscosos y secuaces.
Sus insignes blasones
encerados. Sus necios
entramados supurantes.

Qué atronador
qué fúlgido el instante
con que firme sumerges
aquel vano mármol
en su mendaz
nomenclatura.


Volvemos a jadear
porque somos punto
y además segmento
crepitando ahora
mientras el subsuelo
yace vertebrado
por nuestras córneas.

Más allá de graves
y estridentes decibeles
a nueve metros
por segundo
al cuadrado
volvemos a redoblar
a tañer las entrañas
haciendo jirones
el óxido de las cucharas
en los últimos arneses.
Porque agitamos
el zorzal como chispa
en su zafra.
El huracán como
musgo tenaz.
Porque aún los anales
resuellan zumbando
sin más fuero
que sus gélidos galones
fruncimos el grito
parpadeando
y frenéticos nos blanden
ciegos neutrones.

Demasiadas almas
les restan por salvar
sobre los campos
donde siempre la mies
surtió tan abundante
como las tiñas ratas.

Somos
nuestro más
exorbitante
y mínimo común
multiplicado.


Desaguamos
ahora.

Soplamos
una
furiosa
luz que
resbala.
Que arrasa
y purifica.

Desaguamos
al aura
este
inexorable
rumor
creando
sin tregua.


Cómo fuese
deslizarse
justo
a la trinchera final
que perseguimos
hasta el preciso
inacabable
rancho trashumante
donde aligerar tu voz
y la mía
en nuestro viejo vagón

pero existe el cronómetro
la hectárea
colmados de sudor
el antes del impulso
y el después
existe sed como perífrasis
de tosco resbalar
prontamente
hacia la luz
largando más atrás
mis paladares
mis atuendos
un rusticano rengueo
todo aquel
reconocimiento del terreno
tan dispuesto
a engullirnos

y retrucamos
porque nos ha correspondido
almacenar
estas astillas
esta claridad
diseminada
amontonarla
en rumita prolija
impregnada de voces
resarcida de mundo
para que tierna nos arroje
por sus cuatro retaguardias
tartamudeando a borbotones
hallando en su silencio
sus radiantes iris
agujereando
profusamente
descamisamos las corazas
de huesos radioactivos

hay un rastro que perseguir
entre los tambos
y saber que nos ata
y olfatearlo lamerlo
atragantarse
fundirse en su licor
porque nos guardan
los talones
aquellos que aguantamos
sujetando las fibras
durante el crudo
trance cabal
para no arrinconarse
donde hubimos
de anunciar
lo que quizás
forjamos a tiempo.


Cuando reparas en mí
que no soy
sino el bruñido perfil
de nuestra enorme
refulgente nube
descargando su furor
entonces permanezco
sumergido
en tus preguntas
tan antiguas
con que pinté de lúdico
archipiélago el guepardo
y rebuscamos
hasta el más áspero
y remoto cansancio
nuestro origen final
nuestra arista veloz
este reencuentro
esa antigua cerradura
en el arcón del cosmos
que sigues intuyendo
son mis latidos
de pies que reaparecen
soy nosotros
como glóbulos
y muslos con pestañas
tu ombligo mis rodillas
pelambre acostillado
eres mis uñas
tus lúgubres amígdalas
soy nudillos rutilantes
que habitan mis pezones
la savia esperma occipital
el destierro violento
del atroz expolio
soy la bella espada
sin infame hierro
somos
todos los dioses
el equinoccio del siglo
la luna a mediodía
los más eternos mortales
del planeta.


 

Selección poética © de Yván Yauri, preparada por el autor para la revista mis Repoelas:





Viento de fuego ~ : ~ Retorno de la lluvia

Otoño en el tiempo ~ : ~ Ritmo terrestre


Ruta ~ : ~ Cuando brotan los vivientes ~ : ~ Ritual

Tiempo tokapu

Bajando el tumultuoso rio


 


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