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Relato de Nicolás Fiks
MARQUITOS
(Fragmento de Circo Zoocial)

Como una grotesca imitación del rapto de las sabinas, Marquitos perpetró el secuestro con una sonrisa de triunfo dibujada en su rostro.
En todo momento se mostró calmo y seguro de su accionar, como si una energía oculta lo guiara, una suerte de estrella de Belén que lo acarreaba hacia el pesebre de la lascivia y la crueldad.
¡Cuán compradora es la bondad del discapacitado que detrás de su maltrecho cuerpo esconde un alma vengativa! ¡Qué arcanos aviesos pueden germinar en la tierra baldía de un cerebro anómalo!
La mirada de odio puede emerger a través de ojos mongoloides; el vocablo destrucción no necesita escuchar, y la risa maldita puede resonar desde una silla de ruedas. ¿Quién podría detener a un ejército de abortos de Dios que un día decidiera izar su bandera y clamar la igualdad que estúpidamente afirman las religiones? ¿Igualdad con quién, necios mercaderes de esperanzas?.

    Marquitos era una suerte de paladín de los discapacitados, alguien que le haría saber a Dios y a sus satélites litúrgicos que la analogía de oportunidades sólo existe para aquel que tiene sus sentidos prolijamente ubicados en su ser, y que no tiene la cara deforme, ni un paso simiesco, ni babea, ni gime como un primate. Marquitos haría padecer a las criaturas; si el Creador no puede ser ultrajado, al menos físicamente, sus hijos, obra de su infinita bondad, responderían por él. Tal vez cada centímetro de piel que les sea arrancado es una lágrima que cae del Divino Rostro; cada miembro quebrado, cada sonrisa ante el espectáculo sangriento de un inocente es un nuevo clavo en el Verbo.
    El Hijo Unigénito no clamó misericordia, pero los demás sí lo harán, y allí estará la derrota de Dios, pues su muerte en la cruz no redimió a todos del pecado, hay muchos que aun se vanaglorian de él, y quieren ver como sujetos sin coronas de espinas, sin mantos púrpuras y sin atavíos celestiales, se retuercen a los pies de un verdugo.
    Ellos morirán por la venganza que nunca encuentra una razón, la nítida venganza de un ser atrofiado que ve en la felicidad del otro su propio tormento; que vislumbra la normalidad de sus semejantes como un dedo acusador que siempre le dice: "No sos como nosotros, no sos como el dios que nos creó"
    Marquitos era su propio dios, y aquella tarde, en una casa derruida del barrio de Palermo, haría valer su anómala majestuosidad.
    Las adolescentes tenían dieciséis años. Se llamaban Julieta y Magali. Eran vecinas del joven, a quien miraban con desprecio y con cierto aire de importancia que da no ser un paria.
    Eran realmente bellas, vestidas a la moda. Teens que pasan sus horas en el colegio, en el gimnasio y en casas de amigas viendo qué ropa van usar para salir el fin de semana.
    Siempre tenían algo para hacer, y como dinero tampoco les faltaba, podían darse los nimios gustos que proporciona la tranquilidad económica.
    Muchas tardes se quedaban en la hamburguesería a la que siempre concurría Marquitos, observándolo con risa contenida. Comentaban cosas hirientes acerca de él, hacían bromas y se repetían una y otra vez que antes de salir con un chico así preferirían hacerse monjas, "como la madre superiora del cole"- decía con tono divertido Julieta, la más cool de las dos, que entre otras grandes ambiciones tenía la de recibirse de diseñadora de modas y viajar a Europa con su futuro marido.
    Allí estaba el joven, solo en una mesa, mirando para todos lados, como buscando algún horizonte salvífico que le proporcionara alguna suerte de sosiego en ese mar de penumbras que naufragaba.
    En varias ocasiones vio a las jovencitas, y si bien desde un primer momento supuso que se estaban mofando de él, adoptó una postura sumisa, como de "pobre chico" que si bien nada puede dar, está ansiosos por recibir.
    Ellas así lo comprendieron, y en un ataque de cruenta piedad se acercaron a su mesa. El ganado siempre avanza.
    Con una excusa tonta, se sentaron y comenzaron a hacerle cientos de preguntas como si ese sujeto fuese un marciano caído por azar al planeta Tierra. Si bien parecían interesadas en Marquitos, por dentro se estaban riendo a carcajadas de ese rostro un tanto cuadrado y picado por el acné que respondía entusiasmado, y hasta con una cierta esperanza de ser querido.
    Luego de varias horas de interrogatorio, se alejaron divertidas y prometieron regresar al otro día.
    Aquella noche, en casa de Magali, el tema "Marquitos" fue el centro de la cena. Todas escuchaban ansiosas lo que ese ser amorfo había dicho, y hasta querían ir a conocerlo. Pero las amigas se reservaron el espectáculo para ellas, y no permitieron que nadie descubriera al monstruo que habían encontrado.
    Día tras día los tres se encontraban, ya no sólo en la casa de comidas rápidas sino en plazas y en algunos shoppings. Ellas disfrutaban en demasía el espectáculo de ser vistas con su propio simio, y hasta pasaban por locales en donde trabajan algunas amigas para compartir la diversión.
    Marquitos, desde su nebulosa, dio un nuevo paso, y no sólo trataba de parecer más tarado, sino que además, más payaso. Adoptaba poses bufonescas y hacía monerías para que ellas se rieran más. Siempre le pedían nuevos gestos, nuevas actuaciones, que él, su estúpido personal, les proporcionaba.
    ¡Qué feliz se hallaban las chicas al tener su propio arlequín! Solían sentarse en un banco de plaza y ver a Marquitos danzar como un tonto. Aplaudían entusiasmadas el acto y pedían más. Y tuvieron más.
    Por la noche, cuando se encontraban con sus novios les comentaban cómo había sido la función, y todos reían.
    Marquitos permanecía solo en su habitación, con los ojos inyectados en sangre y en lágrimas, mirando la triste pared que siempre lo acompañaba. Sabía que en esos momentos ellas estaban disfrutando, mientras que él ni siquiera se había podido quitar su disfraz.
    Creyó que el momento había llegado; una suerte de voz se hizo escuchar en su atrofiada cabeza y lo impulsó a actuar como un poseso, como una fiera que sólo puede saciarse con los gritos de espanto de sus cazadores.
    En las siguientes semanas convenció a las chicas de ir a casa de unos amigos igual que él, que seguro también las divertirían. Ellas aceptaron de buena gana, y hasta prepararon una cámara de fotos para inmortalizar a los grotescos seres.
    La procesión dio comienzo en las primeras horas de la tarde de un día sábado. Era Julio, hacía mucho frío y el cielo estaba teñido de color ceniciento sobre la decadente ciudad de Buenos Aires. Entre medio del gentío que caminaba apresuradamente por la avenida Santa Fe, se fue abriendo paso Marquitos junto a sus dos amigas. El iba adelante, a paso rápido y llevándose por delante a las personas que entre medio del terror y del asco lo veían caminar con cierto aire de triunfo. Claro que nadie sabía que Marquitos estaba triunfando, y que las dos jovencitas, que tan seguras se creían de sí mismas y de la situación, iban camino al patíbulo para derramar sangre en nombre de su normalidad.
    Cruzaron una plaza y se dirigieron hacia una calle un tanto desértica. La lluvia comenzaba a caer en la gélida tarde de invierno y Julieta, vanidosa como siempre, lamentó que su pelo se mojara ya que lo quería tener en óptimas condiciones para salir a la noche con su chico.
    Magali preguntó:
    -¿Es por acá?
    -Sí, sí- respondió Marquitos- ya casi llegamos.
    -¡Qué lejos viven tus amigos!- se quejó Juli al tiempo que cubría su cabeza con sus manos.
    -Es que viven lejos para no ser molestados por las personas. Igual ya llegamos, es esa casa de rejas celestes, la de la esquina- dijo señalando un lugar bastante lúgubre, en pésimos condiciones y con un pequeño jardín al frente con los pastizales crecidos.
    -¿Es acá?- interrogó Magali- ¿Cómo pueden vivir de esta manera?
    -¡Deja de preguntar!- dijo Julieta. Y luego por lo bajo le susurró- Son animales,
    ¿cómo querés que vivan? Vamos a reírnos un poco de la situación-
    -Espera Juli, ¿no te parece raro que sea un lugar tan feo?
    -Ellos también son feos, es obvio que deben vivir en un lugar feo- reflexionó silogísticamente la adolescente- Entremos.
    Los tres ingresaron al lugar que por su hediondez, convertiría a un lodazal de cerdos en un palacio bizantino.
    Las ventanas se hallaban cerradas con maderas viejas, impidiendo que la luz de la calle pudiera ingresar; las paredes, otrora blancas, habían adquirido un leve tono aceitunado, haciendo más visible el contraste con las gotas de humedad que se deslizaban ininterrumpidamente.
    No se veían mobiliarios por ninguna parte, a excepción de un viejo escritorio estilo Luis XIV, con un velador sucio que emitía una tenue luz.
    Parecía un lugar abandonado, aunque conociendo la dejadez física y mental de Marquitos, y por ende la de sus amigos, las chicas no se extrañaron que ese sea un habitáculo propicio para ese tipo de personas.
    Es martirizante suponer que la gente desagradable pueda arraigarse en lugares bellos; es un improperio contra la naturaleza y su perfecta creación divisar a esos abortos malogrados, con su estúpida sonrisa, transitar por donde las personas normales lo hacen.
    Cuando Marquitos cerró la puerta, inmediatamente giró su cabeza y buscó con la mirada a las teens, que se encontraban juntas en un rincón, esperando, en su absurda maledicencia, la aparición de los otros deformados.
    Marquitos frunció el ceño de un modo animalezco; bufaba y mostraba los cariados dientes; su huesuda mano colocó el cerrojo a la puerta, mientras que la otra bajaba lentamente la cremallera de su sucio pantalón. En ningún momento quitó la vista de las jovencitas, que retrocedían entre sollozos. La situación violentó aun más al monstruo humano, que comenzó a emitir gemidos, abriendo grande la boca y sacando su negruzca lengua afuera. Sus falanges se contorsionaron, como si de garras se trataran, al tiempo que el oloroso miembro viril que colgaba entre sus piernas, a la vista de las chicas, comenzó a tomar forma.
    Avanzó lentamente, saboreando el miedo de las imbéciles que se habían echado al piso y se abrazaban temblando. Cuando estuvo a corta distancia escupió un gargajo en la cara de Magali, quien gritó desaforadamente, aunque no atinó a limpiarse. Lloraba, y sus lágrimas se entremezclaban con la densa saliva de Marquitos. La imagen de una adolescente rubia, en los umbrales de la pubertad, fina y recatada, humillada con una escupida en su bonito rostro, excitó aun más al joven, quien la tomó del cuello y la lanzó contra una mesa.
    Julieta estaba inmóvil en el suelo. El tomó unas cuerdas, que había procurado dejar en la casa algunos días antes, y la ató.
    Trabó el nudo con extremada violencia, las virginales manos de la niña pronto comenzaron a morarse. Pasó varias cuerdas por todo su cuerpo, y así, totalmente inutilizada, la cargó en su hombro y la tiró junto a su amiga.
    Comenzó a patearlas entre medio de una carcajada demoníaca. Luego caminó sobre ellas, aplastando sus cuerpecitos con los grandes borcegos que llevaba puestos.
    Saltaba sobre los senos de Magali quien gritaba a más no poder, mientras que su amiga, pálida y amordazada, era una privilegiada espectadora de la situación.
    Arrancó la camisa de la joven, quien dejó ver unos pechos bien formados, aunque rojos a causa de las patadas. Marquitos la levantó de los pelos, y mordió con furia sus pezones que comenzaron a derramar abundante sangre. Cuanto más gritaba Magali, con más saña laceraba la protuberancia femenina, que poco a poco fue perdiendo su forma, convirtiéndose en una masa amorfa.
    -¿Te gusta hija de puta, te gusta?- vociferaba el joven con restos de piel y sangre en la comisura de sus labios- ¿Qué diría tu mami si te viera así, maldita puta? ¿Dónde esta tu mami, dónde esta tu dios? Yo soy dios- concluyó el redentor anómalo metiendo su mano en la boca de la nena, en busca de su lengua. Cuando finalmente la sujetó, dijo:- ¿Por qué no te burlas de mí ahora?
    ¿Por qué no lo haces?- dicho esto comenzó a estirar la lengua de Magali hasta el límite, y viendo que no la podía arrancar, le propinó tal trompada que la dejó tumbada en el piso.
    No conforme con eso, y al tiempo que le sonreía a su otra amiguita que derramaba copiosas lágrimas, se echó sobre su víctima, la dio vuelta, y con el adolescente culo a su irreverente disponibilidad, comenzó a penetrarlo con todo lo que encontró a mano. A los pocos minutos, totalmente bañada en sangre, y en medio de atroces sufrimientos, Magali murió.
    La tortura duró poco más de una hora, y los médicos forenses dijeron que el ano se encontraba tan destrozado y con tantos elementos en su interior, que la autopsia fue en verdad espeluznante, incluso para ellos, tan acostumbrados a las atrocidades de los que niegan la virtud.
    Marquitos giró su cabeza y se dirigió a Julieta, que era sin dudas la que más le gustaba, pues la consideraba inalcanzable, y uno siempre venera aquello que no va a conseguir. La felicidad la poseen los demás.
    La visión de la adolescente, sumisa como un cordero, y en cierta forma, entregada a él, lo conmovió, y hasta lo hizo llorar.
    La chica, atada y asustada, trató de retroceder ante el avance caritativo del joven, quien le sonreía de modo paternal.
    -No tengas miedo, no te voy a hacer nada- dijo dulcemente mientras se frotaba las manos manchadas de sangre- No soy malo, no soy malo.
    Julieta se arrastró como pudo ante la otra esquina de la casa, viendo a su paso algunas cucarachas muertas. Finalmente se apoyó contra una pared y pidió piedad.
    -Por favor no me mates-dijo llorando- No me mates. Podemos ser amigos, pero no me hagas daño.
    Marquitos se detuvo.
    -No me lastimes- volvió a decir.
    El se arrodillo ante ella, y le acarició el rostro. Era en verdad hermosa, y más aún cubierta de lágrimas y de la inminente llegada de la muerte. No hay nada más bello que un inocente sacrificado, pues en esa situación límite expresa una variada gama de sensaciones que sólo una persona pérfida, aquella que va a cometer la injusticia, puede saborear.
    ¡De cuánto nos privamos por darle a cada cual lo que se merece! Siempre la misma respuesta al análogo estímulo, la palabra justa ante la situación provocada, en vez cuando se hace algo dañino, por el mero placer de realizarlo, se puede estar seguro de recibir a cambio palabras, gestos y expresiones que renuevan la monotonía de la vida. Esperar lo que se da es ser tributario de las estúpidas tradiciones; forzar los hechos, poniendo al otro sobre el abismo, permite ahondar en los arcanos del ser, en esos lugares insondables que uno no se atreve a llegar por miedo a lastimar. Y lastimar al otro es la única manera de conocer las propias heridas.
    ¿Por qué privarse? ¿Por el llanto de un ser, que acorralado en la telaraña, a donde él mismo se dirigió, sediento de su propia satisfacción, ahora pide misericordia? ¿Acaso la pidió cuando brillaba en lo más alto, cuando sumido en su estulta majestuosidad, ponderaba el derecho a reírse? ¿Por qué no ríe ahora?
    Marquitos así lo entendió, y la benévola sonrisa de Julieta, que le pedía otra oportunidad, no logró conmoverlo. Por el contrario, a su mente vino el pasado, como una Furia que cercena los pocos vestigios de piedad que aun quedan, se anida, y deja crecer negras rosas que coronarán la muerte de un inocente en la adversidad, pero que días atrás fue un malicioso en la prosperidad.
    El joven se sentó a su lado, con la baba cayéndole por el mentón y el aliento fétido emanando de su boca caníbal. La contempló, le sonrió y la mató.
    Julieta se llevó como última imagen de este mundo la risa criminal de un discapacitado, la sonrisa triunfante de un hijo bastardo de Dios.
    Luego de este acontecimiento, los chicos de el Alamo no tuvieron más noticias sobre Marquitos.
    ¿Qué había pasado con el joven débil mental que recorría las calles a paso ligero y con el rostro desencajado? ¿Aun conservaría el sueño de violar a cuanta mujer se cruzara por su camino para poblar el mundo de discapacitados? ¡Qué loco estaba Marquitos!
    Había conocido a los chicos una noche en que se escapaba de la policía. Pidió quedarse con ellos, ya que su propia madre amenazó con entregarlo a las autoridades pues lo consideraba un sujeto peligroso. Estaba cercado; no tenía a quien acudir, sólo en el Alamo halló un núcleo de personas que si bien no lograban entenderlo del todo, al menos no lo juzgaban. Era otra oveja descarriada del redil, y merecía el apoyo de los chicos del parque.
    Marquitos, desde niño, mostró un carácter hostil, que sumado a su horrible fisonomía, lo transformaba en una suerte de monstruo que aterrorizaba a sus compañeros.
    En medio de las clases estallaba en una carcajada demoníaca, fijando su vista en la maestra por largos minutos. Sus ojos se inyectaban en sangre y movía la cabeza como si fuera algún animal salvaje. De haber vivido en la edad media, con toda seguridad hubiese acabado en la hoguera por ser considerado un hombre lobo.
    Poseía demasiado pelo para su corta edad y caminaba como un primate. Sus manos se contraían como si fueran garras y solía echar a correr en el medio del patio sin ningún destino concreto. Sólo en una ocasión varió su itinerario y se abalanzó sobre una compañerita que jugaba con su muñeca.
    Ella comenzó a gemir desesperadamente, pero esto enardeció aún más a Marquitos que introdujo su lengua y su nariz por cuanto agujero pudo.
    Con brusquedad apartó los cachetes de la cola y posó su cara en la rosada y pequeña abertura de la infante. Olía como un animal en celo el sucio orificio de Sodoma al tiempo que miraba con la boca abierta a su presa que gritaba desaforadamente. Marquitos reía mostrando sus dientes y respirándole en la cara para que, según dijo después, "se contagiara con mi aliento"
    Las demás compañeras salieron corriendo y en pocos segundos toda la escuela rodeaba al niño que parecía querer devorarse viva a la pobre jovencita.
    Finalmente ella se desmayó. El niño se le montó encima, comenzó a pasarle su lengua por la cara, y Dios sabe que más hubiera hecho ese depravado si la directora y dos celadores no hubiesen intervenido a tiempo.
    Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Las sospechas de los directivos acerca de la anormalidad de Marquitos se vieron develadas y decidieron no sólo expulsarlo sino que además aconsejar a los padres que lo metieran en alguna institución de enseñanza especial.
    Estuvo varios años en una escuela para chicos con problemas, mostrándose apaciguado y destacándose como un alumno ejemplar, lo que motivó esperanzas en sus padres respecto al futuro de su hijo. Los maestros les decían que Marquitos estaba bien, que su conducta había mejorada notablemente y que con la ayuda de algún psicoterapeuta podría reinsertarse sin ningún tipo de problemas en la sociedad.
    Pasado algún tiempo, su rostro comenzó a picarse por el acné. Grandes forúnculos adornaban su piel; era una amalgama de pus y ronchas rojas que parecían no menguar. Su cara semejaba la de un leproso. Por la calle la gente lo miraba con mezcla de asco y compasión; Marquitos caminaba siempre con la cabeza baja. Algunas personas en el barrio se le reían, y lo llamaban "El portero eléctrico" o "Cráter".
    El joven se quedaba mirando los rostros suaves de los demás e imaginaba que el suyo era así. ¿Cuándo podría comenzar a afeitarse sin cortarse todo?
    ¿Cuándo una mujer podría pasar su mano por su cara y no sentir que acariciaba a un sapo?
    Marquitos sentía envidia del mundo entero, y se persuadió que no sólo era distinto por los gigantescos granos de su cara, que de hecho muchos jóvenes han tenido, sino que además por su cuerpo y sus pensamientos que no encajaban con lo de los demás.
    A la edad de diecinueve años medía más de un metro noventa y era encorvado; su boca nunca terminaba de cerrarse, mostrando una dentadura podrida. Sus cejas eran asquerosamente tupidas. Reía sin motivos y hablaba onomatopéyicamente. Sus manos eran huesudas y sus uñas, debido a un problema cardíaco, parecían aceitunas negras.
    Sin nada para hacer, pasaba el día en su casa mirando la TV y esperando que sus padres regresaran por la noche. Marquitos sufría mucho, y se persuadía de su anomalía.
    En el verano había estado en una colonia de vacaciones junto a otros seres abortivos de Dios que se dedicaban a plantar en una huerta, a ir a la pileta o a hacer algunos deportes. Marquitos se sentaba debajo de un árbol y los observaba actuar como autómatas, cosa que él no quería hacer.
    Muchos maestros le decían que participe de las actividades recreativas, pero él les decía que no, y si ellos le insistían, les gruñía como en sus mejores épocas de escuela primaria.
    Caminaba solo, siempre solo, por la gran quinta que servía de colonia. Su mirada fija en el piso, tratando de no matar a su paso a los insectos.
    Sentía una suerte de piedad por todos sus compañeros de la colonia, una hermandad en la discapacidad que lo erigía como paladín de ellos. ¿Pero qué hacer para reivindicarlos? Sabía que muchos de ellos morirían jóvenes, en especial los que padecían Síndrome de Down; otros, los que se movían en sillas de rueda por ejemplo, estaban condenados a vegetar toda su vida, ¿Era eso justo?
    Marquitos razonaba tal vez demasiado, cosa que lo afectaba el doble pues no tenía los medios físicos para luchar contra esa injusticia, ¿o sí los tenía?
    Una tarde, luego de masturbarse compulsivamente, se quedó observando el semen impregnado en su mano derecha. Lo contempló largo tiempo, dejó caer el liquido al piso, se arrodilló y comenzó con él un diálogo que años más tarde sus padres, horrorizados, comprenderían.
    Marquitos había encontrado el método para hacer justicia. Su arma se hallaba en su interior: la vida que le había tocado en desgracia sería una enfermedad de transmisión sexual: embarazaría a todas las mujeres del mundo y así haría una humanidad como él y como todos sus compañeros de la colonia.
    ¿Pero tendría suficiente semen como para procrear tantos adefesios? Volvió a tocarse, y eyaculó; espero unos minutos, y comenzó otra vez con el onanístico ejercicio: eyaculó. Sí, ahora podía hacer justicia: el mundo sería de los discapacitados.
    Trató de ganarse la confianza de sus padres quienes le permitieron salir a pasear solo. Los primeros meses se quedaba en algún bar observando por la ventana a las transeúntes que desfilaban por las calles. Sus cuerpos bellos, sus risas no inducidas por la anormalidad, sino por la felicidad; sus deseos, sus sueños en vistas de un futuro que él jamás poseería. Iban y venían como en una película: algunas solas, otras con amigas, la mayoría con sus parejas. Hombres que las habían conquistado, sea por su hermosura o inteligencia: dones que carecen los seres, que como Marquitos, vinieron al mundo para demostrar que la imagen y semejanza con Dios a veces no es tan divina.
    Los mozos le habían tomado afecto y solían preguntarle cosas; el joven casi ni les respondía: su mirada se encontraba fija en esas mujeres que pronto llevarían en su vientre el embrión de la anomalía. Marquitos tomaba un café tras otro y reía con ganas: despertaba la compasión de los demás comensales del bar, quienes en algunos años se arrepentirían de no haber linchado a ese sujeto maldito.
    El primer paso que dio fue acercarse a una mujer que esperaba el colectivo. Era una adolescente de no más de dieciocho años, esbelta y simpática. Marquitos le preguntó acerca de una calle, y ella, muy cordialmente, le informó. El joven, mientras escuchaba la respuesta, posó su mirada en la entre pierna de la joven, que se sintió un tanto intimidada. Marquitos comenzó a imaginar que sería llenarle de líquido esa parte para luego, en nueve meses, tener los frutos tan deseados. ¿Cómo sería la cara de su hijito? ¿Se parecería a él o a esa mujer que le decía dónde quedaba la avenida San Juan?
    La muchachita subió al colectivo apresuradamente, y giró su cabeza, desde el vehículo en movimiento, para observar horrorizada como el joven anormal se tocaba su miembro y le gruñía mostrándole su negruzca lengua.
    En otra ocasión esperó a los fieles de una Iglesia. Se echó en el piso y extendió su mano. Sólo salían ancianas y algún que otro viejo, cuando de pronto una joven hizo su aparición. Con una pollera gris larga, el pelo recogido y un rosario blanco pendiendo, se le acercó. ¡Ella se le aproximaba! Marquitos se erectó y estuvo a un paso de tomarla del cuello y hundirle la cabeza en su entrepierna, pero la visión de un policía que deambulaba por los alrededores, le hizo cambiar de opinión.
    La niña, que pertenecía al coro de la iglesia, sacó unas monedas de su bolsillo y le sonrió.
    "Lo debe hacer por lástima"-razonó como puedo el joven al ver a la católica tomarle afectuosamente la mano luego de haberle dejado el dinero.
    -Que Dios te bendiga.- dijo finalmente y se alejó con su guitarra criolla.
    ¿Dios me bendiga?” Sonaba muy sarcástico, y Marquitos, en ese mismo instante, decidió que su víctima, no sólo debería ser de la edad de esa zorra, sino que además, creyente. Dios bendeciría la blasfema concepción entre él y una niña católica.
    Al disponer de todo el día, el joven podía armar su plan con absoluta tranquilidad. Lo premeditaba a cada segundo, no había otra cosa en su cabeza que un nuevo mundo atiborrado de seres como él, que con paso simiesco, dejarían caer sus babas por las calles. Todos marcharían como un ejército apocalíptico: algunos en cuatro patas, otros en sillas de ruedas; quien se sintiera un árbol podría permanecer en un rincón el tiempo que quisiera; quienes desearan correr y darse la cabeza contra una pared, también lo podrían hacer.
    ¿Y quién los cuidaría? ¿Habría algún médico en esa metrópolis que Marquitos quería construir? También serían débiles mentales, que arropados de blanco, fomentarían la unión entre ellos con fines de perpetrar la especie. Algún religioso anormal podría casarlos, y el mismo hombre debilucho que colgaba de la cruz, sería discapacitado. ¡Dios es un retardado mental!
    Buscó un colegio religioso por su barrio, y pasó varios días observando a las alumnas que salían del establecimiento. ¡Qué hermosas eran! Los colegios primarios de católicas son el bocado que todo pecador o anormal querría probar. ¡Qué sabroso es degustar esos cuerpos recién desarrollados por la Madre Naturaleza, absorber los olores fuertes que sus poros segregan por el movimiento interno de la sangre! ¡Cuántos cambios se producen en las jovencitas inocentes que ellas mismas desconocen, y que sólo una mente obnubilada por la blasfemia o por la discapacidad puede apreciar! ¡Corderos, dulces corderos que serán inmolados para la corroboración del pecado; masticados y destrozados por fauces demoníacas que sólo ven en el otro un enemigo, o mejor aun, un medio para vigorizar los sentimientos equívocos que poseen!
    ¡Pecado, venganza, mero placer de ver retorcerse a una jovencita que salió de su casa con el gusto al beso de la madre, y nunca más regresará: se ira a la tumba con el sabor acre de la perversión impregnada en toda su maltrecha piel!
    La muerte recibirá a una nena ultrajada, que golpeará las puertas del infierno y dejará ver sus pequeños senos mordidos, su boca al rojo vivo, su ano sangrante y su vagina portando el semen de la discapacidad.
    Marquitos no podía esperar más. Siguió a dos amigas que caminaban riéndose por una calle bastante deshabitada. Sus mochilas llevaban inscripciones de grupos de rock y dedicatorias de otras compañeritas. Se creían muy rebeldes, y pronto conocerían, a la edad en que todos aspiran al futuro, que de la vida nadie sale con vida.
    Marquitos se les abalanzó, las tomó del cabello y las arrastró varios metros. Sus mochilas cayeron al piso. Gritaban, trataban de zafarse de aquel monstruo de casi dos metros que las miraba con ojos saltones.
    -Quiero un hijo, quiero un hijo- les repetía mientras retorcía el rostro de una de ellas- Voy a tener un hijo tuyo.
    La nena lloraba. Su amiga logró escapar. Marquitos dio la cabeza contra el piso de su presa y salió a buscar a la otra. Pronto la alcanzó. La nena imploraba, llamaba a su mamá. Fue todo en vano: Marquitos con una sola mano le rompió el cuello y volvió con la otra que yacía media desvanecida en el piso. Se le montó, bajó sus pantalones y dejó ver su miembro erecto.
    La nenita abrió los ojos. No dejaba de lagrimear.
    -Por favor no me mates- le decía, - no me mates, no me mates.
    -Sólo quiero un hijo- decía el joven que la penetró violentamente.
    La niña gritó mucho. Su jumper se lleno de sangre de virgen, Marquitos la penetró hasta el fondo.
    -Dame un hijo- repetía mientras la asfixiaba- Dame un hijo, quiero que seas mamá.
    La nena lloraba, se atragantaba con sus mocos. Del miedo no controló sus esfínteres y se hizo caca. Marquitos comenzó a gritar como un mono: siguió penetrándola, lubricando su vagina con la caca que seguía inundando su bombachita rosada.
    -Falta poco, serás mamá- le decía a la jovencita que ya estaba inconsciente de los golpes- No te mueras, tenemos que traer un nene al mundo.
    Marquitos descargó su semen en la vagina destrozada de la infanta. Estaba desencajado, no veía nada, no escuchaba nada, ni siquiera los gritos del policía que ya lo estaba apuntando con su arma. Dos, tres veces lo intimidó para que se detenga; finalmente le disparó. Marquitos cayó muerto. Pero había embarazado a su víctima, quien meses más tarde, moriría de una infección.
    Los chicos de el Alamo aún se preguntaban qué sería de la vida de Marquitos.

Texto seleccionado por © ,Nicolás Fiks, para la revista mis Repoelas (derechos de autor reservados).


 


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras