Estás en > Mis repoelas > Colaboraciones

 
relato de Mónica Alejandra Puleri Campos

CLARA

El sonido de unas monedas que caen al piso sobresaltan a Clara, su cuerpo se tensa, posa sobre la hornalla la sartén.
Escucha.
Nada.
Silencio, solo silencio.
Alerta continua fritando filloas para los panqueques de la tarde.
Sin proponérselo viaja hacia la ventana que da a la calle, siente el movimiento de la gente, corren más que caminan, todo es atropello y ansiedad, es como si el tiempo no les alcanzara, como si una mano siniestra se apoderara del reloj moviendo cada vez más rápido las agujas del segundero.
La madre de todos los días, pasa bajo su ventana tirando de sus tres críos que acompaña a la escuela.

    La voz del repartidor del supermercado todo traspirado diciendo soeces le llega como un latigazo a sus oídos, mezclándose con la conversación del canillita paralitico con el kiosquero de la cuadra, un viejo lobo de mar, pintoresco personaje de multicolores cuentos vividos en su juventud, que repite como una vitrola vieja, a cada uno de sus clientes con una voz cascada de matices roncos de tanto enjuagarse la boca en las madrugadas con ron esperando una buena calada.
    Todos los días la misma rutina, los mismos personajes de aquella pequeña ciudad, contaminados del consumismo barato que embota el alma y oprime al corazón.
    El sonido de unas monedas que caen al suelo sobresaltan a Clara, apresurada toma la sartén,… traspira…su cuerpo se tensa, la mente es un torbellino de emociones, trasmitiendo sentimientos por los eléctricos nervios, sensibilizando la piel y enmarañado las neuronas.
    Camina hacia la puerta que da al comedor, se para frente a ella, respira profundamente tres veces, el oxígeno golpea su estresado cerebro, en un movimiento automático y predeterminado abre lentamente la puerta, solo unos pocos centímetros,. Observa por la pequeña abertura…nada.
    Silencio y penumbra.
    Estallan sus nervios, poniendo todo su cuerpo en movimiento, en un intento desesperado empuja violentamente la puerta que golpea contra la pared, rompiendo el silencio con un golpe seco.
    Queda parada, no, más bien paralizada en el medio del marco de la puerta, mira asombrada, Tres monedas de cincuenta centésimos están desparramadas en el suelo, al lado de la vieja silla de mimbre donde durmiera sus siestas el tío Ramón quien falleciera el año anterior.
    Cierra fuerte los ojos, los vuelve a abrir, las tres monedas permanecen allí, no puede ser, mira desesperada hacia todos lados.
    El sonido comienza muy lentamente dejándose oír paulatinamente, traído desde muy lejos por la brisa marina con aroma a salitre y sol, acercando desde tierra adentro el sonido de arroyos y ríos de cristalinas aguas que acarician el pálido rostro de Clara, en una caricia fría de muerte, su largo y renegrido pelo roza su enervada espalda provocándole un siniestro escalofrió.
    El tintinear de las monedas que caen al piso es cada vez más fuerte, ¿de dónde salen?, están por todas partes, cierra sus ojos con horror y los cubre instintivamente junto con sus oídos, ambas manos se mueven desesperada intentando no seguir escuchando el diabólico sonido, siempre con la sartén negra en su mano derecha.
    Cree enloquecer, respira profundamente, permanece inmóvil un segundo, para su mente saturada es la eternidad, abre los dedos de la mano izquierda haciendo un espacio para mirar, La habitación gira, de los muebles caen enloquecidas monedas plateadas de cincuenta centésimos cubriendo pisos y azules alfombras.
    No puede moverse, es como una escultura congelada en el tiempo, un rostro enfebrecido, la boca abierta con un grito suspendido en los labios que nunca pronuncio, su escuálido cuerpo mal vestido, calzado sus pies con unas alpargatas raídas y muy limpias con la sartén negra en la mano derecha, la ilógica imagen quijotesca parecía extraída de un cuadro de Salador Dalí.
    Monedas, mas monedas por todas partes, su presión arterial sube, su corazón comienza una atropellada y enloquecida carrera buscando la boca como su meta, golpeando fuerte el debilitado pecho de la mujer, mueve su cabeza hacia todos lados frenéticamente para convencerse que realmente le estaba sucediendo aquello.
    De cajones y latas salían como pequeñas ánimas convertidas en monedas de cincuenta centésimos.
    Luis abre la puerta de calle con sus propias llaves sube los escalones de la escalera de dos en dos, cuando llega al rellano de la puerta de su casa cierra sus ojos y aspira profundamente hasta llenar sus pulmones con el aroma que se escapa de su hogar, tenía olor a Clara, si , era una mezcla de cocina casera mezclada con aroma a mirra e incienso, más la música del Danubio azul que se escapaba por la ranura de la puerta, abre lentamente , está feliz regreso temprano de su venta callejera de empanadas y pasteles, era día de pagos para los empleados públicos, cobro varias deudas y vendió todo lo que llevo en su canasto.
    El golpe de un cuerpo y el estruendo de la sartén al caer al piso sobresaltan al hombre, deja el canasto vacío sobre una silla y se dirige al comedor, Clara esta tendida en el suelo, el silencio y la penumbra le erizan la piel, un hilo de sangre corre por la mejilla de su mujer desde sus fosas nasales.
    Media hora después el medico certifica muerte por infarto cerebral, Luis lo escucha esquizofrénico y sin esperar que termine de hablar le dice---usted está equivocado, no fue muerte cerebral, murió de moneditis, no me mire así doctor, no estoy loco, yo conocía bien a la Clara murió de moneditis.
    El medico lo mira asombrado, no comprendiendo la locura del hombre, mas Luis le insistía,
    ---Si murió de moneditis, alucinaba con las monedas de cincuenta centésimos.
    ---
    ¿Cómo dice usted?—grito el medico desesperado sintiéndose impotente al no poder hacerse entender por aquel hombre desquiciado.
    ----Usted está loco ---- ¿moneditis ?----el medico se sentía cada vez más confundido, no comprendiendo nada, ni el significado de la palabra, moneditis, moneditis, extravagante palabra que le seguía girando en la mente no ubicándola en ninguna parte, Luis continuaba con sus gestos y su voz cada vez más alta intentando hacerse comprender.
    ----Doctor yo conocía bien a la Clara, murió de moneditis, por culpa de unas monedas que no valían nada, ella las guardaba a las tres en el mismo lugar, en un tarro de grande dimensiones que esta sobre la estufa del comedor, me decía que le traían suerte, por eso doctor estoy muy seguro que murió de moneditas aguda.
    El medico observo a Luis, su rostro parecía de granito, no tenía una emoción escrita sino un torbellino de movimientos morisquetas inexpresivas queriendo trasmitir cosas sin decir nada.
    Los dos hombres se miran y piensan, moneditis, moneditis.
    El sonido de unas monedas que caen al piso sobresaltan a Clara, su cuerpo se tensa, deja sobre la hornalla encendida la negra sartén.
    Escucha….nada.
    Alerta continua fritando filloas para los panqueques de la tarde. Mientras espera la llegada de Luis.

Selección de poemas y relatos de © Mónica Puleri , pertenecientes, los poemas al libro En busca de un Sentimiento cedidos por deferencia de la autora, para la revista mis Repoelas:






Hermandad tardía ~ : ~ Llueve ~ : ~ Me condenaste ~ : ~ Extraño

Doce versos para África ~ : ~ No he tenido valor




Charla con un muerto ~ : ~ Noche de soledad y sombras

El rancho de la tía Ñata ~ : ~ Locura, bello estado de mi conciencia

El tatarabuelo de mi nieto ~ : ~ Clara


 


Página publicada por: