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CUENTOS Y RELATOS

 

DISERTACIONES EN EL CAÑÓN DEL RÍO LOBOS

En Burgos nace un río, que la humanidad bautizó como río Lobos, y desde Hontoria del Pinar vemos una de las mayores obras artísticas naturales de España y gozamos de un profundo cañón de más de veinticinco kilómetros conocido como Cañón del Río Lobos. Dicho cañón es un hueco libre de roca caliza que abraza a Soria. Las aguas son subterráneas y brillantes. También son trabajadoras y pican la roca caliza formando cuevas y grietas subterráneas. Cuando vuelve a haber presencia de un río es a la salida del estrecho y para los humanos el río es otro; por tanto, es otra identidad y fue bautizado como río Ucero.
El Cañón del Río Lobos, que es un parque natural para los humanos, esculpe un gran trisco, un intersticio en el que se filtran el páramo y la meseta elevada, pisada por tantos pinos y sabinas que han formado una familia llamada bosque. También hay unos espacios abiertos en los que se ven unos sotos aromatizados por las ajedreas, las mejoranas, los tomillos, las jaras, los romeros y las salvias.
El roble también exige su protagonismo, lógico en alguien tan orgulloso como él. Podemos apreciar su existencia en la profundidad de los suelos. Pero no es un tipo solitario y suele pasar momentos agradables con los rebollos y las encinas.
La remansada agua del río Lobos es ideal para que convivan, en la lucha natural, todo tipo de organismos vivos. Sobre el agua y dentro de ella, viven plantas acuáticas como los nenúfares o las lentejas de agua. Las orillas disfrutan de la estancia de las mentas, las eneas y los juncos. Miles de seres nadan por disfrute, en ocasiones, y por supervivencia, en muchas otras: son las truchas, las bogas y las bermejuelas. Los invertebrados acuáticos, como las larvas de libélulas o pulgas de agua, son los últimos guerreros de este cuadro tan bello que describo.
Es verano. El parque ya ha cerrado y los últimos turistas se van con la tranquilidad que causa el ver la arquitectura natural. Los protagonistas del río, del bosque, del páramo y los paredones se tranquilizan. Entre ellos se temen, pero sienten más miedo a una especie que mata por placer.
Unas truchas están embistiendo las ondas del río como diversión. Pero una de ellas, se ha dado cuenta de que han pasado cerca de su manjar favorito: los escribanos de agua. Estos se habían quedado quietos para no llamar la atención porque las habían visto distraídas y habían creído que no se darían cuenta de su existencia. Pero las truchas no quieren desaprovechar una ocasión tan suculenta, el grupo es numeroso y no saben cuándo verán a otros escribanos.
Atacan como un ejército bien organizado y tragan toda víctima que encuentran. Algunos logran escapar y nadan hasta hallar un sitio seguro hasta para un náufrago. Uno de ellos se queja a otro:
—Ha faltado poco.
—Sí, hemos sobrevivido, pero solo por esta vez.
—¿Crees que vale la pena vivir así?
—Tú eres unos minutos más joven que yo. Aún no entiendes que somos una pieza más de la naturaleza. Tú te quejas de las truchas, pero ¿y las larvas que nos comemos? Seguro que no les hace gracia.
—Tienes razón. Entonces no somos nada importante.
—Para la naturaleza, no. Ella es egoísta y solo quiere sobrevivir. Le da igual que sea a costa de los muchos habitantes de nuestro hogar.
—Tú para mí eres importante.
—Tú también para mí. —Sonríe el escribano veterano—. Recuerda lo que te he dicho, pero también lo que tú me has dicho.
En el bosque hay un concierto. Cantan varias aves, cada una en su pino correspondiente. Uno de los cantos más laureados es el del colirrojo tizón. Muchos animales se emocionan al escuchar su música; para los oyentes es una música celestial. El vencejo real lo escucha con envidia, su canto no es tan rítmico porque es nervioso. Harto de tanta belleza, hace lo que mejor sabe: volar a gran velocidad para alimentarse.
Un poco alejado del bosque, en un roquedo, vive un alimoche. Es joven, porque su cabeza y cuello son de color gris azulada. Planea, se ve con claridad su pico y poco su cabeza, es un ave gongorina. Aterriza en un campo abierto porque ha visto el cadáver de un conejo y empieza a comérselo. Es interrumpido por el saludo de una coneja:
—Saludos, alimoche.
—¿Qué haces aquí?
—Vengo a ver el final del cuerpo de mi marido.
—Lo siento.
—Somos animales irracionales y no nos da miedo la muerte. Vivimos el presente, no recordamos el ayer ni sabemos qué sucederá mañana. Nos educan para entender que no es trágico este final. Yo sé que puedo ver a mis hijos morir porque solo somos animales.
—Sí, bien dicho.
—Y gracias a ti por limpiar la naturaleza. Gracias a los carroñeros no se contamina nuestro hogar.
—Gracias a vosotros por saber valorar nuestro trabajo —dice con un tono melancólico—. Los humanos, de los que se dice que son los únicos racionales, odian a los de mi raza. He perdido varios hermanos por culpa de los cazadores. No sé por qué pero nos odian; en su lógica, el carroñero es un ser vil y miserable.
—No saben la gran labor que hacéis —dice, indignada, la coneja.
—No sabes lo peor. Lo mal que lo estamos pasando. Los ganaderos de estas regiones han sembrado un veneno que nos está liquidando.
—Sí, lo sé. Hace poco escuchamos a unos humanos que parecían buenos. Se quejaban de eso y decían que era ilegal.
—No dudo de que haya buenos, pero poco pueden hacen porque son una minoría.
El vencejo real, el que se ha ido del concierto, está volando encima de nuestros dos amigos y baja porque sabe que ambos animales son grandes oradores. Se saludan, le preguntan al vencejo por qué va solo por ahí y él les explica todo.
—La envidia es la pólvora del delito —dice la coneja.
—Yo no voy hacer nada malo. Me molesta, sí, pero tampoco haré nada.
—Lo haces contra ti mismo.
—Eres muy sabia. —Reconoce el vencejo.
—Tienes que aprender a controlarte o acabarás mal —dice el alimoche.
—No lo niego, soy de naturaleza nerviosa. Bueno te dejo comer en paz, ya hablaremos en otro momento más apropiado para ti. Que aproveche.
—Gracias.
—Yo también me voy —dice la coneja.
El alimoche siguió con su banquete. El vencejo vuela pensando en lo que le ha aconsejado la coneja. Vuelta alto y es rápido, pero está distraído. Sin darse apenas cuenta ha sido capturado por las garras de un halcón peregrino. Este, famoso por su perspicacia, ha visto al ave distraída y ha sabido que era comida fácil. Ha bajado como un cuerpo que cae al vacío, pero el halcón es seguro y controla cada movimiento. Ha girado, como ni los grandes pilotos de las carreras, y ha seguido recto. Trescientos kilómetros por hora de velocidad tienen la culpa de que la víctima no haya tenido oportunidad de defensa. Ha chillado de dolor por las garras que se han clavado en su cuerpo.
Levanta la cabeza y ve las negras alas puntiagudas. Tienen más de un metro de longitud y esto lo impresiona tanto que deja de mirar. Ha estado enojado los primeros minutos porque no aceptaba ser devorado. Su especie no suele acabar en las tripas de un halcón, pero en ese cañón no hay palomas, el manjar favorito del halcón. Pero ahora lo entendía, era parte de la lucha.
Piensa que la coneja tenía razón. Ya no le sirve de excusa que es de naturaleza nerviosa, es solo una justificación para liberarse de la culpa. Pero tiene poco tiempo de reflexionar por la velocidad del halcón. Acaban en un alto y labrado paredón. El halcón corta la columna vertebral del vencejo con la muesca que tiene en el pico superior. Es una muerte horrible, pero el sufrimiento termina rápido. Ya no ve cómo es devorado por el halcón.
Desde lo alto del cielo, unos buitres leonardos que vuelan ascendentemente en círculos gracias a una corriente de aire caliente ven el banquete del halcón y discuten quién será el privilegiado que se zampará sus restos. Son las estrellas del parque natural y ellos lo saben. Los turistas admiran asombrados sus más de dos metros y medio de longitud de las alas. Los cuidadores del parque los miman y los protegen de todo ataque humano. Se pueden reproducir con una tranquilidad que no tienen el resto de los animales. El alimoche, por ejemplo, envidia al buitre; ve injusto que a uno se le trate mal por ser carroñero y, en cambio, la belleza del primero hace olvidar la característica que comparten las dos especies.
Los miembros del grupo no suelen ir solos, casi siempre comen como una familia feliz. Sin embargo, este es un caso excepcional y tampoco hay que desaprovechar el cadáver. Al final ha ganado el más fuerte y baja para comerse los restos de lo que fue un vencejo.
—¿Has terminado? —pregunta el carroñero al halcón.
—Me queda poco.
—Te dejo acabar. Pero no me gusta mirar.
—¿Por qué?
—No lo veo ético.
—No entiendo —dice el halcón.
—Yo como cadáveres, supongo que es más fácil. Tú, en cambio, tienes que cazar y cazar es matar.
—Ya, pero sino me muero de hambre —contesta el halcón.
—Te entiendo. ¿Nunca piensas en tus víctimas?
—No. Todos tenemos que morir. No es injusto, es la vida.
—Sí, pero algunos viven poco tiempo.
—No, si está bien aprovechado.
—¿Así te justificas? —pregunta el buitre.
—No es una justificación, es una realidad.
—Ayer escuché a un humano decir que nosotros no somos libres.
—¿Era un cuidador?
—Sí —responde el buitre—. Pero no sé si eso importa. Ese hombre decía que cómo nosotros no tenemos razón, tampoco somos libres. Somos esclavos de nuestras necesidades más básicas y no sabemos salir de ahí. Bromeó diciendo que no se imaginaba a un halcón vegetariano.
—Ellos son tan esclavos como nosotros.
—¿Por qué?
—Tú pasas más tiempo con ellos y tendrías que saberlo mejor que yo —dijo el halcón con desdén—. Yo los he observado, los he escuchado y he llegado a varias conclusiones.
—¿Cuáles?
—Un joven cree que ha elegido estudiar la carrera de Historia porque le gusta. Pero, quizás, lo ha hecho obligado por sus circunstancias y su carácter. Estaba dirigido a eso. Una persona puede sufrir una enfermedad no esperada y morir, o un conductor lo puede atropellar y morir, o un terrorista lo puede matar cuando pasea por una calle famosa de su ciudad.
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Disertaciones en el Cañón del Río Lobos


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