Estás en > Matemáticas y Poesía > Colaboraciones > Irel Bermejo

CUENTOS Y RELATOS

 

EL INVENTOR DE PALABRAS

"Cuando oigo hablar de cultura mi mano de inmediato corre a la pistola".
(Ministro de propaganda del Tercer Reich)
I
El viento gemía como si un dolor punzante se ahondara en el corazón de la ciudad, atravesado por el arma mortal de los francotiradores. La ciudad estaba cubierta de papel quemado.
En el aire volaban cenizas de las páginas de miles libros como copos negros que caían del cielo aquella navidad.

La letra se esfumaba de inmediato, imposible leer un solo fragmento de texto. Los pájaros llevaban en sus alas el dolor de las cenizas.

No recuerdo cuando fue la primera vez que pisé la biblioteca. No sabía leer, pero la biblioteca era para mí un espacio mágico que me trasladaba a otros mundos por medio de un extraño y atrayente vehículo: el libro, la llave que me abría miles de puertas.
Mi padre trabajaba en el Gran Casino Real, cerca de la Gran Biblioteca, situada en un parque enorme, rodeado de colinas donde crecían los robles, abetos y castaños. Al salir del jardín de infancia mi padre me dejaba entre los montones de libros que ascendían por las estanterías hasta que terminara su jornada laboral y me llevase de regreso a casa. En invierno aquel lugar era un agradable refugio del frío, del viento y de la lluvia. Yo miraba las tardes a través del cristal de aquellas ventanas de doble hoja, con maderas resinosas, mientras mis dedos infantiles pasaban páginas a tebeos, libros con colores, dibujos y letras. Con ellos aprendí a leer. Un libro era para mí un objeto sagrado.
La biblioteca estaba situada en la primera planta de un antiguo palacio, sobre unos calabozos. Las empinadas escaleras, altísimas, cubiertas de una alfombra roja, me conducían al país de los sueños. La sala principal era enorme, un salón de baile de la realeza, convertido en una sala de lectura. En el interior había filas de bancos, sillas y escritorios, estantes repletos de obras literarias del país y del mundo; todo de madera maciza.
Las vidrieras de colores de la cúpula central dejaban pasar la luz solar y dibujaban en el pavimento de losas blancas y negras las imágenes bíblicas representadas en ellas. La bibliotecaria era una mujer joven, encantadora y muy guapa; siempre tenía para cada niño el libro más motivador. Sabía transmitirnos su amor por la lectura y por los libros.
Recuerdo la lluvia deslizarse por el cristal de las ventanas y las goteras del techo caer a cubos de latón colocados para recoger el agua, recuerdo ese suelo antiguo y gastado que combinaba losas negras y blancas como un tablero de ajedrez. Recuerdo las mesas sobre las que abríamos tantas puertas mágicas al entrar en los libros. Recuerdo el momento en el que cayó a mis manos, a la edad de 6 años, El inventor de palabras. Abrí aquel libro impresionado por el mago que me guiñaba el ojo desde la portada, invitándome a adentrarme en sus páginas. Mi abuelo fue quien me introdujo en el mundo de la magia; me hacía todos los trucos de magia que aprendió de su padre, con naipes, palomas, pañuelos, cigarrillos, botellas, vasos…Me había prometido enseñarme todos los trucos cuando yo fuera mayor, pero ese día no llegó nunca porque murió antes. En mis manos sostuve el libro, me hacía cosquillas en las palmas. Lo dejé caer sobre la mesa y el mago volvió a guiñarme el ojo. Lo abrí y en su primera página un espejo reflejaba mi rostro y mi mirada triste por la pérdida de mi abuelo y de mi madre. Oí que el libro me decía: Juega con las palabras, inventa palabras, dibuja palabras, sueña palabras, desordena palabras… El libro me pedía que inventara yo palabras y sin pensarlo empecé a jugar con las palabras y con ellas fui descubriendo el maravilloso mundo del lenguaje. La palabra me condujo a la oración, la oración al texto y el texto a la historia, a la aventura, al viaje de la imaginación.
II

Acudía a la biblioteca asiduamente cada tarde, estación tras estación, inviernos, primaveras, veranos, otoños, inviernos… y así fui creciendo esperando a mi padre, año tras año respirando el olor de los libros. Yo era ya un adolescente cuando las revueltas empezaron a revolucionar el país.
Las principales carreteras que conducían a la ciudad fueron bloqueadas, al igual que los envíos de alimentos y medicinas. Debilitaron durante días la ciudad, cortando el agua, la electricidad y la calefacción. Se destruyeron hospitales y complejos médicos, los medios de comunicación, objetivos industriales, edificios gubernamentales y militares. No se pudieron impedir los homicidios, las violaciones, las detenciones a punta de pistola, los desahucios…
A los periodistas se les prohibió terminantemente informar de las atrocidades de las que todos éramos testigos. Algunos se jugaron la vida en el intento y, vivos, fueron recluidos en ataúdes, enterrados en lugares desconocidos. Las llamadas zonas seguras albergaban, además de civiles, a soldados, por lo que no eran realmente seguras y fueron el objetivo de las tropas produciéndose oleadas de refugiados y desplazados. Se intentó evitar las salidas masivas de la población sin lograrlo. Los movimientos migratorios se incrementaron. Familias enteras se arrojaban al río confundiéndose entre los cadáveres que flotaban, un río que contenía más sangre que agua. Cada día moría más gente de hambre y agotamiento y los heridos morían en los hospitales por falta de suministros de antibióticos y material de quirófano. El Gran Casino fue cerrado como fueron cerradas y destruidas las escuelas y las iglesias, pero yo seguí frecuentando la biblioteca que en los últimos años se había convertido en una de las más importantes del país y albergaba, además de libros y manuscritos, obras de arte de incalculable valor, gracias a la pasión por la cultura de nuestra bibliotecaria. La biblioteca era un lugar de culto, un lugar de encuentro de jóvenes e intelectuales que intentábamos entender el por qué de aquella guerra o de cualquier guerra. Allí nos reuníamos tanto de día como de noche a leer en voz alta las obras de los clásicos bajo candiles de aceite que sustituían al tendido eléctrico. El bombardeo estaba teniendo un enorme costo en vidas. Las matanzas en lugares públicos eran masivas, debido a impactos de mortero y convertían la ciudad y los alrededores en un infierno. Tanques, bombas, granadas, francotiradores, incendios, funerales…cadáveres de niños, de mujeres, de ancianos…civiles atrapados en una emboscada, inocentes que ahogaban su grito para respirar la tierra profunda. Uno de los objetivos más importantes de las revueltas fue la Biblioteca que ardió durante tres días y tres noches junto con miles de textos y cuadros irreemplazables. Una de las colecciones más ricas de manuscritos del mundo entero, fue completamente destruida. Era Navidad. Nadie podría sospechar que la dictadura militar odiara tanto la cultura. Poco después de la medianoche, desde las cinco colinas que rodean la ciudad, dispararon las primeras bombas incendiarias sobre la biblioteca. La precisión de los lanzamientos no dejó ninguna duda de que el objetivo era precisamente ese lugar que custodiaba la colección más grande de Europa de manuscritos y libros raros, a menudo únicos documentos en árabe, persa o hebreo, lo que representaba 500 años de historia y papiros egipcios que se remontaban más atrás en el tiempo. Los que allí dentro nos hallábamos, con el desgarrador llanto, con las lágrimas sin descanso, con el dolor estremecido, con la seguridad de que nuestras vidas podían apagarse antes que las colosales llamas que besaban el cielo, tuvimos la decisión certera de unirnos en una cadena humana. Bomberos, bibliotecarios, voluntarios… con toda la osadía y entereza posibles intentábamos salvar los libros, el mayor número posible de documentos. Los francotiradores disparaban a bocajarro. Era evidente que no sólo atentaban contra las vidas humanas, sino también contra la cultura, contra el saber, contra el libre pensamiento. Los libros que conseguían escapar de las llamas eran amontonados en el parque mientras las paredes se desmoronaban y los techos se hundían. El calor era insoportable. La joven bibliotecaria fue alcanzada por una bala al depositar el preciado tesoro que consiguió liberar del averno. Sus ojos del color del mar quedaron abiertos mirando al vacío en tan desolador escenario. La sangre de su pecho brotaba sobre la tierra donde caían las cenizas de tantos ejemplares consumidos por el fuego. El frágil papel se esfumaba de inmediato y con él desaparecían tantos años de historia. Aterrados, los que pudimos salvar las vidas y los valiosos ejemplares deambulamos por las plazas y las calles, mezclándonos con las almas de los muertos. Después de la quema, la biblioteca quedó reducida a un esqueleto de ladrillos y toneladas de ceniza. Fueron escasos los documentos que se rescataron.

III

El camino levanta polvareda bajo un sol que agosta cualquier espiga o hierbajo que crezca alrededor. El aire del sur abrasa como en el desierto así que tiene que ser el mismo siroco, tiene que subir de allí, de África.
Hemos rebasado los 50º a la sombra, pero por esta senda no hay ninguna sombra. Algún alcor rompe el monótono paisaje de espigas que ya han sido segadas. El cielo es azul muy brillante, con tanto fulgor que parece blanco; la luz que desata hiere si la miras, pero si bajas la mirada a la tierra, ésta desprende su calor y te quema los ojos. Después de seis meses aún huelo a papel quemado.
Sin destino, como un personaje de las tragedias griegas, como ese héroe que permanece atado a la piedra en lo alto de los riscos para que los pájaros se coman sus ojos y entrañas, así vago yo arrastrando una maleta sin equipaje, repleta de libros antiguos, con recios volúmenes de piel donde se han cincelado las historias de otros hombres.
Yo carezco de historia propia, apenas tengo recuerdos. Me he atado con una recia maroma de esparto a esta pesada maleta con ruedas que se van atascando continuamente con las piedras que forman parte del camino.
Protejo con mi propia vida cada uno de estos libros. Cada uno de ellos es una parte de mi ser, ladrillos que construyeron el edificio que soy. Mi silueta se agiganta en el vacío de la nada, como la única sombra que se alza por estas tierras altas, expuestas a un desconsiderado astro que quema como aquella fragua de ateridas llamas que supuso un antes y un después para el mundo intelectual.
Deambulo sin rumbo, tirando del peso de las historias narradas por otros hombres. Mientras vago, mis pies también tropiezan con las piedras que me sorprenden a cada paso.
Nadie frecuenta estas ciudades destruidas, desvalijadas, ningún rastro de civilización. Ni tan siquiera los maleantes ni los francotiradores se atreven con las altas temperaturas a llegar hasta aquí. Ni una sola vivienda se mantiene erguida en este lugar, ni en las proximidades; la ladera, en la solana, es tan árida que pocos se aventuran a abrirse paso entre su maleza.
No tengo historia ni destino, he olvidado mi nombre o más bien me confundo con personajes de las novelas que he leído. No tengo identidad. Invento palabras y juego con ellas.
En ese ritmo que supone el ciclo de las estaciones, de los días y de las noches, del nacer y del morir…ahí estoy sin vida propia, narrando a los cuervos planeadores y a las águilas de estos cielos que dibujan en la tierra espejismos, la vida inventada o vivida por otros hombres, pronunciando las palabras, articulándolas, deleitándome en su sonido como quien escucha un arpa. Camino por la línea del horizonte, hacia allá, hacia acá y otra vez de regreso, volviendo a empezar este tránsito. Quizá sólo soy un inventor de palabras, un loco o un mago sin chistera.
El polvo y las cenizas me escoltan. Soy una sombra en la luminosidad del mediodía, cuando el sol está en su cenit.

Siento sed, como la tierra.

Camino incesantemente, sin descanso. Y así continúo y continuaré vagando hacia el olvido. No sé quién soy ni a dónde voy, carezco de pasado y de futuro. ¿Y el presente? El presente no existe. Sólo queda esto, un inmenso erial.
“Un pueblo sin cultura es un pueblo fácilmente controlado; no tiene libertad.”


poemas de Irel Faustina Bermejo



Página publicada por: