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MUERTE DE UN AMOR

Caminaba despacio, el abatimiento no le permitía ir más rápido, aunque en el fondo tampoco lo quería. Ese camino solo tenía un destino y éste suponía el final de todo. Aunque mientras no hubiera llegado, su corazón destrozado y dolorido aún conservaría una diminuta esperanza.

Esperanza, ese sentimiento había quedado reducido a una simple gota, consumiéndose un poco más con cada paso que había dado a lo largo de aquel recorrido. Y habían sido demasiados.
Cada vez se prometía no volver, poner todas sus fuerzas en que aquella fuera la última vez, pero por mucho que lo intentara, de nuevo, volvía. Pero esta vez sí era la última, ya no le quedaba nada más. Los sentimientos que habían marcado ese amor habían desaparecido. Nadie iba a luchar ya por ellos, murieron con el paso de los días. Marcando su vida con la pena y el sufrimiento.
Apretó sus brazos con fuerza contra su pecho, reteniendo junto a su corazón el amor que sentía por ese hombre, como si de un bebe se tratara. Seguía amándolo incapaz de enterrarlo, ese sentimiento aún la acompañaría un poco más.
De pronto, un ruido a su espalda llamó su atención y detuvo sus pasos.
¿Sería él?
Aquella diminuta gota de esperanza se convirtió en cascada de lluvía empapando su cuerpo, llenando su corazón de alegría.
Evelyn giró la cabeza ilusionada, pensando que él venía a su encuentro y le pediría que no enterrarse sus sentimientos. Su esperanza duró tan solo unos segundos y las gotas resbalaron por su cuerpo, mojando el suelo bajo sus pies. Cuando ya creía que el destino le ofrecía una posibilidad para la reconciliación, se encontró frente a un camino desierto. Lo observó con cuidado, sintiendo como la esperanza se derrumbaba en su interior, como un castillo de naipes que cae en silencio, sin esperar más que el final. Incluso el camino ante ella era ahora desolador, un vestigio de frialdad en ambas direcciones donde las sombras se proyectaban sin piedad contra el árido suelo, creando criaturas de ilusión que atormentaban con solo mirarlas.
Adelantó un pie, después el otro y continuó andando hacia lo inevitable.
Hacia ese cementerio donde enterraría sus sentimientos, como si de personas se tratase.
Que tonta había sido al pensar que él vendría a buscarla. Al abrigar la esperanza de que a él le importase aún lo suficiente como para luchar por ella, por lo que habían tenido. Respiró profundamente, llenando los pulmones de la evidencia, aceptando la realidad, que sus pasos la llevaban hacia un final que ya era irremediable.
Cerró los ojos unos segundos, sepultando en lo más profundo de su ser el dolor que la estaba asfixiando en esos momentos, para luego abrirlos y empujar la reja de hierro la separaba del cementerio.
La oscuridad se estaba extendiendo por el camposanto como un manto de terciopelo gris que lo cubría todo. Junto a esta penumbra de la noche se percibía la sombra que anunciaba el final de un amor que juró eterno. La certeza le hizo estremecer y apretar sus brazos como quien abraza un bebe al que no quiere entregar.
Ya no había vuelta atrás, desde el momento en que entró en aquel lugar, el tiempo corría en su contra y no había salvación. Había consumido todas sus fuerzas. Sus esperanzas de salvar su relación habían sido en vano.
Todo estaba perdido.



Imagen original de Carmen Mansilla, artista

Elevó la cabeza para mirar, quizás por última vez, las tumbas que había a su alrededor. Amargas y dolorosas sepulturas de sus sentimientos enterrados, pues allí había dejado uno a uno los sentimientos que un día llenaron su relación. Ella misma había colocado aquellas tumbas a semejanza de las que se levantan por las personas queridas. Hacía años que un ya no necesario “Te anhelo” descansaba bajo tierra. Poco a poco y sin darse cuenta, habían ido apareciendo las tumbas abiertas de cada uno de los sentimientos que había conocido gracias a ese amor. Los había enterrado a todos. Sus nombres escritos en lápidas de piedra blanca brillaban en la oscuridad de la noche. La fecha grabada decía que “ Te adoro” había pasado a hacerle compañía antes de lo que ella hubiera querido, pero a veces las cosas pasan sin darte cuenta y cuando llegas a verlo es cuando estas echando tierra sobre su tumba.
Las lágrimas escaparon de sus ojos secos de tanto llorar, ya no le quedaba nada para revivirlos. Con cada oportunidad dada, las esperanzas habían aflorado y durante unos días todo había parecido funcionar. Luego había vuelto a dejarlos apagados y moribundos. Y todo por culpa de él, de la decisión que tomó y que afectó a los dos. Nada le importó que ella aún le amase, que mantuviese la ilusión por recuperar el amor perdido .Él ya había decidido dejarlo todo y abandonarla. Dejandola sola, con los ojos apagados por el dolor y el peso del alma sobre su demacrado rostro. Recordando un pasado que se moría por momentos, con demasiadas lágrimas derramadas que se llevaron sus esperanzas y dieron vida al tormento que era sentirse perdida y sola en la vida.
Sola no podía seguir luchando, por mucho que quisiese aquello era cosa de dos, y lamentablemente él ya hacía mucho tiempo que no estaba por la labor. Había llegado el momento de abandonar y de reconocer la muerte de ese amor.
Podía sentir como “Te anhelo” se removía en su tumba, cuando “Te añoro” saltó al hueco que le correspondía en la posición de la lápida. La llama de “Te deseo” se negaba a saltar, pues todavía estaba de pie un “Te necesito” que por segundos parecía aumentar y mientras él estuviera fuera, nada obligaría a “Te deseo “ a sucumbir. Quizás él pudiera salvar al pequeño “Te amo” apretado contra el pecho.
Tal como la oscuridad fue cubriéndolo todo, la vida comenzada a escaparse, no solo del pequeño que todavía se aferraba a ella, sino también a su propio corazón.
—Nadie vendrá a ayudarnos— susurró entre sollozos.
“Te deseo” gritó desconsolado al ver como la tierra se abría, formando un agujero a sus pies, una nueva tumba. Entre lagrimas y dolor ya no quedaba sitio para el deseo carnal.
Sus rodillas tocaron tierra. Sus manos arañaron el suelo. Sus quejidos quedaron ahogados en un corazón hecho añicos. Había enterrado a un amor que lo fue todo en su vida. Un amor que desafió normas de su mundo y los miles de obstáculos que aparecieron en su camino. Que nació bajo la promesa de ser eterno, que supuso el aire que respiraba, el sol de la tierra, el agua de las flores…

La vida misma.

Pero ya no quedaba nada de aquello, de esas promesas de amor eterno, de los susurros de deseo, de los besos acallados por suspiros de amor, de las acaricias robadas. Ya no tenía nada, estaba vacía, para ella la vida había acabado y era enterrada en aquel cementerio.
Y lloró. Lloró durante horas y sus gritos desgarradores atravesaron el aire, inundando el camposanto sumido en la oscuridad.
Los primeros rayos de sol la encontraron durmiendo sobre el frio suelo. Su rostro se mostraba sereno al haber permitido que la tumba de sus sentimientos se cerrara al fin, eliminando cada vestigio de dolor que padeció.
Evelyn parpadeó varias veces, acomodando sus ojos a la luz. Se había quedado dormida vencida por el llanto como tantas otras noches. Paseó su mirada por donde deberían haber estado las tumbas de cada uno de los sentimientos de ese amor que durante años marcó su vida y no halló ninguna. Habían sido borradas. Suspiró notando como se desprendía de un gran peso. Entonces reparó en la mochila que había a su lado. La abrió y en su interior estaban todos los recuerdos que habían compartido juntos. Centenares de escenas que ya no le provocaban dolor, no había sentimientos cuando se quedó unos segundos mirándolas en silencio aferrada a los bordes de la mochila. solo eran recuerdos, imágenes mudas de su pasado.
Evelyn intentó levantarla, pero su peso era demasiado. Su perdida era aún reciente y su dolor hacía que los recuerdos fueran pesadas losas que no le quedaba otra que portar. Sabía que con el paso de los días, los recuerdos se harían más livianos, más llevaderos y no serían más que algo que había a su espalda.

—Evelyn, Evelyn.

Un ruido fuerte la despertó, desdibujando el camposanto en el que su corazón había enterrado sus sentimientos mientras dormitaba.

—Evelyn, Evelyn.

Oyó como la llamaban y se incorporó de la cama.
Se limpió las lágrimas, había tenido un extraño sueño.
Se puso la bata y bajó a abrir la puerta.
—Adam, ¿qué haces aquí? — preguntó sorprendida.
— Me he enterado de lo tuyo con Tom. — Adam bajó la cabeza, no quería mirarla a la cara y ver sus ojos hundidos y rojos de tanto llorar.
Evelyn permaneció quieta en la puerta incapaz de responderle, lo último que quería en esos momentos era tener compañía. Por suerte él continuó:
—Vamos, te prepararé un café. Creo que lo necesitas.
Adam no esperó invitación. Pasó por su lado para entrar en la casa y se dirigió a la cocina. Cuando Evelyn llegó ya estaba preparando la cafetera.
—Adam, ahora mismo no…
—Evelyn, Tom te ha dejado. — Se acercó a ella y la agarró de los hombros—. Entierra esos sentimientos, mete en una mochila tus recuerdos y cuélgatela a la espalda donde sepas que los tienes pero no te estorben y camina hacia adelante. En tu camino, encontraras la rabia pero no la recojas, ya no sirve de nada, pues solo conseguirá que tu mochila te pese más. Apóyate en los amigos, estamos aquí para ayudarte. Ese canalla no te merecía. Volverás a amar, ya lo verás. La vida no acaba aquí.
Evelyn se apretó contra su pecho y volvió a llorar, pero su llanto llevaba un deje de alegría. No estaba sola, Adam estaba con ella. Cerró los ojos recordando su pesadilla y negó con la cabeza, negándose a perder ni un segundo más con su ex, él no merecía las lágrimas que derrababa ni el tormento que atravesó hasta aceptar la realidad, que todo se había terminado entre ellos dos y que había llegado la hora de continuar. Se sentía libre del dolor que la acosó en sueños, de esa imagen macabra de las tumbas vacías a sus pies en las que había enterrado los sentimientos y las promesas de amor eterno. Atrás quedaban las caricias del gélido y espectral viento sobre su piel cuando sus pesadillas la trasportaban al camposanto donde sus pisadas resonaban por el silencioso lugar recordándole la soledad que reinaba en su vida. Ya no la atormentarían más los espectros de unos sentimientos condenados a vagar por su alma.
Adam la apretó, con fuerza contra su pecho dándole consuelo, acallando la cruda necesidad de salir de allí, buscar a Tom y partirle la cara. Quería consolar al tesoro que tenía en sus brazos, a la mujer que amaba con toda su alma y que solo lo veía con ojos de amiga. Le dolía verla así, peor el destino les ofrecía una segunda oportunidad y la aprovecharía. Cuando él creía que ya no había nada que pudiese hacer sino observarla en silencio desde la lejanía y alegrarse de verla feliz por mucho que eso le hiciese sufrir por dentro, la vida le mostró que en cada esquina hay una sorpresa que te puede dejar con la boca abierta.

Relato escrito y seleccionado por Dolores Domínguez:
MUERTE DE UN AMOR


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras