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COLABORACIÓN AMIGA

 

COLABORACIONES CON REPOELAS

TADEA LIZARBE HORCADA

Tadea Lizarbe, licenciada en Terapia Ocupacional por la Universidad de Zaragoza , nació en Pamplona donde reside en la actualidad compaginando su labor como terapeuta ocupacional en el Hospital de Día Infanto-Juvenil de Salud Mental, en Pamplona, con el desarrollo de una actividad de psicobasquet para niños con discapacidad intelectual
Tadea Lizarbe, ha tenido la buena disposición de aceptar nuestra invitación de participar en la revista con el primer capítulo de la novela que fue finalista del premio planeta en 2014 para que los lectores de mis Repoelas.

Comiendo sonrisas a solas

(Capitulo 1- SOLA)
Un pensamiento intruso. El sonido del segundero del reloj se hace presente.
TAC (silencio).
TAC (vacío).
TAC (profundo).
Abro los ojos y lo observo, parece que hoy las agujas no son capaces de realizar su trabajo, mueven los brazos con dolor, como si no pudieran lidiar con la noche. Cada segundo les supone un gran esfuerzo. Vuelvo a cerrar los ojos. Suspiro. No puedo más que concentrarme en ese sonido que martillea mi cerebro y que me ha despertado. Se asemeja al chasquido de desacuerdo que emite un ser angustiado… una y otra vez…
Tadea Lizarbe, fotografía original de Javier Otero Larrea
Apenas son las cuatro de la mañana. Decido zanjar el tema llevando el despertador al salón, alejándolo de mí, como si de verdad creyera que la causa de mi insomnio es el reloj. Pensamiento intruso.
En mi cabeza retumba la misma frase: «sé razonable, no te dejes arrastrar...», y aunque no comprendo del todo su significado, comienzo a actuar como dicta y me obsesiono con ello. Me permito una «razonable» promesa: mañana compraré un reloj digital, no tan peripuesto como este, claro. Uno cuya función sea la de dar la hora y punto, sin sufrir las quejas nocturnas de las agujas. Algo útil; un reloj…, eso…: «razonable».
De nuevo, me acurruco en la cama y cierro los ojos... Mi respiración y mis latidos se van acompasando, mis ojos se mueven con movimientos lentos y pendulantes, me vienen imágenes, comienzo a caer hacia la profundidad, en el mundo de las ideas extravagantes… y entonces, ¡pensamiento intruso! Vuelvo a abrir los ojos, con un alto nivel de alerta, como si me persiguiese un león. ¿Por qué me he despertado? Pero si ya me he encargado del asunto de las agujas. ¿Y ahora? ¿Qué es lo que me incordia? «No estás siendo razonable…»Vaya…, cierto, el reloj..., debería traerlo otra vez, no había pensado que mañana tal vez no escuche la alarma desde esta habitación.
Me vuelvo a levantar, bostezo agotada y a la vez extrañamente desvelada. Cojo el despertador del salón y lo vuelvo a colocar en la mesita. Mantengo una razonable calma. No puedo dormir. ¿Qué miedo puede darme eso? «Tranquilízate… Sé razonable…», me dice otra vez. Entonces, debo apretar fuerte, así, cerrando los ojos y presionando con fuerza la sien… ¡Listo! Debería ponerme la alarma del teléfono móvil, es la deducción más lógica. En cuanto me doy cuenta de ello, vuelvo al salón para, otra vez, dejar el reloj lejos de mi cama, donde las agujas no puedan quitarme el sueño.
En una noche de insomnio todo son pequeñas inquietudes, la mayoría incluso muy estúpidas a la luz del sol. Idiotas conclusiones que te provocan actos como el de trasladar un reloj del salón a tu habitación, viceversa y repetidamente. De manera triste y sucesiva. Como un autómata estropeado. En definitiva, actuando en contra de lo que pretendo: no dejarme arrastrar por la locura que esconde esta noche.
 
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