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relato de  Jose Pleguezuelos Martinez

PERSPECTIVA




El huevo o la gallina, la fiebre o la náusea. Pensamientos así brotan como flores pestilentes en mi cerebro cuando paso de 39 grados. Aquel desmedido dolor de cabeza me dotaba de algunos poderes. Por ejemplo, podía mirar fijamente a alguien sin rubor; con el cráneo a punto de explotar desaparece el bochorno propio de algunas situaciones.
Una anciana, con la que debía ser su hija, me observaba. Aquella mujer era lo único que me separaba de una baja para aquel día, un papel que me llevaría bajo las sábanas. Se llamaba Carmen y no me quitaba ojo. Mientras, su acompañante , que confirmó ser su hija, insistía en hacerla comprender una serie de conflictos familiares pasados y presentes, abiertos y cerrados. La abuela respondió:
-No se sabe, no se sabe...ayúdale, ayúdale, ayúdale, ayúdame, ayúdale, ayúdale...
A continuación suspiró sonoramente, aliviada, orgullosa de su respuesta. Parecía a su modo de ver todo aclarado, aunque añadió:
-Estar sola, estar sola, no me pasa nada...estar sola, estar sola...
Su hija, Claudia, me miró. Buscaba la supuesta complicidad que tenemos los cuerdos cuando vemos un loco. Le sonreí agradecido por la consideración.
-Pues yo también tengo lo mío, que ya ves el panorama ( echó la cabeza hacia su madre, como rematando a gol ). Y lo que no te cuento -puntualizó.
 
Pero sí, empezó a contar: decenas de injusticias y errores ajenos sepultaron el silencio de la sala de espera mientras mi energía vital resbalaba hacia el abismo, hasta la desesperación. No volví a sonreirle, pero daba igual por supuesto. Ya era tarde. Me pareció una persona realmente atormentada, repleta de miedos. Pensé que todo se debía a que tenía muchas posibilidades; un amplio abanico de soluciones y problemas y... caminos... torpezas y aciertos... Me los expuso sin piedad, sin orden ni concierto, con una palabrería infiel a sí misma y una mirada que nunca se posaba en mí, simplemente chapoteaba.
La abuela volvió a lo suyo:
-Estar sola, estar sola, estar sola...
No podía negarse que tenía las cosas más claras. Cuando las posibilidades van reduciéndose el futuro está más claro y los temores pierden su sentido. Finalmente pasaron a consulta, me quedé a solas con la fiebre y el dolor, esperando ese papel que me autorizaba a pasar el día en la cama. No tardó en llegar otro paciente, llegó cojeando, probablemente quería un papel como el mío.
-Estoy bien jodido -saludó.
Yo no quería hablar, no me interesaba invitación, no había nada que hacer, salvo esperar. Permanecí con la mirada puesta en él, sin abrir la boca.
Salieron madre e hija, la mujer atormentada dejó de estarlo. Por fin tenía algo claro, un propósito. Sus ojos ahora sí me miraban, pensé que tenía algo que decir. Según me explicó, mi amigo pasaba a consulta tras un leve gesto donde le cedí el turno, el médico le acababa de comunicar que tenía cáncer. Su discurso calmado producía un extraño bienestar al oído. Ahora su vida pertenecía a un deseo, que era compartido por mí de forma honesta.
-No se sabe, no se sabe, ayúdale, ayúdame, ayúdale, ayúdale... -dijo la abuela.
Claudia acarició su pelo y sonrió suavemente.

Relatos seleccionados por el escritor © Jose Pleguezuelos Martinez, elegidos por el autor, para su publicación en la revista mis Repoelas:






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