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relato de  Jose Pleguezuelos Martinez

EL ABUELO




 

Se trataba de una tarde de cielo azul claro impoluto. Gélido como la sensación que tenía en mi cara, sentado en aquel banco del parque. A pesar de estar bien arropado, la sequedad heladora lograba traspasar algún que otro recoveco de aquella maraña compuesta de abrigo, bufanda, gorro y no sé cuántas cosas más que me habían colocado.
Observaba con paz el columpio, ya nadie empujaba a Israel, mi nieto. Éste había aprendido a estirar y encoger las piernas en el momento oportuno, por fin era autónomo; dueño de sus propios balanceos en aquel columpio mágico que ambos compartimos durante tanto tiempo. Enseñar a mi nieto a domar el equilibrio en aquellos primeros meses de enfermedad, hace ya tres años, era uno de los pocos alicientes que mi vida conservaba por aquellos entonces. Nunca había sido una persona proclive al desánimo, pero desde hacía unas semanas casi todo había dejado de tener sentido. No había una razón aparente, tan solo era así. Más bien no debería ser así, quiero decir que tenía mi primer nieto, con un año. Paula e Ismael con trabajo y sin aparentes problemas, salvo la separación del chico, que tampoco fue nada traumática. Las cosas no iban mal, me encontraba acercándome a la meta y podemos decir que el público aplaudía. Sin embargo mis emociones no opinaban lo mismo. Incluso cuando Amparo falleció, mi mundo interior guardaba más armonía, aunque quizás suene algo inmoral, viví el proceso del duelo con una naturalidad serena: acompañado por mis dos hijos, con gente a la que contar cómo me encontraba tal o cual día. Mi corazón podemos decir que incluso saboreó las distintas tonalidades que la amargura iba adoptando en mi pecho. Hace ya seis años de su falta y aún la echo de menos, pero jamás me faltó el ánimo como cuando todo esto comenzó a dar la cara.
Por lo visto el estado depresivo en el que había entrado era una de las presentaciones de la enfermedad, eso dijo el médico. Imaginé a la enfermedad presentándose, quitándose el sombrero, sonriente, la muy puta.
Cuando nombraron la palabra Parkinson me extrañó. No tenía temblores. Las pruebas y los hospitales comenzaron una mañana de media felicidad, una mañana cualquiera. Me había obligado a comprar el pan, que tanto gustaba a Amparo, cada día del año. Rara vez acompañaba la comida con él, pero se había convertido en un ritual diario, como quien va al cementerio a llevar flores o hace misas por sus difuntos. En mi caso iba a por el pan y ese era mi homenaje. A la misma panadería a la que ella acudía, acompañada por mí, ahora iba yo, en parte acompañado por ella. Esa mañana, que era como tantas otras, me disponía a cruzar la carretera. Siempre por el mismo paso de cebra, hacia la misma tienda de pan, pero mi cuerpo no fue el mismo. No pude cruzar. No sabía ponerme en marcha, estaba paralizado. Mis piernas se negaron a hacer lo que yo les ordenaba. No podían faltarme ellas también, no era justo. Mis ojos preocupados se asomaron al interior de algún coche cuyos habitantes, ajenos a mi desgracia, parecían de todo menos comprensivos con mi terror. Apenas duró unos segundos, me di la vuelta, volví a casa. Sin la barra de pan, sin la compañía de Amparo.
Comenté lo sucedido con mi hija Paula, que pidió cita con mi médico de familia. Insistió en ir a urgencias, pero fuera lo que fuera aquello, iba a tener que esperar. Durante las semanas que me separaron de los resultados de las pruebas solicitadas por la neuróloga, donde fui derivado, algo empeoró. No sólo volvió a suceder, esa parálisis momentánea; además, mi cuerpo se encontraba rodeado de una funda metálica que le impedía ser autónomo, libre. Me sentía en una celda que tenía, exactamente, mi tamaño y mi forma.

 
No había rastro de temblores, pensé que se trataba de agotamiento, poco me importaba si físico o emocional. La depresión podía manifestarse así de hecho. Llegó el día de los resultados: Parkinson. Paula comenzó a hacer preguntas a la neuróloga. Obvié las respuestas, estaba demasiado concentrado en mí, no llegué a sentir necesidad de que nadie me explicara qué me sucedía. Era eso, nada más, Parkinson. Simplemente atrapado. Meses más tarde llegaron los temblores. Pero lo que más me limitó fue la rigidez, se acompañaba de momentos en los que mi cuerpo simplemente estaba, sin escuchar, sin obedecer; eran minutos de aparición caprichosa. Mi cuerpo se había convertido en testigo cruel de un ocaso que era el suyo propio. Todo el avance fue de una forma fluctuante, pero progresiva. Tanto la naturaleza de la enfermedad, como los tratamientos, tienen una curiosa afinidad por los vaivenes; idas y venidas desesperantes que convierten a tu propio cuerpo en un desleal amigo.
Ahora me encuentro aquí, en este banco, en nuestro parque; observando cómo Israel se balancea ágil, me mira y sonríe alegre. Cada día más sorprendido de sus capacidades físicas, comienza todo para él. Paula y su marido me cuidan bien, yo me acomodo en mi papel de testigo, dando el relevo en la vida, un reemplazo del que tengo el lujo de ser testigo.
Israel viene corriendo, me pregunta que si le empujo. Suspiro y espero que mi cuerpo responda, y lo hace. Poco a poco, ayudado por la mano impaciente del niño, que tira de la mía, llegamos al columpio. Él encoge las piernas, como cuando no sabía columpiarse por sí mismo. Abuelo, empuja!

Relatos seleccionados por el escritor © Jose Pleguezuelos Martinez, elegidos por el autor, para su publicación en la revista mis Repoelas:






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