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Manuel de los Reyes Díaz
 
poema de Manuel de los Reyes Díaz

A MIGUEL HERNÁNDEZ

Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas
y en traje de cañón, las palmeras
donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y llueve sal y esparce calaveras.
Miguel Hernández.



Por la sierra alicantina
se oye una amarga queja,
como una copla maldita
a la que el tiempo no mella.
¡Qué lo mataron, lo mataron, sí, lo mataron!
Una yunta de lavanderas
lloran y ocultan su llanto
por no levantar sospechas
¡pero saben!, … lo mataron.
¡No tuvieron agallas de llevarlo al paredón!
El niño yuntero, las cabras,
los montes, los aceituneros
las palomas, la azada,
el arado, el carnero,
la tierra, la primera,
lo mataron, nadie lo niega.
¡Ay! Josefina, que lo sabes tú
y lo sabe Manolillo,
que el Tardo, barbilampiño
con su bigote de juguete
y su cara de mal nacido, engreído
contaba entre sus hordas
con lavandeiras sin escrúpulos
que arrancaban las sábanas de las cunas,
con Meigas insaciables
que seguramente retozaban con él
y supo cómo contagiarle la muerte,
y el Can de Urco vino en busca de Miguel.
*Y tan de súbito, cesó el rayo
que era luz y amparo del hortelano
adalid de la palabra, mi hermano
¡qué lo mataron, yo no me lo callo!
En el firmamento era la estrella
que al pueblo alimentaba y guiaba
eras tú, a quien sólo le importaba
que el opresor no dejara su huella.
Te atraparon a ti y a tu pena,
y el viento lloraba desesperado
la congoja se apoderó del páramo
todos presentían la amarga condena,
¡perdonan la vida al encarcelado!
No, ¡lo mataron!, al cielo lo aclamo.*
¡Ay Neruda, qué solos nos quedamos!
A pan y cebolla, amargura y sal,
tristeza vieja que revienta mis entrañas
por los campos muertos,
por los valles yermos
por los versos que no llegaron.
Ese muchachón de Orihuela,
ya tiene su estatua,
y no entre los azahares de su dormida tierra,
sino en los corazones de sus compatriotas,
doquiera que vayas
sentirás que el viento del pueblo
es un rayo que no cesa,
que tres heridas y una sentencia maldita,
no fueron suficientes,
para matar al poeta cabrero,
que a quien certificó su muerte
aquel 28 de marzo de 1942,
no lo recuerda ni su gente,
y a nuestro valeroso poeta de trincheras,
hasta las ratas, los piojos, pulgas y chinches,
que fueron sus compañeros en la última batalla,
le muestran su respeto y admiración.
¡Ay! Miguel Hernández Gilabert,
que te mataron y eras tan grande,
que no fueron capaces de mirarte a los ojos
por el temor que les infundías,
y llora esta España nuestra,
porque ya sabe lo que sentía en sus entrañas,
no fue una enfermada,
sino una imposición del desatino.
¡Qué lo mataron, coño, lo mataron!.

Del poemario: Poemas peregrinos

Antología poetica preparada por © Manuel de los Reyes Díaz y cedida amablemente por el autor, para su publicación en la revista mis Repoelas:






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Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras