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Yo
conocí a un elefante.
Era elegante,
era brillante,
era radiante,
era aplastante,
era flipante,
alucinante,
desconcertante,
apasionante,
acojonante,
interesante,
impresionante,
exuberante,
muy excitante,
muy alarmante,
era gigante ese elefante.
Es evidente
que fui imprudente
fui indecente,
incoherente,
incompetente,
improcedente.
Pues yo me puse justo en frente
y me quedé absolutamente,
rotundamente,
completamente,
enteramente,
íntegramente
y plenamente
y claramente
y totalmente
abobado al ver sus dientes.
“No me mire tan fijamente”
pidió el elefante gentilmente.
En vez de hablarle correctamente
atontado grité puerilmente:
“¿Te llamo Dumbo, Horton, o Elly?”
y él, muy educadamente, dijo:
“Permítame que me presente,
para empezar, mi nombre es Vicente”.
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