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LA EXPULSIÓN DE LOS GITANOS

El problema no es ser gitano. El problema es ser pobre. Ni Zapatero ni Sarkozy se han dado cuenta de este riesgo. No es un problema de cámaras de gas ni de xenofobia declarada a gritos por los vecinos de algunas comunidades que tienen sus reservas con ciertas razas. No. El problema es de clases sociales. Altas y bajas. Ricos y pobres. Que yo sepa no hay gitano ni rumano con el bolsillo repleto que moleste a los viandantes en la terraza de un bar o en la boca del metro. Nadie oculta su cartera o retira el bolso de su asiento cuando se te acerca un gitano de tronío que canta o baila en contratados salones y teatros o edita en determinados medios de difusión sus memorias excelsas. Uno aprieta el bolso cuando unos adolescentes de cualquier raza o etnia pero con la cara sucia y pinta de pedir limosna, se acercan donde tú estás refrescándote el gaznate. Es así de crudo. Echar a los gitanos de Francia con las caravanas incluidas o arrojar al abismo de otras fronteras a negros, peruanos o bereberes, es solo la consecuencia lógica de no admitir la pobreza. El problema es grave, y pronunciarse sobre él puede llevar a determinados equívocos porque enfrentarse a esos colectivos por razones étnicas es una clara muestra de racismo y acusarlos de no integrados que vulneran las leyes para ganarse la vida y tomar medidas legales para solucionar el conflicto aplicándoles esas leyes igual que se aplican al resto de los ciudadanos (obligarlos a escolarizar los hijos, no permitir la mendicidad de los menores, eliminar la venta de drogas en algunos barrios donde se concentran las viviendas de la mayoría de estas familias, etc.), es una declaración de la inoperancia que ha existido al respecto permitiendo que las cosas lleguen a tal extremo. El tema está en la calle, es decir: el tema está en plena campaña electoral y unos y otros se echan en cara sus posturas o sus ineptitudes frente a determinados colectivos. Dar la espalda a la realidad es lo peor que podemos hacer y la realidad se llama pobreza, está ahí y esos grupos están dentro de ese gran saco de los poco estimados en las sociedades del bienestar: vagabundos menesterosos, vendedores ambulantes, prostitutas, echadoras de cartas o traficantes callejeros de hachís son una lacra para determinadas clases sociales. Da igual que sean negros o gitanos. Las clases acomodadas a quienes horroriza la miseria maloliente, planean eliminarla expulsando a sus protagonistas de su calle, de su ciudad y de su país. Para siempre. De ahí a las cámaras de gas hay solo un paso y ese paso no deberíamos volver a darlo jamás.
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