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Mi papá se acercó para despedirse, me besó en la mejilla y sentí su rostro empapado; entonces lo miré: tenía los ojos llenos de lágrimas, la nariz enrojecida y la boca cerrada con fuerza. Nunca antes lo había visto llorar.

Tengo once años y mi vida ha sido feliz, hasta este momento. La casa que ahora será mi hogar tiene piso de cemento, las paredes descoloridas y las cortinas rasgadas. No hay muebles, lo único que trajimos después de la venta de patio que hizo mi papi son unas  sillas y una mesa pequeña. Para la cocina, una estufa y una refrigeradora, también pequeñas.

Antes de irse, mi papá me advierte que en este barrio no puedo jugar en el parque porque hay muchos peligros en la calle, y me recuerda que ahora estamos rodeados por gente mala. Creo que exagera, no todas las personas han de ser así. Estoy segura de que los niños de mi edad no lo son. Se lo dije, y me regaña por no creerle, me dice que no estamos en nuestra casa de antes, que aquí los niños desde los nueve años ya andan en pandillas.

Cuando mi papi perdió el trabajo, nos arruinamos. Ya ha pasado casi un año de eso y las cosas cada día se enredan más. Al principio pensé que era una pesadilla de la cual despertaría en cualquier momento, pero no ha sido así. Mi mamá no se daba por enterada; dormía casi todo el día, hablaba por teléfono o veía la televisión.

Los días pasaban lentamente, hasta que las apariencias no se pudieron mantener y tuvimos que venir aquí, a esta casa que papá dice que será por un tiempo, que luego tendremos otra mejor. Yo no sé.

NIÑA BELLA

(CAPÍTULO I)

Niña bella



Estas cosas no ocurrieron de pronto, vinieron una detrás de otra. Fueron terribles las discusiones, tanto que ayer, antes de la mudanza, mi mamá sufrió un derrame. Yo cuido a Santiaguito, mi pequeño hermano. Papá fue al hospital, o a buscar trabajo, no sé. Estamos solos y con miedo. Camino por la recámara, la sala y la cocina con Santiaguito en brazos y Cochito siguiéndome. Tenemos hambre.

Desearía tener algo que comer, pero no hay nada, aparte de un chayote podrido, un pepino plumoso y una bolsa con dos pedazos de pan. Necesito comer, el estómago me duele, no tengo a quien pedirle comida. Los vecinos son más pobres que nosotros. Ya sé que algunos se pasan varios días sin comer. Nosotros por lo menos comemos una vez al día, aunque hoy no hemos podido. Tal vez, en la noche cuando papi llegue, nos traiga leche. Cochito me mira, él no comprende. Mi hermanito de tanto llorar se ha quedado dormido; la leche se le terminó desde ayer y como no sabe hablar todavía, llora para que le den comida.
Siempre pensé que mi papá podía resolverlo todo. Es tan guapo e inteligente, o por lo menos lo era. Ahora siempre está de mal humor y eso lo puedo soportar, pero no puedo verlo desesperado. Ver a mi mami llorar no me afecta mucho, pues ella llora hasta cuando está contenta. Pero cuando mi papá está triste y llora, el corazón se me aprieta y casi no puedo respirar.

Santiago Moreno trabajó por veinte años como gerente en el Mont Blanc Bank. Su carrera profesional fue exitosa. Entró allí a los veintidós años, cuando cursaba estudios en Economía. Inició como cajero y un año después ya era oficial de cuentas. En menos de dos años, ascendió a subgerente y un año después, a gerente. Sabía todo lo que debía hacerse en el banco; se quedaba hasta tarde trabajando y, cuando estaba en casa, lo llamaban a cada rato para preguntarle sobre algún detalle. Eso justificó el hecho de que no prosiguiera sus estudios universitarios; le bastaba con la experiencia ganada en el MBB.
Se casó a los veintiséis años con una mujer bella. La atendió una vez en el banco y fue amor a primera vista. A Miranda Arango, le encantaban la diversión y las fiestas, justo lo que no le gustaba a Santiago. Quizás, más que amor, en ella encontró una válvula de escape. Además, le daba prestigio que lo vieran con Miranda, una chica de abolengo, aunque arruinada; pero eso pocos lo sabían y, de saberlo, cualquiera lo habría puesto en duda: no era fácil ignorar sus ínfulas aristocráticas.
Los siete primeros años de matrimonio Miranda no quiso embarazarse. Fueron varias las discusiones cuando su esposo le pedía que tuvieran un hijo. Ella aceptó con la condición de que él tomara vacaciones y se fueran a Europa, pues deseaba concebir en Venecia. Un capricho más de niña rica. Él solicitó las vacaciones y viajaron por dos meses. En Venecia se quedaron casi un mes.
Ella no se sorprendió cuando le dijeron que estaba embarazada, tampoco demostró ninguna emoción. Santiago, en cambio, saltaba de alegría al enterarse, la tomó en brazos y bailó con ella por toda la casa. Decía una y otra vez que era el hombre más feliz del mundo.
Las siguientes semanas se acrecentó el mal humor de Miranda. Su esposo se desvivía en atenciones para complacerla y ella abusaba. Casi todo el día estaba en la cama, con malestares, con exigencias. Por la noche daba vueltas y no dejaba dormir a Santiago, quien soportaba las torturas con auténtica resignación. Parecía como si ella quisiera castigarlo por haberla embarazado.
El parto fue normal y nació una preciosa niña. Miranda tampoco mostró alegría con el nacimiento de su hija, y no aceptó los nombres que proponía el esposo. En cambio, insistió en que le pusieran el nombre de una chica que salió en la portada del periódico por quién sabe qué suceso; dijo que no lo había escuchado antes y que le sonaba original: Sayuri. Santiago tuvo que aceptar; él pensaba que la actitud de su esposa era transitoria, producto de una depresión post parto, y que debía colaborar en lo que fuera.
Sayuri creció como una niña normal, era la adoración de su padre y aunque su madre la quería, no había comunicación entre ellas. La pequeña tenía más afinidad con su padre. El primer día de clases fue Santiago quien la llevó a la escuela. Tuvo que regañarla para que se quedara, pero a partir de ese momento, el colegio fue el alivio a la soledad que experimentara en sus primeros años. Su madre no había querido volver a embarazarse y la niña no tenía con quien jugar. Miranda decía una y otra vez que no deseaba más hijos, que para muestra un botón. Y no era que Sayuri se portara mal, sino que a ella, en realidad, le fastidiaban los niños.

Sin embargo,  la vida le tenía deparada una sorpresa a Miranda. Se enfermó de una gripe que la tuvo varios días en reposo. Consultó al médico y este le anunció que estaba embarazada. Sayuri tenía diez años. Para evitar los mismos traumas del primer embarazo, Santiago adquirió una casa más grande en Costa del Este, una de las barriadas más distinguidas. Era una casa preciosa, de novecientos metros de construcción; en la entrada, un hermoso jardín, rodeado de paredes bajas, con rosales de varios colores; un garaje para cuatro vehículos, y un sendero que conducía hasta la puerta. En la puerta, una placa de bronce en forma de escudo de armas que decía «Familia Moreno-Arango». La sala-comedor era amplia, con piso de granito; los muebles de estilo clásico y la decoración era sobrecargada. Cuatro recámaras con sus respectivos baños, una para la pareja, otra para Sayuri, la del bebé y otra reservada para huéspedes. Un amplio salón de entretenimiento, con equipos de música, un televisor plasma de cincuenta y dos pulgadas y grandes bocinas. En la parte trasera un pequeño jardín, una piscina y una terraza.
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