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¿Los terroristas se confiesan?

Este relato ha sido ganador del II Concurso de Relatos Punto de Libro en la categoría de relato
Permaneció quieto, lívido, estático, sumido en un nubarrón de interrogaciones diversas y temblores, y dudas, muchas dudas que surgieron repentinas arropadas en briznas de cábalas, misterios y preguntas, preguntas enmarañadas, persiguiéndose, fustigándose, amontonándose, especialmente una que estalló sin quererlo en el fondo de su cerebro obnubilado repentinamente transformado en una amalgama de oscuridades. Y así hubiera permanecido durante nadie sabía cuánto tiempo de no ser por la chispa que prendió en su piel y le llevó a levantarse para solventar la duda sobrecogedora de saber quién era aquel hombre que acababa de descargar su alma.
una pequeña iglesia de aquel pueblo verde con vistas al mar
Mientras sus piernas iniciaban el movimiento, la pregunta borboteaba incesante en el puchero de las incógnitas.

Álvaro abrió la puerta del confesionario, uno de los dos existentes en la pequeña iglesia de aquel pueblo verde de pinos y azul de olas, echó una mirada al crucifijo situado sobre el altar como pidiendo ayuda, y salió del recinto. Una metralla de frío le abofeteó el cuerpo.

Tengo que saber quién es, se dijo mientras iniciaba la persecución de una silueta ya lejana, tengo que saber quién es.

Y la pregunta se abrió paso por sus venas, y rascó y rascó en su alma hasta casi hacer daño, y reventó formando flecos desparramados:

¿Los terroristas se confiesan?

Y tras ésta surgieron otras, cúmulos, manadas de preguntas, un aluvión avasallador, como miríadas de pedruscos taladrando su cerebro. Pero no tenía respuestas por el momento porque lo que debía hacer en ese instante era olvidar todo aquello que no fuera la persecución de aquel hombre que se difuminaba para descubrir su identidad.

El pueblo, abrazado entre montañas de picos infinitos por el norte y abierto al mar en escarpados acantilados por el sur, contaba con unos mil o mil quinientos habitantes. A lo largo de los cinco o seis años que llevaba allí a cargo de su iglesia, Álvaro había llegado a conocer más o menos a gran parte de ellos, a unos más que a otros, y no podía imaginar quién sería el hombre que en ese instante se escurría entre las esquinas. El hombre que había aparecido aquella tarde por su iglesia con el rostro semioculto. El hombre que hacía unos minutos se había confesado acusándose de ser uno de los terroristas más sanguinarios y más buscados de la historia.

¿Los terroristas se confiesan?

La silueta no corría porque no tenía ninguna necesidad de hacerlo. No podría ni siquiera imaginar que iba a ser perseguido en un lugar tan tranquilo y seguro como aquel, y mucho menos que su perseguidor sería el cura del pueblo. Tal vez se dirigiera a su hogar, o a una fonda, o a un hotel, o a un automóvil, algo en lo que Álvaro ni siquiera pensó, limitándose a no perder de vista la figura borrosa que caminaba y caminaba serpenteando a través de unas callejuelas tintadas de malva por el atardecer.
La tarde había rebozado sus pinceles de brisa en un arsenal de tubos pastosos y, con una delicadeza especial, casi sin percatarse, empezaba a maquillar la noche de oscuridades profundas.

¿Los terroristas se confiesan?
Álvaro Uriante, ya cerca de la cincuentena, alto, un poco grueso, el rostro agitanado, los ojos del color de la tierra que le rodeaba, como si la hubiera ido succionando a lo largo del tiempo, el cabello salpicado de canas, se sentía feliz en su entorno. Vivía en un mundo inundado de paz. Sus feligreses, al igual que el resto de los vecinos, eran personas tranquilas. La iglesia presentaba algunos problemas y le daba algún que otro quebradero de cabeza, pero nada que no pudiese solucionar con relativa facilidad. Habitaba en una pequeña casita de piedra, siendo atendido por la vieja Teófila, cascarrabias y gruñona, quien le preparaba la comida y lavaba y planchaba su ropa.
Álvaro se encontraba inmerso en un semiparaíso de costumbres y candores al que se había habituado y no deseaba abandonar. Celebraba misa todos los días a las siete de la tarde y, a partir de esa hora hasta el anochecer, permanecía en la sacristía o en el confesionario para recibir a cualquier alma descarriada o solucionar cualquier asunto que requiriera su atención. Y aquella tarde de hielo y carámbanos colgados de la bruma había aparecido ese hombre, la cabeza gacha, el rostro hundido en el cuello levantado de un grueso chaquetón, entreverado de sombras, y se había arrodillado en el lateral del confesionario, en el lugar donde lo hacen las mujeres, y había empezado a hablar en susurros, y había continuado hablando a chorros, como arrancándose la miseria y la mugre del alma a pedazos inmensos. .Yo soy Niho Galiano, el terrorista, el jefe supremo del Frente Salvador de la Patria. Al oír esas primeras palabras, Álvaro percibió un temblor terrorífico caracoleando por su cuerpo. Yo soy Niho Galiano, el responsable directo de todos los crímenes del FRESP. Álvaro se vio sumergido en una laguna de terrores..Yo soy Niho Galiano. Y no sé por qué estoy aquí, pero estoy, y no sé si me arrepiento, supongo que no, o sí, qué más da, pero sé que debo hacerlo, que debo volcar mi alma y sacar todo eso que llevo dentro porque me quema, me come, me abrasa. Álvaro sintió el vello de la nuca erizado, y relámpagos de terror trastabillando por sus venas, y un grito estrangulado que debía morder suavemente. Yo soy Niho Galiano, el terrorista más buscado del mundo, y vengo… qué quiere que le diga, no sé por qué vengo, tal vez un exceso de soledad que acaba comiendo por dentro hasta dejarte reducido a migajas, o ansias de volcarme, qué sé yo, y no puedo hablar con nadie, ¿sabe lo que eso significa?, no, no lo podría saber jamás, eso hay que vivirlo, sólo con usted, con usted sí, porque usted no puede decir nada, ni una palabra, está obligado a ello, y yo necesito gritarlo porque son demasiados años, y demasiados agobios, y demasiado silencio guardado…

Aquel hombre continuó hablando y hablando ¿parecía impregnado de ahogo?, y la cabeza de Álvaro se transformó en un barro pastoso que engullía sílabas, y temblaba como si fuera una estrella, una tiritera descomunal, la cabeza en forma de tiovivo, de un lado a otro, sin poder pensar, sólo escuchar palabras manchadas de sangre, mucha sangre, y miseria, toneladas de miseria resbalando por las laderas de la nada sombría a su alrededor. Finalmente, arropado en aquel rumor inconcebible que trazaba un pentagrama de furia retorcida en el viento, le fue imposible decir nada, ni siquiera una frase de consuelo, o de reproche, o una pregunta, y se limitó a trazar la señal de la cruz mientras musitaba: Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, sin siquiera haberle impuesto una penitencia, o saber si el hombre oscuro mostraba verdadero arrepentimiento, o si pensaba repetir sus espeluznantes hazañas, o…

¿Los terroristas se confiesan?

Decidió seguirle. No pensó por qué pero decidió hacerlo. Necesitaba imperiosamente saber quién era el dueño de aquella sombra.

La silueta continuó su marcha por las calles empedradas de suspiros y noche. Álvaro se cruzó con algunas personas conocidas a las que saludó, sin perder de vista al hombre oscuro que decía ser Niho Galiano, el terrorista más sanguinario y perseguido de la historia. No habían transcurrido más de cinco minutos cuando la figura se detuvo ante una casita de piedra con un simulacro de jardín en la parte delantera, sacó unas llaves del bolsillo de su chaquetón y empezó a abrir la verja de color verde. Álvaro observó sus movimientos desde la esquina. Muy quieto, hecho estatua de hielo y silencio, pensó en la persona que habitaba en aquel lugar. Y supo quién era. La oscuridad engulló su sorpresa y su furia con tragos diminutos.

No pudo dormir en toda la noche. Los susurros del confesionario retumbaban en su cabeza como chirridos incesantes, como lobos aullando a la luna. Niho Galiano, el mayor terrorista de la historia, el responsable de miles de muertes, el hombre cuyo rostro nadie conocía y del que todo el mundo hablaba, el cerebro del terror, el paradigma del espanto, allí, en su pueblo, en su propio pueblo, un lugar olvidado, le parecía imposible, le parecía una broma de mal gusto, no podía ser cierto, pero él lo había confesado. ¿Los terroristas se confiesan? A su modo de entender, los terroristas eran seres sin alma insensibles al dolor humano, y no creía que se confesasen. Y Niho Galiano, cuya identidad nadie conocía, tenía fama de implacable por el rastro de sangre que, a lo largo de muchos años, había dejado y seguía dejando tras de sí. La conciencia, tal vez la conciencia había gritado y aullado, pero los terroristas no tienen conciencia. Por su mente divagaba la imagen de una sombra entrando en casa de Lucas, el escultor, y el farol de la calle iluminando su rostro. Álvaro no daba crédito a lo que había contemplado. Lucas, con su calva incipiente, sus ojos penetrantes, su media sonrisa en forma de línea torcida y dedicado a sus pequeñas esculturas, vecino del pueblo desde hacía algunos años, taciturno, serio, callado, compañero ocasional de dominó, el que se mantenía un poco apartado de todos, el que desaparecía de cuando en cuando supuestamente para asistir a exposiciones, el que conversaba suavemente con él en la taberna, el que parecía un hombre tranquilo y afable, el que jamás pisaba la iglesia, no era realmente Lucas, el escultor. Era Niho Galiano, el terrorista.
La noche se transformó en un nido de eternidad
La noche se transformó en un nido de eternidad.

Álvaro se levantó varias veces de la cama. ¿Por qué? ¿Por qué allí, en su pueblo, cuando existían miles y millones de lugares donde podía ocultarse? ¿Por qué tenía que confesarse si los terroristas supuestamente no se confiesan ya que supuestamente no se arrepienten de sus actos? ¿Qué había devanado la mente de aquel hombre hasta llegar al confesionario? ¿Por qué precisamente a él que era un sencillo cura rural? ¿Por qué le había cargado con tanto dolor? Porque era dolor lo que sentía brincando a manadas por dentro. Y no podía hablar. Y no podía decir nada. Y no podía denunciarlo. Y no podía acusarlo. Estaba obligado a callar por el secreto de confesión. ¿Por qué a él habiendo tantos sacerdotes en el mundo? ¿Por qué a él que llevaba una vida sencilla y sin problemas mayores? ¿Por qué a él? ¿Por qué? Las preguntas rebotaban contra las paredes de su mente formando un monte de amargura inquieta.

La mañana llamó a su puerta como un candil recién encendido. El sacerdote permaneció largo rato bajo la ducha caliente, se afeitó y vistió, entró en la cocina y preparó café. No había dormido en toda la noche.

Álvaro se mantuvo el día entero en un extraño estado entre la divagación y la ausencia, con miles de pensamientos arañando su cerebro, pensando y dando vueltas, y volviendo a pensar, y pensando de nuevo, para nada, simplemente para nada, pues nada era lo que podía decir, el silencio era y sería su eterno acompañante, pero el dolor de saberlo, el dolor de conocer al asesino más sanguinario del universo y tener que callar, callar, callar, tragarse la furia, la rabia, el odio, tener que ahuyentar, desterrar y olvidar la acusación, era algo que le reconcomía el alma una y otra vez. El susurro se repetía en su mente. Y la persecución. Y el descubrimiento de la identidad del terrorista. Las ideas se transformaban en mariposas negras revoloteando a su alrededor.

Esa misma noche, mientras la televisión le arrullaba con su sonido de cantos moribundos, una voz más temblorosa que el resto informó a los televidentes sobre el riesgo inminente de un brutal atentado por parte del FRESP, probablemente en la capital. Las entrañas de Álvaro quedaron reducidas a escombros de angustia, como gusanos royendo su furia con dientes muy chiquitos. La figura de Niho Galiano reventó en su cabeza, además de cuerpos destrozados, ayes de dolor, arroyos de sangre, bombas, gritos, explosiones, un inmenso aguacero de pesares. Él sabía quién era el responsable de tantas y tantas muertes, él conocía la identidad del cerebro de multitud de masacres, él había descubierto sin desearlo uno de los secretos mejor guardados del mundo. Tal vez en sus manos estuviera la posibilidad de detener aquel horror. Pero debía callar. En sus manos, en sus manos, la frase se repetía incesante, en sus manos, imposible, no podía, en sus manos atadas por una cuerda de silencio, tal vez debiera consultar con alguna autoridad eclesiástica superior, o enfrentarse directamente al terrorista, o tomar ignoraba qué tipo de medidas, o actuar de alguna manera, pero ¿qué podía hacer? Se pasó los dedos por el rostro como queriendo amasar y aplastar mil pensamientos.






Tras un tiempo indefinido que no supo calcular, decidió salir a dar una vuelta porque necesitaba que el frío de la noche se perfilase en su piel. Se acercaría a los acantilados, el lugar donde tantas veces se refugiaba para rezar o para meditar. Posiblemente no encontraría a nadie porque el frío había hecho que las casas engulleran a sus habitantes, pero en ese momento no importaban las presencias o las ausencias, lo que le resultaba imprescindible era salir de su hogar, no quedarse allí acumulando pensamientos porque le avasallaban, le arrasaban, le inundaban, le acribillaban de tal manera que se le hacía imposible mantenerse quieto.

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