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BOLITA, POR FAVOR

Gloria era la niña gorda del barrio. Tenía 14 años y no era alta, pero pesaba más que su papá, que sí era alto. No era una gorda bonita como otras que hay por el mundo; la hacía fea el sentir que por ser gorda era fea. Y había creado un círculo vicioso porque, entre más se sentía así, menos la miraban los muchachos y entonces más se sentía así. Los niños vagos del barrio habían descubierto esto y disfrutaban mortificándola.
—¡Bolita, por favor! —le gritaban cuando iba pasando.

Y las niñas bonitas la miraban de arriba abajo sintiéndose superiores, o bien le daban palmaditas compasivas en el hombro diciéndole que la belleza se lleva por dentro o cosas así de sobadas, que a Gloria no la hacían sentir mejor.

Una noche, cuando ya estaba dormida, la despertó un ruidito en su ventana. Como si alguien rasguñara. Respirando trabajosamente —su gordura le impedía respirar de otra manera— se levantó a ver. ¡Y cuál no sería su sorpresa! Del otro lado del vidrio, recargada contra los barrotes, se encontraba una rosa roja en botón, tan bella que sus pétalos parecían vivos, y en ellos brillaban gotas de humedad como diminutas estrellas. El tallo descansaba en un sobre de papel azul.

Gloria abrió la ventana y rápidamente —es decir, tan rápido como se lo permitía su gordura—, tomó la rosa y el sobre. Dentro de éste encontró una carta que decía:

Todos los días te miro pasar, pero no me atrevo a hablarte. Esta rosa podrá decirte mejor que yo lo que siento por ti.

A Gloria se le fue el sueño de la emoción. En su insomnio, se revolvía en la cama —bañada en sudor como suelen estar los gordos dentro de sus pijamas— haciéndose mil fantasías sobre el autor de la carta. Porque con todo y lo bella que era la rosa, la carta le había gustado más. Se quedó dormida soñando, soñando, soñando.
fresca como una col

A pesar de la desvelada, en la mañana despertó fresca como una col. Y durante el día aguantó las bromas de los niños y la simpatía falsa de sus amigas con la actitud del mendigo que se sabe dueño de un tesoro. Pero no quiso contarle a nadie lo que le había pasado por miedo a que todo resultara ser un sueño.
Esa noche se quedó dormida sin dificultad, roncando plácidamente como suelen roncar los gordos. Y otra vez la despertaron en la madrugada rasguñando en su ventana y otra vez encontró una rosa, aunque sin sobre. Parecía ser que el enamorado secreto ya había dicho lo que tenía que decir y, ciertamente, dejaba a las rosas la tarea de expresar sus sentimientos.

Gloria volvió a perder el sueño durante horas. Horas que se pasó contemplando las dos rosas que iluminaban la oscuridad de su habitación como dos lámparas de mágica luz.

Para la quinta noche ya estaba tan emocionada que no pudo guardarse más el secreto. Les contó a sus amigas. Ellas la escucharon pensando que se había inventado toda esa historia y sonriendo venenosamente, y cuando terminó de hablar, la más astuta le dijo:

—Yo quiero ver tus rosas. ¿Por qué no las traes a la escuela?

—¿Cómo crees? —le respondió Gloria— Se maltratarían. Además a la primera ya se le están cayendo los pétalos.

—Entonces invítame a tu casa a verlas —le respondió su amiga, que en realidad quería forzar a Gloria a reconocer que había inventado esa historia. Gloria se dio cuenta de que esa era su intención y le respondió con un tono de dignidad herida.

—Vamos hoy mismo, si quieres.

Ver las rosas no dejó satisfechas a las niñas.

—De seguro las compró ella misma —dijeron a sus espaldas, y siguieron sin creerle.

Como si el enamorado secreto supiera lo que estaba pasando, cambió de estrategia. Una noche, en lugar de una rosa, le dejó a Gloria el más bello poema de amor que se pudiera imaginar.
—Lo ha de haber copiado de algún libro —dijeron sus amigas.
Pero poco a poco fueron quedándose sin argumentos, conforme aparecían en la ventana cosas más y más valiosas: un libro muy bonito lleno de grabados, una medalla antigua, una perla, un vestido de princesa turca, una caja de maderas preciosas, una urna de alabastro... ninguna persona del barrio podría comprar esas cosas aunque tuviera el dinero. Como quiera que fuese, poco a poco el desprecio dio lugar a la envidia. ¿Cómo era posible que alguien que podía hacer esos regalos se hubiese fijado en esa gorda acomplejada? Con toda la intención de amargarle a Gloria su felicidad, esas niñas empezaron a sembrarle dudas:

—¿No se te hace raro que siga ocultándose?

—Ha de estar horrible.

—Ha de ser jorobado.

—Albino.

—Enano.

—Para mí que no es un muchacho sino un viejo cochino. Si no, ¿cómo es que tiene tanto dinero?
Gloria no podía contestar nada porque, cada vez que intentaba sorprender a su enamorado, se quedaba dormida. Así que su única reacción era ponerse a bufar como un toro bravo, con la correspondiente mirada, mientras su cara se ponía roja, roja, y el sudor hacía que sus cabellos se le pegaran a las sienes.
se le están cayendo los pétalos
El siguiente fin de semana decidió pasarse el día durmiendo para no tener sueño en la noche y, después de cenar, se tomó tres tazas de café y subió a su cuarto con una potente lámpara de pilas.

Y en efecto, no durmió. Sudando y respirando con dificultad dentro de su enorme pijama, se quedó atenta a cualquier ruido. Sus ojillos, dos redondos botones hundidos en su cara de algodón de azúcar, se mantuvieron brillando inmóviles en la oscuridad de la recámara, mientras sus manos invertebradas y húmedas se estrujaban una a la otra con los nervios de la espera.

Finalmente, después de la medianoche, la luz de la luna proyectó una sombra sobre el alféizar de la ventana. Gloria se puso de pie con una agilidad sorprendente para su peso y, antes siquiera de que el visitante pudiera depositar el regalo que llevaba, encendió la lámpara y le echó la luz a la cara. ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah! Se quedó paralizada, pasmada, anonadada y patidifusa.

En lugar del príncipe azul que esperaba, Gloria se encontró con un niño... que tenía las... sienes... escurriendo de sudor... ¡GORDO! Su indignación no tuvo límites: ¿cómo se atrevía un gordo a enamorarse de ella? Abrió la ventana y, bañándolo de insultos, le aventó todas sus rosas —ya secas— y sus estúpidos regalos.

Y al día siguiente, cuando volvió a ver a sus amigas, les dijo llorando que todo lo del enamorado secreto había sido una mentira suya, que la inventó sólo para tener algo que contar, y que los supuestos regalos los había tomado prestados de un tío suyo. Soportó con estoicismo las sonrisas de satisfacción y las palmadas compasivas, soportó que los muchachos groseros le gritaran “¡Bolita, por favor!”, pensando que cualquier cosa era menos horrible que la cruda verdad.
Agustín Cadena © Derechos reservados. La ordeña
 


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