Estás en > Mis repoelas > Colaboraciones

 
SANTA FILOMENA CON UNA VIEJA AMIGA
Bajó del santoral cuando el Concilio,
aunque otros dicen que nunca estuvo allí, tan alta.
Junto a sus restos, los de una niña
de doce o trece años, se encontró
una inscripción confusa –Lumena –Pax Te –Cum Fi-
en tres losas. ¿Pax Tecum, Filumena?
Así dicen algunos que debe ser leído,
partiendo de la losa que está en medio.
Cerca de la cabeza había un jarrón roto
que contenía sangre seca. Al parecer,
esa era la costumbre
en los enterramientos de los mártires.
No sabemos más de ella a ciencia cierta.

Que es la fiesta del pueblo de mi madre;
que las brevas carnosas y verdes como el mar
-de un verde oscuro y hondo-
ya pueden degustarse, y dejan en los labios
un sabor que no es dulce del todo, pero invita
a sentarse en la hierba y hablar de nimiedades;
que el sol de agosto luce todavía
en lo alto del monte, pero ya
se deja acariciar un poco por los ojos,
ya está menos rabioso;
que después bajaremos con los niños
hasta la romería, y a lo mejor bailamos;
puede que eso no llame la atención
de los historiadores.

La paz sea contigo, Filomena.





    No soporta a los hijos de su novio.
    Yo tampoco soporto a los adolescentes,
    digo, para quitarle dramatismo.
    La adolescencia es un artificio, añado,
    un invento burgués.
    Ella me mira como preguntándose
    si me soportaría a mí por mucho tiempo.
    Llegamos a un rincón entre castaños,
    un arroyo sombrío. Desde el puente
    vemos flotar las hojas. En octubre
    tiene todo este valle un aire recogido,
    de estar fuera del mundo,
    y eso es precisamente,
    lo que deseo: estar fuera del mundo,
    refugiarme en algún palacete de indiano
    -¿alquilarán buhardillas con derecho a cocina?-
    y ver caer las hojas,
    asomarme al jardín por las mañanas,
    poner la vida entera bajo un signo rojizo,
    amarillento, un poco fané. Baja la niebla
    desde los montes ásperos y oscuros
    que rodean el valle. Se está haciendo de noche.
    No soporta a los hijos de su novio.
    Yo no soporto a nadie, en realidad.
    Pero no se lo digo. No hace falta.
    Buscamos un lugar que no sea muy rústico
    donde poder cenar y tomar una copa.
    Un rincón licencioso en el edén
    hasta donde no llegue el eco imperativo
    de los pasos de Dios.


Poemas de Miguel Ibáñez
Primer Poema ~ : ~ Poema anterior ~ : ~ Siguiente poema
 


Página publicada por: