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RIA DE LA ARENA UN ALTO EN EL CAMINO
Hay paisajes que esperan la mirada.
La del que anduvo lejos de su casa
por caminos oscuros, tal vez claros,
pero siempre revueltos como un río
que se abraza a la forma de la tierra
y deja que sus aguas se remansen
en meandros cobrizos, hondos pozos
teñidos por las hojas de los sauces.
Uno que recorrió lentas llanuras,
apaciguadas por una luz tenue,
donde oleaban, bruscos, los maizales,
para romper contra una valla blanca,
y más allá las huertas, los manzanos,
la callada agonía de las rosas,
y una ventana abierta y un hogar
donde alguien canta o tiende la colada
y las generaciones se suceden
con mansedumbre, con fidelidad.
Por caminos oscuros, tal vez claros,
el que ni siquiera sabe su nombre
se fatiga en las tardes, se evapora
con las nubes, él mismo es una nube
herida por el viento del oeste.
El que siempre camina y nunca sabe,
nunca sabe por qué, llega a un lugar
donde siente de pronto que sus ojos
han encontrado aquello que esperaba.
Y celebran su encuentro y lo que espera
se complace ahora en ser hallado,
pues el tiempo de hallar es también tiempo
de celebrar, es tiempo consagrado
a la celebración. Y la mirada
se vierte ahora en esta paz de encinas,
de raíces y copas hechas luz,
como si la quisiera fecundar.
Porque amar con los ojos es amar
con el cuerpo y el alma, a la manera
de Dios. Dar vida a aquello que se ama.



    No recuerdo ni el nombre de aquel pueblo.
    Era un burgo dormido y mesetario
    donde entramos a hacer un alto y descansar.
    Nos dimos una vuelta por sus calles estrechas
    y fuimos a parar a una plaza, en el centro,
    pequeña y sombreada por árboles frondosos.
    Nos sentamos en una terraza. Los gorriones
    daban saltos audaces, al acecho
    de las patatas fritas. Luz y sombra se unían
    para trenzar extrañas filigranas.
    Hacía fresco. Nada más. Nos fuimos
    para continuar el viaje. Nunca he vuelto.
    Y no recuerdo el nombre de aquel pueblo:
    juro que no es un truco literario.
    Sin embargo, ya llevo mucho tiempo
    intentando dar forma a este poema.
    No encuentro las palabras que den fe
    de aquella paz callada, aquel sosiego
    bajo la sombra. El tiempo y los recuerdos huyen,
    pero hay lugares como aquel villorrio
    que insisten en quedarse en la memoria
    porque tal vez nos han sido otorgados
    como señal. Nos salen al encuentro.
    Esperan. Pasan años a veces sumergidos
    en nuestros pensamientos, como en un lago turbio,
    pero de pronto afloran. Y entendemos,
    hasta donde podemos entender,
    que aquello que está fuera del tiempo y de la muerte
    se digna aparecer cuando no lo esperamos
    para ofrecerse, y traza signos y nos dirige
    con amable inquietud, con belleza que alerta.



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