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[24'00 HORAS]


D
EJARSE MORIR.
Dejarse encendido el diario crujir de las horas
 
que son ya un telón sin fondo ni imágenes ni recuerdos.
Dejarse olvidados los ojos encima de una mesa,
las manos apoyadas en la pared de la cocina
y esconder las piernas entre los pliegues del silencio de una cama.
Dejarse, lentamente, morir,
como estas horas consumidas con precaución y ciertas dosis de alevosía,
como estas horas que no merecen ni el más mísero tiro de gracia.
Dejar caer las manos para alimentar las cucarachas del sueño,
esas manos que hoy tampoco sufrieron tus caricias,
esas manos que tiritan bajo la lluvia de mis lágrimas,
esas que nunca derramé cuando te fuiste una noche de invierno.
En el silencio de este día que se desborda sin cauces
termino por evocar tu imagen, padre, como un descubrimiento,
tu sonrisa que ya no recuerdo,
el tacto de tus manos que ya no recuerdo,
tu estatura que entonces poseía las dimensiones de un gigante.

Las lágrimas que no te lloré entonces ahora me inundan.

Entre tantas derrotas diarias, entre tantas esperas en andenes oscuros,
entre tantas palabras falsas que hoy crecieron en mis manos,
entre tantos deseos que siguen siendo en el silencio prohibidos,
tu imagen
ha venido a despedirme como una fotografía color sepia.

Te fuiste antes de que pudiéramos mirarnos cara a cara,
antes de que tuviera tiempo de poder descifrar el matiz de tu sonrisa,
y sólo recuerdo noches de insomnio, a los pies de un gato,
y el restañar de unos dientes
como esa calavera que alguien llamará por su nombre.
Siempre las despedidas se escriben en los márgenes.

Te fuiste en silencio, en el silencio de unas sábanas blancas.
Te fuiste una noche de invierno,
noche que quiero evocar negra como un sudario,
noche negra como el pasillo de la distancia,
noche negra como ese silencio que acompaña a los ataúdes irremediables.
Pero en realidad noche que no recuerdo; noche que nunca existió.
Te fuiste en silencio, demasiado pronto.
Aún mis manos se perdían en la geografía de tus manos,
aún mi voz no había conseguido imitar el tono de tus palabras,
y antes de que tuviera secretos,
antes incluso de que conociera la existencia de una hora solitaria,
de que la risa puede ser la antesala del sufrimiento,
antes incluso de imaginar que tú pudieras irte,
te fuiste.
Te fuiste en un silencio que ensordece las horas del día,
que me persigue en este último acto que ensayo con tu presencia.
Te fuiste como el viento antes de la tormenta,
acompañado de un reconfortante olor a tierra mojada,
sembrando a tu espalda los tiernos brotes de un muro de silencio.
¿Qué puedo esperar después de tu ausencia?
¿Qué lágrimas derramar ahora si entonces todo fueron cauces secos?
Todas las lágrimas cristalizaron en estos ojos miopes que te multiplican
y ninguna desde entonces ha conocido el descanso eterno de la tierra.
Te fuiste, en silencio,
dejando en silencio tu imagen en mi memoria.
Intento evocarte ahora y te invento entonces,
intento imaginarte y me descubro vacío de recuerdos.
Demasiado pronto,
demasiados años negando tu ausencia,
esperando abrirse un día la puerta de tu cuerpo y poder abrazarte;
poder susurrarte
esas lágrimas que entonces se quedaron mudas en las cuencas de mis ojos.

Demasiado pronto, para irte,
para volver a recordarte, demasiado tarde.
Y paso mis ojos por tus imágenes en el álbum y no te miro;
y paso mis ojos por los espejos
y siempre descubro en mis ojos el reflejo de tus ojos,
la misma pregunta, la misma tristeza, idéntica duda,
el único recuerdo que antes de acostarme quisiera llevarme a cuestas...

...pero tú no te vayas,
aunque no vengas esta noche,
aunque no vuelvas nunca:
sólo saber que esos labios que un día besé
conservan olvidada la grieta de una de mis sonrisas,
que esos dedos que un día besé
conservan las huellas de mis dedos entrelazados,
que esas palabras que un día besé
conservan el tono amargo de mis adjetivos y verbos:
sólo saber que existes me permite llegar a las fronteras del sueño.

Otra vez más.

Como siempre.
Poemas de José Manuel Lucía Megías
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