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UNA ACTITUD REVELACIÓN EN EL CANTÁBRICO
La belleza también tiene su tiempo.
Debe ser esperada,
como el amor, la lluvia, la cosecha o la muerte.
Igual que todo aquello
que es más alto o más hondo que nosotros,
la belleza no quiere apremios. No acomoda
sus pasos a los nuestros. No desciende
a nuestro tiempo. Igual que todo aquello
más ligero o más claro que nosotros.
¿Qué podemos hacer, salvo esperar,
acechar, estar atentos a los signos,
como quien mira al cielo
y espera la tormenta?



    Ha sido necesario
    esperar dieciocho días de agosto
    para que en este decimonoveno
    salga un sol insolente y amarillo
    como el de los dibujos de los niños.
    Lo cual da un razonable motivo de esperanza
    para acechar detrás de nubarrones,
    nieblas, celajes más o menos líricos
    y todo ese uniforme enladrillado
    que dificulta vida y trabalenguas,
    el ansiado regreso de la facilidad
    y la felicidad –su prima hermana-,
    de la alegría de vivir, del gozo
    de entregarse a la vida porque sí.



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