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[22'00 HORAS]


H
a caído en mis manos una baraja con las imágenes de nuestro pasado
y tu sonrisa pinta de rojo carmín las paredes blancas de mi casa,
 
y de nuevo puedo acariciar tus manos afiladas de pianista,
tus dedos como el vuelo de esas golondrinas que nunca vuelven,
tus largas uñas,
que imagino escondiéndose entre las rejas de una ventana,
y los brazos,
                        y las piernas,
                        y los tobillos,
                        y los muslos...
                        y siempre tus muslos,
y esa pequeña arruga que te florece entre los ojos cuando sonríes,
y esa pequeña arruga que se te esconde en la frente cuando permaneces seria.

(Tus manos son mi caricia,
mis acordes cotidianos,
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia)

Paso mis dedos por las fotografías y me estremece su frío tacto,
tacto que conservo en cada uno de los agujeros negros de mi piel,
como el volcán que un día me hizo creer en la existencia de dios,
con esa fuerza,
con esa pasión,
con esa inocencia huidiza de los huracanes.
Pero no es ese el tacto que recuerdo,
como tú tampoco te encierras en una imagen,
por más que reconozca ese vestido azul que te envidiaba la primavera
y que siempre me gustó porque dejaba tus pechos libres como cerezas;
por más que esas manos que te rodean en un abrazo la cintura
sean el perfecto espejo de estas que ahora te recuerdan versos.

(Tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada,
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro)


Quisiera preguntar por estas miradas cómplices que me reflejan las fotografías,
¿dónde quedaron esas pupilas que me herían como lanzas bañadas de sangre?
¿dónde esas manos que se entretenían en destrozarme el bosque de mi pelo
mientras mis labios buscaban saciar su sed en los volcanes de tus labios?
Pero la retórica,
me vence y me niego a lanzar preguntas sin alma al cielo enlutado.

(Tu boca que es tuya y mía,
tu boca que no se equivoca,
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía)


Y el grito del tiempo me escuece en los ojos como el embrión de una lágrima,
¿y aquellos segundos en los que te amé sin darme cuenta?
¿y aquellos minutos, aquellas horas que desperdicié sin amarte dándome cuenta?
Te miro reír,
te miro esconderte de mis ojos que buscaban robar tus pupilas,
te miro mirarme,
te miro sacándome esa lengua como serpiente venenosa,
te miro tapándote la cara con esas manos que me recuerdan un torrente
de caricias,
te miro mirándome de perfil,
mirándome de frente,
mirándome cubista,
mirando hacia una duda que se había acomodado en el horizonte de mi espalda,
mirándote las uñas,
mirándote los pies,
mirándote a ti misma en mi espejo.

(Y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo,
y tu llanto por el mundo,
porque sos pueblo te quiero)


Y abro las manos
y los dedos se me van cayendo uno a uno al suelo
y las uñas se transforman en negras cucarachas que nunca protestan
porque hace ya milenios que no leo ni la guía telefónica por la noche.
Y me encuentro solo,
solo en el dolor que me producen los insectos,
porque aún hoy en día debemos seguir desconfiando de tantos insectos,
de tantas advertencias,
de tantas patas,
cabezas
y, extraordinariamente, de esos ojos...
(Y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja,
y porque somos pareja
que sabe que no está sola)


Y rompo una a una todas las imágenes de nuestro pasado,
y en cada pieza del puzzle creo descubrir siempre el indicio vehemente de tu sonrisa.
Y sin darme cuenta he ido creando una montaña de recuerdos,
una montañita de pequeños recuerdos
tan inútiles como las fotografías,
y en la confusión por fin mis labios se confunden con tus labios partidos,
y uno de tus ojos de miel y bronce hace compañía a uno de mis ojos,
y nuestras manos vuelven a acariciarse,
y nuestros pies vuelven a resbalarse,
y nuestros cuerpos ensayan de nuevo coreografías que saltan por los aires.

(Te quiero en mi paraíso,
es decir, que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso)

¿Y te quiero?
                        Me preguntan las cucarachas que invaden cada una de mis palabras,
¿Y me quieres?
                        Me pregunto antes de esbozar cualquier respuesta sin aliento.

Quizás debería haberme emborrachado,
debería haber cantado tangos hasta la madrugada,
como así lo quiere el poeta que acompaña sin saberlo mis noches,
pero en realidad, toda la noche resulta oscura por definición académica,
así que me conformo con levantarme atlante y tomar la montaña
de recuerdos en mis manos
y arrojarla sin piedad al abismo del sueño.
(Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo,
y en la calle codo con codo
somos mucho más que dos,
y en la calle codo con codo
somos mucho más que dos)

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