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CANCIÓN DE CUNA
Del libro "El fuego hacia la luz"
      Luz de la nube sin fin.
      Desde mi cama
      veo pasar las nubes del cielo y el tiempo.

      La luz entra por el balcón y derrama
      su dulce hilo trágico de recuerdos.
      Tal vez, la cuna sigue meciéndose.
      No lo hago yo. No puedo.
      No me muevo de esta cama
      y de esa nube.

      Nuestro precioso, precioso niño sin dientes...
      Hace tiempo que no le oigo llorar.
      Antes, venían esas mujeres
      con abrigos negros;
      y le mecían, y hablaban tan alto.
      Y yo quería que se fueran,
      que nos dejaran solos,
      que nos dejaran dormir.

      Las grietas en las paredes
      se abrían como heridas,
      se tragaban el aire,
      encendían el llanto extenuado, hambriento,
      el chillido de los pájaros,
      posados en el balcón,
      en los amaneceres de ceniza y de hielo.
      Escombros de naturaleza caliente.
      Gritos,

      rompiéndose,
      en los oídos, en las entrañas,
      en todo el universo,
      mientras se confundían los ángulos
      del espacio y del tiempo.
      Oía la cuna moverse,
      muy despacio,
      con un gemido lento y amargo.
      Y quería levantarme a mecerlo.
      Quería levantarme.
      La noche era una garganta infinita
      que crujía bajo el suelo.

      Nos dejaron dormir.

      Ahora me miras desde el gris triste del papel,
      los ojos hechizados de estrellas.
      Me susurras...
      viejos sueños, viejos recuerdos
      que se perdieron como líneas de luz dibujadas
      un instante en la niebla.
      Mi amor, no te sientas triste;
      sus sábanas rotas lo arrullan en silencio.
      La luna febril se asoma a la ventana,
      enferma de amor y de sangre.
      Pero ya no trae gritos,
      sólo una noche herida de abismo,
      tan sigilosa, que duele.
      Antes me ovillaba para protegerme,
      cantaba muy bajito;
      cantaba esa canción del gramófono, ¿recuerdas?
      ¿Recuerdas cuando bailábamos?
      y te reías,
      y yo me ponía ese vestido blanco...

      La música era leve, la escucho
      cada día, cada minuto, en mi cabeza.
      Cada segundo.
      Le cantaba a esa cuna rota.
      Y él levantaba sus bracitos
      y sonreía.
      Si le hubieras visto, parecía un ángel.
      Yo le cantaba canciones hermosas,
      los sueños que escribiste para él.

      Hacía frío...
      (¿Recuerdas el vestido blanco?).
      Cuando ocurrió, hacía frío.
      Entraron esos pájaros
      después del último estallido.
      (¡La música, aquella música, aquella música hermosa!).
      Y ya nada pudo evitar el aullido del cilantro,
      ni la bestial geometría del cuervo, ni el hedor,
      ni la gélida pulsación que decapitó los días.
      Una hiedra lenta pudrió los muebles,
      la nube se instaló en el salón, se dislocaron
      las notas confusas que componían la belleza
      y la alternativa, una sola daga rígida
      dividió la sangre.
      La cuna dejó de moverse.

      Ya no tenía frío.
      Pero seguí meciendo la cuna,
      seguí cantando, para que pudiéramos dormir,
      para que pudiéramos respirar.
      Cantaba y mecía la cuna.

      Ahora, sólo tengo sueño.
      Huele a humedad,
      como si hubiera llovido durante siglos
      sobre la tierra.
      El sol encharca, otra vez, la habitación,
      con trazos de luz y de sombra;
      susurra, desde el crepitar diminuto,
      su ruido de polvo sobre la luz,
      su murmullo perverso e interminable.
      No se va, aunque apriete fuerte.
      No quiere irse.
      Pero eso ya no importa...
      Le meceré, le daré de comer,
      y volverá a sonreír,
      y jugará con el caballito.
      ¿Dónde está ese caballo blanco de cartón?
      No estés triste, mi vida, ni por un instante.
      Son días hermosos. Días felices,
      para nuestro precioso, precioso niño
      que ya no llora.

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