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[SE ABRE UN HUECO]
Poema XXIX de "Bajo la piel, los días"
Se abre un hueco, en el tiempo, en el aire. El hueco se inflama, primero, como un ganglio, y se yergue, después, excitado por su propio fragor, y se solidifica. Es un cuchillo. Es una sima. Succiona. Escupe. Intuimos que nuestra vulnerabilidad se radicaliza: que predominan los lapsos de inexistencia; que somos no estar [los átomos de que se constituye la materia son sólo partículas que giran en el vacío, sin conexión tangible: la materia es la forma en que se manifiesta el vacío]; que nos diluimos cada vez que nos afirmamos. El hueco corroe o atormenta. Se le eriza la piel. Está erecto. Y, sin embargo, no abandona su inactividad: invita a la finitud, profiere adjetivos, rezuma fuego; y ese fuego es oscuro.

Debut diabético tipo I. Estas palabras ¿nombran o destruyen? ¿Son el bracear de un ahogado, la eyaculación de un ahogado, el nacimiento de un ahogado? ¿Designan el movimiento de un bacilo, el itinerario de una traición? [A veces he vislumbrado el confín de ese hueco: el acto que nunca podrá ser enmendado, y que perturbará la construcción sosegada del espíritu, la sucesión, acaso caótica, pero no inarmónica, de los días; me asomaba a esa ventana atroz y sentía un vértigo hirviente, del que me rescataba la constatación de que aún no me había precipitado en el abismo: una sensación casi idéntica a la del despertar de una pesadilla. Que mi padre averigüe que he suspendido. Que me descubran robando un libro. Que mis hijos mueran]. Las palabras con que nombramos el mundo, ¿ocultan el mundo?

Llora despacio. Sus lágrimas son negras, como el aire. El pelo, ensangrentado.

La sala está atestada. Frente a nosotros tose meticulosamente alguien que parece un mendigo, pero que tiene casa. ¿Dónde vive Ud., Eugenio?, le pregunta un hombre amarillo. Y Eugenio responde que en el Paseo de la Verneda, en un piso con hambre. Tiene la mirada arrugada, como la ropa. Distingo unos calzoncillos turbios por la bragueta abierta. [Recuerdo al indigente que merodeaba por el colegio y que se echaba la siesta al sol, arrebujado en trapos; el pene, achocolatado, le asomaba por entre los pliegues de los bombachos, tan adormilado como él]. Las enfermeras lo tratan con una mezcla de resignación y displicencia. [Cortázar describe en Rayuela —si no recuerdo mal; o quizá sea Ribeyro en alguna de sus desolaciones— cómo unos camilleros recogen en una calle de París a un anciano atropellado; se dirigen a él como pepé, con la familiaridad impostada con que se suele hablar a los viejos y a los niños. No saben que ese anciano es, quizás, la mayor autoridad mundial en la poesía de la dinastía Ming]. Eugenio va descalzo.

El suero gotea. Cada gota arrastra destellos sombríos. La transparencia del líquido exhibe callosidades metálicas. El suero se endurece, y fulgura, pero no pierde su condición glacial. Penetra numéricamente: se abisma en una quietud que alcanza el raquis, los cordones de los zapatos, el recuerdo de tardes en las que nada recordaba a la muerte. Pero es una quietud cronométrica: se mueve sin que la percibamos.

[Oigo cantar a un pájaro. En un cuento —posmoderno— que solía leerle a Álvaro, Hay un pelo en mi roña, aprendí que los gorjeos de las aves son siempre señales de dominación, preludio del combate o invitación a la cópula. (También Gil de Biedma oye a los pájaros, que anuncian —cabrones— su despertar al mundo, después de una noche de fornicación; detesto esa inmediatez lingüística, ese inmiscuirse del habla cruda, que es, no obstante, a la que yo aspiro). Ayer por la mañana, al salir a la calle, reparé en la maraña de trinos: flotaban en el estanque del cielo, entre cardúmenes de geranios. Creen los almendros que ya ha llegado el calor, pero el frío que se avecina los matará].

Nadie nos ha comunicado el diagnóstico, pero todos actúan como si lo supiéramos. El diagnóstico es una certeza oblicua, que se infiltra como el suero. Ahora no entiendes nada y piensas: ¿por qué yo? Pero lo más importante es que vas a poder llevar una vida normal. [Pero ¿cómo sabe el médico qué es una vida normal para él? A lo mejor quería ser gastrónomo].

Las lágrimas son, ahora, resinosas, como el orín que se acumula en las cañerías que asoman por las paredes. Llueve la luz como humo de luna: se deshace en cánulas y glucosa; la noche es ese fulgor que se derrama en el cadáver que he de ser. Le acaricio el pelo sin otra esperanza que la caricia. Lloro con él, aunque tenga los ojos secos.

En los pasillos se arraciman los ancianos. Tienen miedo: algunos miran las paredes —lisas, blancas— con espanto, como si encerraran el secreto que los ha de rescatar de la agonía y ellos no supieran desentrañarlo. Otros chupan tubos con tenacidad mamífera. Otros más hacen de su indefensión el último parapeto frente a la muerte. [Qué placer abandonarse: renunciar al esfuerzo que exige la esperanza]. Oigo gritar a alguien. [Oigo de nuevo al pájaro. Su piar añil desuella los cristales]. Es un grito sofocado por un revuelo de silencios. Crujen los ligamentos, el sol en las ventanas, las sillas de ruedas. Percibo la rigidez de las mascarillas y la oleaginosidad del pus. Las camillas, con sus pacientes, permanecen adosadas a las mamparas, para que nuevas camillas puedan sumarse, como eslabones, a la cadena del dolor. Más tarde, en la sala de observación donde ha de pasar la noche, veré a otra anciana absorta, con los ojos como huevos, que se llama Montse, que no responde cuando la llaman, y que, desanudado el camisón, enseña una vulva apergaminada. [Pienso que esa vulva ha sido turgente y floral, y que la han acariciado hombres devorados por el deseo, y que Montse ha pronunciado, entre hipidos de placer, sus nombres]. Me acerco y la cubro con la sábana, aunque no estoy seguro de no haber vulnerado algún precepto nosocomial. Pero no me importa. Cuando la tapo, no gira la cabeza, sino sólo los globos oculares, y me mira con vacío estupor.

Duerme. Me asomo a su rostro, como sé que él se asomará al mío cuando yo haya muerto. [What man has bent o’er his son’s sleep to brood/ How that face shall watch his when cold it lies, ha escrito Dante Gabriel Rossetti]. Tiene los pómulos abovedados; la nariz es un parteluz; los labios zigzaguean. El cuerpo, sin insulina, no puede absorber la glucosa, ni, por lo tanto, transformarla en nutriente; se devora, pues, a sí mismo, pero nada sacia su apetito: por alimentarse, muere. El sistema inmunológico, exacerbado, no reconoce a las células beta del páncreas, y las destruye. (El azúcar, mientras tanto, se acumula en el torrente sanguíneo, ajeno a su desdén). «El gen o genes predisponentes residen, con toda probabilidad, en el sexto cromosoma, en vista de los lazos tan estrechos entre la diabetes y ciertos antígenos leucocitarios humanos (HLA), codificados por la principal región de histocompatibilidad en este cromosoma. Se reconocen cuatro sitios (loci) designados por las letras A, B, C y D, con alelos en cada sitio, identificados por números. Los principales alelos que confieren un aumento en el riesgo para la IDDM son HLA-DR-3, HLA-Dw3, HLA-DR4, HLA-Dw4, HLA-B8 y HLA-B15». El sol se consume. La sangre acaba. El amor cesa. El tiempo existe, porque muere: porque, partícula a partícula, se extingue eternamente; su consunción es nuestro latir. Duerme mi hijo, y siento las punzadas de su carencia, aplacadas por el beso intravenoso. Duerme, y elude la desesperación, y entierra cuanto no comprende en una marejada de aliento, en una oscilación mansa de párpados y palabras. Duermo yo un sueño levantisco, por el que circulan aves sin alas, órganos sin ser, preguntas que no pueden cicatrizar.

Huele a cosas privadas de forma. Los carteles que cuelgan de las paredes no tienen texto.

Pasa una enfermera. Lleva en las manos una madeja de apósitos ensangrentados.

Poemas de © Eduardo Moga, seleccionados con autorización del autor para la revista mis Repoelas:





Dime, alma... ~ : ~ El aire... ~ : ~ El clima subtropical...

Se abre un hueco...

 


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