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[EL CLIMA SUBTROPICAL ...]
Poema XV de "Bajo la piel, los días"
El clima subtropical hace que la vegetación sea exuberante, aunque sorprende que en este clima lujurioso nieve cada invierno. [Recuerdo despertarme frente a un lienzo blanco, y salir a la arboleda solo, con un abrigo de pana cuyos botones eran cuernecillos de plástico que se trababan en una tira ovalada, y vagar por la nieve, sacudiendo los troncos de los árboles y sus ramas más bajas para que pareciera que nevaba, y llenando los pulmones de un aire astillado, que me acuchillaba por dentro. Era domingo]. Admiro los abetos, los arces, los olmos y muchos otros cuyo nombre ignoro, pero que tienden su dosel de clorofila sobre nuestras cabezas y conforman un techo rotatorio, de cascabeleo lobulado, que desprende zumba y azul. «El problema no es que la vegetación no crezca, sino que crece demasiado», me explica D. «Una casa vacía será devorada por la maleza antes de un año». Un cornejo florido, de vez en cuando, abre una puerta en el muro verde. En el tropel de hojas, las flores brotan como jeroglifos voluptuosos. [Tenemos un cuadro en el dormitorio que representa a un magnolio. Pero es un fragmento de un cuadro mayor. Para celebrar alguna olvidable efeméride, un antiguo jefe de Á. encargó un gran óleo que pudiera dividirse en tantas partes como empleados tenía, y le regaló una a cada uno. Nuestro trozo contiene un impacto blanco: una flor, pero nadie diría que es un árbol. Obra, pues, el prodigio de ser figurativo y abstracto a la vez, y es su mutilación lo que lo transforma de lo primero en lo segundo. A veces he pensado que el cuadro podría ser el hilo conductor de una intriga detectivesca (que nunca escribiré, como tantas otras historias que se me ocurren): algo que hubiera que reconstruir para hallar la clave de un asesinato]. Los melocotoneros, por su parte [éste es el Peach State], desprenden un olor algodonoso, y acogen a las abejas con un estertor de abrazo.

El césped de los jardines está inmaculado. Cortarlo es un deporte nacional. La bandera que ondea a la puerta de muchas casas le confiere, incluso, una dignidad institucional. [En algunos se ha clavado también un cartel con los diez mandamientos; en otros hay gnomos de escayola]. Pero complace su visión cuadrangular, en la que irrumpen las ardillas y las libélulas, y que proyecta sombras anaranjadas, cuyos bordes picotean los herreruelos.

La cerveza es adecuadamente amarga, y nos acodamos en la barra como parroquianos acostumbrados a ahogar sus penas en alcohol. D. ha perdido el brillo de la juventud en la mirada. Conserva su festejada capacidad para el understatement, pero sus pupilas proclaman que la realidad le ha maniatado el alma. [A cierta edad, uno ya no vive: sobrevive. ¿Y si esa edad fuera la del nacimiento?]. En el local se acumulan los colores. La gente habla alto y, a veces, ríe. Algunos fuman. Suena la voz floral de Billie Holiday, que fue prostituta y yonqui, en el hi-fi del antro. No es domingo. Escucho a D. contarme que alguien le había confesado en Brasil, en una conversación íntima, que se había acostado con veintidós mujeres desde que estaba casado [«¡Es que soy un hombre!», había puntualizado su interlocutor, con un deje de asombro por tener que dar una explicación tan obvia; además, era brasileño]; lo más extraordinario era que aquel macho inexorable recordara el número exacto de beneficiadas. Veo a los camareros trasegar pintas y destornilladores, coca-colas y güisquis, con impostada naturalidad [necesaria para justificar la propina], y yo mismo trasiego un léxico agujereado, subjuntivos vacilantes, recuerdos como el papiro —amarillean, pero aún crujen en los labios—, confesiones que no me hagan merecedor de su desprecio, como la del brasileño. Observo lo refrescantemente barroco del lugar frente al infierno suburbial en el que nos encontramos: aparcamientos como páramos; restaurantes atrozmente iguales; supermercados de fealdad gloriosa; gasolineras decoradas por un paranoico con estudios de mercadotecnia en alguna universidad de Idaho: unas afueras que podrían ser todas las afueras, o que podrían ser el centro.

Cerca de allí anduvimos una noche. Cubrimos la milla y media que nos separaba de la plaza mayor de Decatur, y tomamos otra cerveza en un local con música en directo. [En el centro de la plaza, como en tantos otros pueblos del país, se encuentran los juzgados. La justicia —aunque sea allí cruel— preside la vida de la comunidad; en muchas localidades inglesas es el ayuntamiento; en España, la iglesia]. Hacía calor: ese calor pétreo que arrastra pedazos de humus y de sol, y que enloquece a los insectos. [Junto a los tribunales, la inevitable estatua del soldado de la Confederación, con una manta en bandolera y la bayoneta calada]. Un vagabundo estaba sentado a una mesa, con la mirada perdida. Era un vagabundo esdrújulo, de nariz acalabazada y barba cósmica; la ropa —una chaqueta de camuflaje, un pantalón de chándal, una gorra de John Deere [la marca preferida de maquinaria agrícola, en los veranos de mi infancia, entre los niños de Azanuy; incapaz de distinguir un tractor de un volquete, me asombraba de cuánto les gustaba a aquellos muchachos contemplar una cosechadora]— se le arremolinaba en el cuerpo como a un tuareg. Cargaba una bolsa grande como el mundo, rechinante de colores y de mierda, y se atrincheraba en un silencio tan largo como los tragos que dispensaba a la botella de la que era apéndice. Desprendía un hedor amable, mezcla de roña y vainilla, y le orbitaban mosquitos, que ni siquiera se preocupaba de espantar, fiado quizá a la coraza de su mugre. Esgrimía minúsculas dignidades, como la forma, císnica, de sostener el vaso de plástico, o el cuello, esbelto como el trazo de un calígrafo japonés. De pronto, recuperó la mirada extraviada [la trajo de alguna próxima lejanía, donde acaso se demorara en cuerpos incorpóreos, en realidades horras de realidad] y nos la dio como una aguja que no hería.

La música provenía de una garganta sudorosa. Calzaba esas chanclas de dedo que antes sólo se usaban en la playa, pero con las que ahora se va a la ópera. El muchacho se quejaba de las actuaciones sin recompensa y de las millas interminables. Era de Texas. Cuando cantaba, se le torcía el rostro y adquiría una expresión vagamente subnormal. Pero cantaba bien, aunque con mayor desgarro del necesario: hay cosas que inspiran más tristeza si no se dicen con tristeza. Preguntó, en una transición, si alguien vivía cerca; en ese caso, le agradecería que le permitiese ducharse en su casa, porque estaba empapado —sudaba, y había empezado a llover— y se sentía sucio. Yo bebía cerveza amarga. El vagabundo dejó la terraza con la bolsa pánica al hombro, y se adentró en el bar. El tejano, ingenioso y naïf —quizá judío—, señaló que, aunque apenas ganara nada, le bastaba con que le dejasen cantar sus canciones: una afirmación que sólo suscribiría un adolescente o un sabio. Tenía buena voz, pero había de moderar aquellas muecas. Caían gotas gruesas como ojos.

Poemas de © Eduardo Moga, seleccionados con autorización del autor para la revista mis Repoelas:





Dime, alma... ~ : ~ El aire... ~ : ~ El clima subtropical...

Se abre un hueco...

 


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