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ESQUEMA PARA UNA DECORACIÓN DEL AGUA
    Fragmento III

    El agua no nació para el quietismo,
    rotando en el azogue su elipse mínima
    como un relámpago de aguas juntas.
    Efímero es su símbolo aciago:
    agua que busca la joya del agua
    entre mil soles despedazados.
    Tan solo después, llena los desiertos
    con sus rotundas consunciones,
    turba el viento oscuro que mueve
    las sombras de la hierba y vuelve,
    desbandada, al seno de la luna
    donde, para cumplir un último destino,
    deposita su arcón de secretas agonías.
    Ningún río persiste y, sin embargo,
    todos son (incluso aquellos ríos ciegos
    y desordenados que no encuentran el mar
    donde consumir su nostalgia, que vuelan
    en nube cuanto se niegan en cauce;
    aquellos ríos inválidos que callan
    una canción de campos sin trigos,
    de tierra rasgada para ser agradecida).

    Aun así, todos los ríos son el mismo río
    que se afana en seguir la línea horizontal
    que dibuja una mano incógnita, insosegable,
    a que está condenado por su origen
    de nieve perpetua, de igual modo que todos
    los trigales son un mismo trigal enardecido
    que anhela ser una miga de pan amasada
    por unas manos sedientas de harina y agua.

    Pero hay un río en el río que es el río de todo.
    Con la arcilla que memórase en sus márgenes
    talla para mi sed de todos los caminos
    –ya que muero de agua–
    la lividez anónima de un esbelto cántaro
    que pueda colmar el fuego de la vida.

    Agua sin latido, sin onda, sin orilla.
    Agua y, sin más, fuego, que torna
    a su quietud, saliendo de su agua
    como del molde justo del agua primera.

    Fuego libre de pájaros que se revuelca
    entre el horizonte incapaz de regir
    su impaciente manubrio, y la luna
    que ahorma el sonante golpeo
    del puñal de plata de un viento convocado.
    ¿Cómo, entonces, del agua negar la corriente
    o pasar sin quedar en clara luz serena,
    cuando el agua guarda la desazón de los pueblos
    y devora el surco manumiso que la nutre?

    Si sólo queda la forma de su incendio frío,
    mejor dejarla así, sin que la turbe nada.
    Después de todo, antes del agua que llamamos
    sin voces laceradas que la digan,
    existió el rumor que nos nombra
    en curvas de gozos temporales.
      Fragmento IV                 

      El agua cubre de ciegos centinelas
      los inciertos caminos hace mucho tiempo
      deshabitados, y enseña cómo se van los hombres
      como quien teme a la noche de ojos de fuego
      con cierto aire de rehén de la ceniza.
      Por eso el río, que está en la fuente,
      sin embargo, continúa, pese a las lóbregas breñas,
      con la misma exacta mansedumbre
      con que el hombre, que no es más que agua
      y aflicción de agua, desciende,
      con su vocación de ciervo acosado,
      a confundirse con el objeto de su áspero oleaje,
      en esa transparencia amanecida
      donde se acomodan los frutos del relámpago
      como en muro de piedra se acomoda al águila
      estructurando su imagen para el vuelo.
      ¿No es justamente pasar del hueco helado
      por donde se fuga lo perpetuo?
      Si esto es así, ¡no puede ser de otra manera!,
      ¿por qué los peces no cercenan el agua
      como la carcoma en los muebles?




      Fragmento VII                 

      Para lo que no se recobra,
      lo mismo es un río que un mar,
      de donde es un mal de hombre:
      siempre desgranar las falsas pedrerías
      de las brújulas que, inútilmente,
      enjaezan el tósigo azul del ocaso;
      siempre recomenzar, tras la médula gris
      del desasosiego, la inequívoca biografía del mar.
      No obstante, todo hubiera sido en vano
      de no haber sido por las exigüas palabras,
      cada día más indóciles,
      con que el hombre tala el bosque del silencio
      y nos recuerda que todo transcurre
      (que es de lo poco que tiene a favor)
      como al agua se lo recuerdan
      los remos de las barcas que lo cruzan.

      Condenado a escuchar únicamente
      la canción de ciego que el mar entona,
      al hombre no le queda más que aclarar
      sus sonidos en el sol del crepúsculo
      y guardarlos para el futuro amanecer,
      porque el mar, por así decirlo,
      siempre ciega al corazón que canta,
      enseñándole a saber el silencio,
      vaiviniendo su paso, no su historia.
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