Estás en > Mis repoelas > Colaboraciones

 
MANHATTAN BLUES
Del libro "El fuego hacia la luz"
      Dame la mano.
      Ven conmigo para que te explique la fina trama de la ironía.
      ¿No es verdad que, a punto de la noche,
      cuando el cielo se convierte en un océano de luces
      bajo la ciudad de Nueva York,
      tú enciendes un cigarro y respiras,
      y dejas que las cosas bailen al compás de algún viejo blues?
      ¿Es cierto que, todavía, en Central Park
      se desintegran los cometas,
      y, más tarde, caminando por la Quinta Avenida,
      los árboles son de otoño?
      Tú nunca me contaste el secreto invisible
      para hacer de esta distancia lo que hicimos;
      para que, una vez, desde la ventana de uno de esos rascacielos
      le dieras la vuelta a mi vida.
      Es gracioso que recuerdes los paseos por Greenwich Village
      entrelazados con la sutil fábula de niñez.
      Y el puente de Brooklyn,
      como un gigantesco caballo épico,
      dorado y llameante,
      cabalgando sobre las aguas de fuego, al atardecer.
      La noche es una descomunal alfombra de versos
      que has desnudado y tendido a nuestros pies
      infinitas veces,
      con un solo gesto de tus dedos.
      Un solo brillo infinito con el que admirabas
      los objetos de las tiendas antiguas,
      y esa febril emoción
      de las hermosas tardes de primavera frente al lago,
      suspendidas en el tiempo.
      Pero aquella pastelería,
      en la que fuimos unos deliciosos chalados
      en busca del aroma blando y caliente, al amanecer,
      se ha confundido, absurdamente,
      con el hormigón,
      silenciada, como una estructura sin ojos.
      Y nosotros…
      ¿nos hemos perdido?
      Cuéntame esa pequeña inconsistencia
      que te convierte en lo que me ayuda a respirar.
      Me pareces de brisa cuando te imagino
      con una copa elegante en la mano,
      música jazz en tu apartamento de Frank Lloyd Wright,
      el cuerpo esbelto, la gabardina,
      y una mirada de miel, infinita, a través del cristal,
      derramando melancolía
      sobre las calles y los ritmos de Nueva York.
      Memorias agridulces de los días felices,
      del frenético esplendor en las avenidas,
      y la sucesión de lunas y esfinges
      que habitan las noches de la gran ciudad.
      ¿Crecerán, esta vez, las flores de primavera en Little Italy?
      ¿Regresarás a ese laberinto de imágenes
      que es Broadway con la 42?
      Escríbeme un verso y yo te regalo
      la mejor de mis sinfonías.
      Tal vez así lleguemos al acuerdo perfecto;
      ése que no divide nuestros tiempos y nuestras vidas.
      Y quizá yo esté ahí;
      quizá yo llegue a mirarte desde la risa cálida,
      bajo las ramas floridas o desnudas de los árboles,
      en una de las cuatro esquinas.
      Quizá esté enfrente, esperando,
      con un ramo de flores, y el cuello de mi abrigo largo
      desplegado, al modo de un dandi,
      mientras los coches pasan,
      y las mujeres bajan las escaleras con sus tacones.
      Y entonces, tal vez, te recordaré con esa sonrisa tímida,
      pero súbitamente turbadora,
      el viento de Manhattan revolviéndote el cabello,
      y, al fondo, el Hudson, y la antigua melodía del puerto.
      Tus manos sobre el abrigo, mientras corres,
      sólo una imagen fugaz,
      juego de luces, los cables del puente,
      algún turista en pinceladas,
      yo diría estupideces;
      y tus ojos sonreirían, con esa particular forma de contención
      que abarca el mundo.
      Ignoro si aquel aroma de hibisco sigue perfumando
      el trozo de parque que nos prometimos,
      mientras sonaba la vieja canción de jazz.
      Pero déjame decirte que, una vez, tuvimos…
      Quizá, una vez tuvimos
      ese irónico, leve destello
      que anuncia la eternidad.
 
Poemas de Izara Batres
Poema anterior ~ : ~ Siguiente poema
 


Página publicada por: