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CORAZONES DE BUDA Y MAZAPÁN

Ni la química ni la lejía desvanecieron,
inscripciones que el tiempo no borró
de las lápidas blancas que son mesas,
a estos Budas confiados, signos en la era de acuario.
Sentadas, silenciosas tres muchachas, vírgenes que seduje,
novio optimista en brega anacrónica,
Ana, Cheché e Isabel, ajenas al tiempo, añejas de tiempo.

Inhalan sangre, sueño y quimera,
y en sus lazos del pelo quedan restos
de la resina liada y las burbujas del cava.

Sueña Cheché, de negro y va lejos,
una calada y salta al cementerio,
las sucias losas contra sus recuerdos
la reciben
una flor negra y un negro gato y luna,
alza los brazos, flujo que la acuna.

¡Tantas marchitas flores a la verja sacramental!

Intenta o calla, muere si surca
la lápida más fría, al fin sellada,
sin cincelar los nombres que ella llora.

A él lo llama y lo colma de gala
y lágrima tardía, como orballo.
Cierra los ojos lentamente,
posa la espalda, qué frío mármol,
tumba que oculta su herida en el alma.

Se desprendió de un lácteo cielo, luna
cae, la penetró y en cueros levitó
ante esa cruz, corona la sepultura,
y vio al desconocido padre hablar,
desencajado papi, al amanecer.

Risueña sueña, rana Ana de excesos,
una larga calada y un extenso trago.
Para príncipes castos en un hada
transformada, príncipes sin mirada
que con dragones luchan, les dan la muerte,
brota la sangre, anuncia su llegada.

Pero nunca la alcanzan cuando sueñan
que posarán el beso más devoto,
¡qué virginal su beso, qué sumisos!

Hechizos y princesas, duermen, velan
para que nunca alcancen ni se acerquen
los encantados príncipes a su croar
que anuncia su imposible amor, su celo.

Va, salta de un nenúfar a otro, y canta,
sé fealdad al príncipe que lidia
obediente, rendido, tus dragones.

De la aflicción al último nenúfar
brinca y en la rueca mírate grisácea –
cómo atardece, lentamente, al fin.

Isabel dos caladas y un sorbito
de cava a sus labios de mosquito.

Si se mira en la calma de un mar lunar,
pliega su imagen, fragmentos de voces,
en su alma benigna que arrulla

al maldito doctor que la enamora,
con su cielo de risas y olvido.
La mano en su emergente pecho explora y
rasga el vestido, sorbe el ombligo, ido.

Levita de la mesa al techo firme,
como Venus renace, sacudida
asciende a la estrella más inquieta.
rebelde asciende inquieta a la estrella,
en el vértigo, en síncope, convulsa.

Todo espejo refleja hambre de luna,
un sorbito en cava y dos caladas
y anochece, se calla, sosegada.

El recuerdo, la imagen, la mirada
persiste empalagosa, almibarada,
y brilla como Budas peripuestos.
Toda visión se exhala relamida,
al inhalar resina y más cava.

Poemas de José Manuel Prado
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