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      MISTY EYES
Esa noche de adiós
parecía que estaba dictada a propósito
de cualquier gran película
de los géneros negros:
su dramática espera;
sus andenes mojados;
sus respuestas de enigma;
sus nostalgias y sus añoranzas.

La llovizna se fue, poco a poco,
convirtiendo en finísima bruma,
un etéreo velo…
como medias de seda exquisitas
que vendaban los ojos
con su grácil celaje
cada vez más ceñido.

Y a través de la niebla
nos mirábamos
con aquel sentimiento de ser
un difuso recuerdo cualquiera en la mente del otro:
esa foto de bordes que van consumiéndose
en un fuego cruelmente impasible,
con sus lentas cenizas en sepia.

Toda vida exterior a este mundo tan nuestro
interrumpe relojes,
enlentece los trenes,
eterniza el adiós,
atenúa a los otros viajeros que esperan
como espectros difusos…
Y ahí quedamos los dos, exiliados del tiempo.

No hay recuerdo feliz (ya lo sabes).
Y de aquella partida,
salvaría, si acaso, tus ojos
cuando fue condensando la niebla oportuna
esas dos tibias perlas que fueron cayendo
por tus pómulos, hasta romperse de frío
en el firme glacial de la acera.

Era invierno de nuevo.
una de esas postales cualquiera de andén
y viajeros con bruma
que se puede comprar todavía
en la tienda de obsequios cualquiera
de cualquier estación
a los cinco minutos
de bajarse en cualquier terminal.

Pero siguen las vidas después de las fotografías:
y yo nunca sabré si llorabas por mí
esperando tu tren esa noche.
Sólo sé que esta vez
ya no quise ir contigo.

Poemas de David de la Sierra-Llamazares
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