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Relatos escogidos de Rosa Cáceres
 

UN CYRANO CUALQUIERA

cyrano

Ilustración tomada del blog "asenhoradastristes"
Soy un Cyrano cualquiera, de los muchos que hay en el mundo. Uno se convierte en alguien como él no porque le crezca la nariz como al de Bergerac, sino porque se ofrece a escribir cartas de amor a la Roxana de turno. Y es que también el papel de Roxana está repetido en este mundo.
El Cyrano que yo soy, que es como el otro un sentimental empedernido, escribe cartas en las que vierte el tesoro de sus sentimientos de amor para que una mujer las lea, como leía Roxana las que recibía, pensando que las había escrito Cristián de Neuvillette, un cadete atractivo físicamente, pero sin un gramo de sal en la mollera.

Yo, un enamorado platónico, escribo en nombre de mi amigo Mario y creo que en realidad él es incapaz de amar sino a su propia imagen de maniquí perfecto de escaparate. Pero yo quiero a Mario, tanto como un ser tan humillado como yo a causa de su aspecto físico puede querer al único amigo que ha tenido en toda su vida. Sin embargo, sería engañarme a mí mismo fingir creer que hago lo que hago en virtud de ese cariño que le he tenido siempre y que aún le tengo. No es ese el motivo, no. La realidad es que él me ha ofrecido sin saberlo la única oportunidad de enamorar a la mujer que amo, si no con mi persona entera, sí con mi alma. Escribirle esos mensajes, algún poema, aunque vayan firmados por Mario, me da ocasión de mostrar mi verdadero ser, desde la sombra. Eso ha sido lo que yo he hecho. Por eso digo que soy un enamorado enmascarado, oculto, cuyo amor se expresa en mensajes escritos con el alma desnuda, sin engaño. Aunque sí hay un engaño, lo hay. No hacia la mujer que recibe el mensaje, sino hacia el hombre que los firma, que es, sin sospecharlo, un mediador entre un alma enamorada que contacta con el alma de la amada. Es complicado, incluso maquiavélico, pero es mi auténtica intención al redactar esas frases construidas para seducir el alma femenina. No me mueve la amistad en este caso. Mario está convencido de que sí, pero se engaña. No soy tan altruista, menos todavía soy un mediador o, dicho llanamente, un alcahuete.

Actualmente, no es usual escribir cartas en papel, pero el mundo es el mismo desde que existe, y en barro, en piedra, en pergamino o en papel, el enamorado siempre ha demostrado su amor a la amada, intentando conquistarla con frases halagadoras. Hoy el SMS o el e-mail es el canal por el que viaja el mensaje amoroso, pero en esencia nada ha cambiado, es lo mismo de siempre. Lo importante son las palabras puestas al servicio del amor. Yo siempre he tenido palabras que decir, pero me ha faltado alguien a quién decírselas, porque en una sociedad en que es prioritaria la apariencia, no tengo posibilidad alguna de ser aceptado. Tristemente, tengo esa certeza. He cosechado a lo largo de mi vida demasiadas burlas, demasiadas humillaciones, debido a mi aspecto físico.

Soy la antítesis de uno de esos tipos perfectos, como los de los anuncios de colonia, que hacen suspirar a las chicas. No soy alto, ni delgado, ni atlético, ni tengo los labios carnosos y la mirada decidida, y en la lotería genética no me correspondieron sino números con los que no es posible ganar ningún premio. Únicamente me concedió una baza: la de las palabras. Esa es mi habilidad.

Pero hoy no hace uno nada en el mundo si no cuenta con una imagen de triunfador. Seamos sinceros. La gente se queda en la cáscara de la persona, no le interesa descubrir si la almendra, que está dentro, es dulce o amarga.
Mario, mi mejor amigo, más exactamente, mi único amigo, es lo contrario a mí. Somos amigos porque nuestra amistad se forjó en la más tierna infancia, cuando aún no ha cuajado el carácter y los intereses personales no están definidos tampoco. A esa edad temprana no cuentan los diferentes coeficientes intelectuales, ni se fija uno en ciertas cosas, tales como la estatura, la complexión. Como digo, nuestra amistad viene de la niñez, cuando aún no nos habíamos desarrollado y no se podía saber que yo no crecería casi, que sería lo que soy, un enano. Mi enanismo ha sido el motivo de que ni en el Instituto ni ahora, en la Universidad, tenga amigos y menos aún amigas. Los muchachos huían de mí como de la peste, porque si me aceptaban en su grupo les estropearía el plan con las chicas; yo lo comprendía, claro. En cuanto a las chicas, naturalmente sabía que ninguna iba a querer un acompañante como yo.
Mario era el único que no me esquivaba. Él sí venía algunas veces conmigo, al cine, a tomar un café y cosas así, sin embargo, cada vez espaciaba más las ocasiones en que salíamos juntos, y prefería para ir a divertirse juntarse con otros amigos, y sobre todo, con otras amigas. Y es que Mario gusta a las chicas, tiene tirón con ellas. Y la cosa que no es de extrañar, porque ha llegado incluso a trabajar alguna vez como modelo masculino joven en campañas publicitarias de pantalones vaqueros y camisas de marca. Además de sus perfectas facciones, tiene un cuerpo atlético y perfectamente proporcionado, que cuida en el gimnasio con tesón y constancia.

Últimamente está viniendo a buscarme con mucha frecuencia a la Universidad y me cuenta sus cosas. No me llamo a engaño; sé que no viene por mí exactamente. Se ha colado por una chica de mi Facultad, la de Filosofía y Letras. Ella y yo somos del mismo grupo de tercero de Hispánicas, y compartimos aula diariamente. La muchacha se llama Elisa, como la de Beethoven, y es una preciosidad. Yo estoy enamorado en secreto de ella desde el curso pasado, y no consigo quitarle la vista de encima en cuanto aparece en mi ángulo de visión. Para mí es un ángel, un ideal hecho mujer de carne y hueso. Una carne que jamás rozaré, ni siquiera. Tengo esa dolorosa certeza.
estudiante de matemáticas
Mario estudia Matemáticas, aunque no le va nada bien, la verdad es que no ha conseguido aprobar ni una sola asignatura de la Carrera todavía. Es algo que no le preocupa demasiado.
Jamás fue buen estudiante, pero sabe que tiene la vida resuelta con los negocios de su padre. Sin embargo, en otro orden de cosas anda cabizbajo, inseguro.
Hace unas semanas me ha confiado su angustia. Se ha enamorado sinceramente, pero se siente acomplejado, muy inferior a ella en el terreno de las palabras. Elisa es, sin duda, la alumna más aventajada en Literatura.

-Se reirá de mí en cuanto le hable. Soy incapaz de decir una frase larga, con metáforas y comparaciones y cosas de esas que se os dan tan bien a los de Letras. Si tú quisieras ayudarme…

Y así empecé a transformarme en un Cyrano, un Cyrano cualquiera; otro más de los que -estoy seguro- ha habido en el mundo; hombres sin atractivo físico alguno, pero capaces de amar y de decir las más bellas palabras de amor a la mujer por la que se mueren en secreto.

He hecho firme propósito de no permitir que mi amor por ella se deje adivinar. Me mataría la vergüenza si mi amigo se enterara y se lo tomara a risa. Y si fuera ella la que se riera de mí, me mataría yo mismo. Mario no sabrá nunca que yo me siento tan hombre como se pueda sentir cualquier otro, él incluido. Ignora que daría mi vida por esta mujer. En cuanto a ella, estoy completamente seguro de que no sospecha en absoluto mis sentimientos. Cómo podría adivinarlos, si ni repara en mí.
Durante semanas enteras yo había observado que Elisa seguía con los ojos a mi amigo cuando venía a la Facultad a buscarme. Él me utilizaba como excusa para verla a ella. Ella ni se daba cuenta de que yo estaba allí, junto a Mario. Pero a mí nada de sus respectivas actitudes se me escapaba. Analizaba cómo él la miraba a ella, embobado, y cómo ella se alteraba ligeramente, ruborizándose y mirándolo con disimulo por entre sus párpados deliciosamente entornados y sus pestañas sedosas. La mirada de ella era la de una enamorada. Sé reconocer ese brillo, ese parpadeo, esa expresión, esa leve coquetería al apartarse el pelo de la cara y acariciarlo. Yo jamás hubiera soñado con hablarle de amor a una mujer así. Pero desde hace ya más de un mes lo estoy haciendo. Todos los días le escribo mensajes apasionados, poemas desesperados, declaraciones fogosas… Es mi única oportunidad. Mario está contento.
-Lo importante es que se enamore de mí, luego ya no necesitaré mandarle más mensajes, será otra fase de la relación- me ha dicho.

Así piensa. Yo no sé si tiene razón. Sólo sé que diariamente expreso mi amor desbordado a Elisa. Y aunque ella no sabrá nunca que yo soy el que la ha enamorado con sus palabras, yo sí lo sabré. Y ese será mi triunfo, el único al que puedo aspirar. De momento estoy gozando del privilegio de conquistarla con mi corazón convertido en palabras, porque estoy actuando como Cyrano de Bergerac. Soy un enamorado en la sombra, de los tantos que en el mundo han existido, soy un Cyrano cualquiera.
Relatos de © Rosa Cáceres, seleccionados por la autora para la revista mis Repoelas:

Amada profunda ~ : ~ Asusta viejas ~ : ~ Un cyrano cualquiera

Memorias de lo imaginado


(Todas las obras se encuentran protegidas por los Derechos de Autor)
 

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