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"LA FOTOGRAFÍA"

Es la cuarta vez que en esta fría y oscura tarde de diciembre abres la ventana y te asomas a la calle. Pero en esta ocasión, y a diferencia del resto, no te estás fijando en la gente pasar; ni piensas en la dicha que podría albergar cada una de las personas que ves, y que sientes que tú ya no tienes; ni te quedas observando a aquel mimo que cada tarde se disfraza de soldadito de plomo, se encarama a un púlpito y permanece en silencio e inanimado durante horas. No, en esta ocasión miras hacia arriba, hacia el firmamento, porque te ha llamado la atención su negrura infinita, gemela a la que hay en el corazón de esa mujer que, en el salón, habla, con desmesurado afecto y elevado tono de voz, con quién sabe quién por su teléfono móvil. Las aventuras de migueliton cabeza carbonilla, portada
El cielo plomizo que observas barrunta agua, como tus azules y hermosos ojos que heredaste de mí y que ahora se muestran tristes y empañados. Miras al firmamento y te doy la fuerza necesaria para mantener firme tu decisión de marcharte esta misma tarde del que ha sido tu hogar durante diez años.
"Ojos que no ven, corazón que no siente", te diría yo… si pudiera.
El tósigo tragado y respirado durante los últimos meses es demasiado para ti, para un hombre que ha amado hasta el límite, sin condición alguna, que ha creído que ese amor era recíproco, que ha confiado por encima de todo y de todos en esa mujer que ahora se muestra irreverente y egoísta.
Cierras la ventana con cuidado, con temor incluso a ser escuchado. Ningún ruido dentro. Las palabras de amor no dirigidas a ti se han acabado por ahora, pero sabes que tarde o temprano empezarán de nuevo y no quieres oírlas más, te dañan, son veneno para tus oídos y para tu alma, y sientes que mueres un poco con cada una de ellas.
Sales, decidido y armado de valor, de la habitación improvisada desde hace más de un mes como dormitorio, donde te encierras para no ver ni escuchar, pero sigues viendo y escuchando porque ella es poderosa, fuerte,…, indómita, y te hace sufrir con cada gesto y con cada palabra que sale de su boca.
Te diriges al salón. Silencio, calma. No está. Se ha ido a quién sabe dónde y con quién sabe quién, como hace casi todas las tardes. Ni siquiera te ha dado la oportunidad de explicarle todo lo que sientes con la intención, aunque vana, de conmoverla. Y te quedas con las ganas de ver su rostro al decirle “¡Me voy, no aguanto más humillaciones!”
Su taza de té sobre el cristal de la mesa redonda. La coges, aún se mantiene caliente. “¡¿Por qué?!”, exclamas desesperado mientras la vuelves a dejar en la mesa. Miras la ventana del salón, la que da al portal de la entrada. Te dan ganas de abrirla, asomarte y… ¿verla con él? Dudas unos segundos, tiempo frugal en el que por un momento la ves en tu mente con quién sabe quién y quién sabe cómo. Piensas en mí y tus ojos buscan la fotografía que hay al lado del televisor. Esa en la que te estoy abrazando. Me miras y te doy fuerza para que desistas de tu hiriente intención.

"No pienses siquiera en ello, hijo, te dolerá solo a ti, déjalo pasar", te diría yo… si pudiera.
Te diriges a la habitación de matrimonio. Sobre la cama, varias prendas de ella desperdigadas. Tragas saliva y deshaces en parte el nudo que en tu garganta se ha ido formando y enraizando a base de desprecios e iniquidades. Te subes a la butaca para llegar a la parte superior del armario donde se amontonan las tres maletas que, en su día, compraste para sorprenderla con ese viaje que tanto deseaba hacer, que al final se hizo y que nunca llegó a agradecerte. De las tres maletas, coges la mediana, tiras de ella hacia ti, con fuerza, persistiendo en tu idea. Cae sobre la cama y la ropa desperdigada rebota. Miras el armario. No quieres abrirlo porque sabes que te dolerá, te arrancará el alma a trozos, pero no piensas en otra cosa que en marcharte y para ello tienes que hacerlo, tienes que abrir esas puertas correderas donde se acumula ordenadamente tu ropa y su ropa y…su olor.
"No permitas que el nudo se vuelva a formar, no huelas, no sientas, realiza tu objetivo, no sirvas de bufón, de objetivo de su malquerencia", te diría yo… si pudiera.

Llenas la maleta de trapos, sin orden ni distinción. La bajas de la cama con cuidado. Las ruedas se posan sobre el suelo laminado que tú mismo pusiste y que ahora abandonas para vivir una vida nueva, sin ella. Unos metros tan solo y serás libre de su amor malsano, de sus desprecios, de su crueldad,…, de sus traiciones.
Piensas en mí otra vez y recuerdas palabras y frases sin sentido entonces y que ahora lo cobran, momentos y situaciones límite en los que estabas siempre de su lado, sin escuchar a nadie,…, sin escuchar la verdad. Palabras, frases y situaciones que hacen que ahora empieces a abrir los ojos de una vez.
Estás frente a la puerta, te detienes a punto de tocar el pomo. Dudas de nuevo. Tus ojos recorren el salón. Te detienes en mi fotografía y sientes que es tuya, es lo único que no le pertenece. Te acercas a mí, me coges con fuerza, sin temor a represalias y sientes una fuerza infinita. Entonces, no lo piensas ni un momento más, sientes incluso que lo tenías que haber hecho hace tiempo. Me miras otra vez, me acercas a tu pecho y me llamas entre sollozos mirando hacia el cielo: “¡Mamá, donde quiera que estés, dame fuerzas!”.

"Aquí estoy, hijo, siempre estaré contigo. Soy tu aliento, el que hará que te mantengas fuerte en tu decisión", te diría yo… si pudiera.

Abres la puerta y sales de la casa dejando atrás diez años de mentiras y añagazas

Relato de Purificación Estarli: LA FOTOGRAFÍA
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Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras