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Relatos de humor Manuel Guisande
 

"El musicólogo"

Siempre tenía el mismo problema como responsable de aquél auditorio. Cuando se hacía el silencio para que tocara el violinista o el pianista de turno, el público comenzaba a carraspear, a hacer los más variados sonidos guturales y entonces el artista tenía que dejar pasar un tiempo prudencial para iniciar su actuación.
No era mucho, apenas unos pocos segundos, pero lo peor era cuando a mitad de concierto nuevamente los espectadores empezaban su particular sinfonía con sus flemas encarceladas. Por lo general los músicos hacían oídos sordos y seguían interpretando la pieza que habían decidido tocar y que figuraba en los programas, pero más de una vez alguno cambió las interpretaciones por otras más cortas para llegar cuanto antes al final de la actuación e incluso hubo quien llegó a parar el recital para que abandonaran la sala los incontinentes bucales.
Un día decidió que una solución sería pasar con una escupidera por el patio de butacas y, con la mejor de las maneras, invitar al distinguido público a que depositaran en ella sus esgarros. El primer día, el recipiente, dorado y con unas asas para que el espectador pudiera cogerlo con las manos y escupir tranquilamente, quedó incólume. El segundo ya hubo quien se animó y sobre el fondo de la pileta dejó una pequeña masa viscosa verdosa.
Poco a poco, lo que en principio fue considerado una porquería se hizo cosa habitual, normal, y era frecuente ver a hombres, mujeres, jóvenes y ancianos coger aquella especie de vasija entre las manos, inclinar la cabeza como si aseveraran, y soltar sus flemas para luego sacar delicadamente un pañuelo y pasarlo por los labios como quien ha probado un manjar.
Curiosamente, salvo casos excepcionales, con este método se acabaron los problemas en los conciertos, y los artistas, aunque un poco sorprendidos cuando por alguna contingencia alguien solicitaba en el patio de butacas la pileta, se mostraban satisfechos al comprobar que sus intervenciones no sufrían interrupciones.

La muerte de algunos habituales asistentes de edad avanzada sirvió de punto de partida para iniciar un singular estudio. Cuando una persona mayor dejaba su excremento bucal en la escupidera, la retiraba inmediatamente y luego analizaba visualmente la forma, el color y la densidad del desecho bronquial.

Con el tiempo, paciencia y, sobre todo, preguntando cuando se producía un fallecimiento cuál había sido la causa de la muerte, llegó a poder diagnosticar un gran número de enfermedades.
En ocasiones, cuando alguien escupía, al ver el esputo solía decir al espectador: «Perdone, después quisiera hablar con usted». Y luego, ya en un apartado, le explicaba la posible enfermedad que padecía, qué tratamiento debería seguir o qué‚ facultativo podía atenderlo.

Con esta peculiar forma detectó males a los que se les pudo poner remedio mediante una terapia adecuada al ser detectado a tiempo y el auditorio empezó a convertirse de una forma soterrada más en un centro de diagnóstico precoz que en un espacio dedicado al esparcimiento y la cultura.

Personas de todas las edades y estratos sociales hacían cola en la taquilla, sacaban las entradas, se sentaban en las butacas y esperaban ansiosos a que pasaran la pileta por las filas. Cuando escupían, inmediatamente le dirigían una mirada y si veían en él una sonrisa abandonaban sus asientos y salían a la calle con una sonrisa de oreja a oreja. En todas las sesiones el lleno en el auditorio estaba asegurado, aunque los artistas no comprendían que a los quince minutos la sala quedara casi vacía, y a él llegaban cartas y más cartas en las que se pedían más actuaciones. Ante el cúmulo de demandas y con las propinas que recibía por consulta decidió abandonar el viejo piso en el que vivía e instalarse en la zona centro de la ciudad con una oficinas donde atender a la clientela.

Se lo imaginaba y acertó plenamente. Fue el inicio de un próspero y lucrativo negocio que en la fachada tenía un cartel anunciador en el que se podía leer: «Gabriel Hernáez, musicólogo». Todos, o casi todos, sabían de qué iba.
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