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Relato escrito por Luciano Sívori
 

EL RELOJ DE PARED

La tetera comenzó a chillar indicando que el agua ya había hervido. Nilda Olsen, vestida sólo con una pollera larga verde y una camisola blanca, se acercó con paso rezagado hacia la pequeña cocina y apagó el fuego. Ató su canoso cabello con una liga y preparó dos tazas de café calientes. La sosegada noche sombreaba sus primeros brillos y una silenciosa balada perfilaba el ritmo de la luna. Se rascó la nuca y largó un bostezo. Acababa de levantarse y aún se encontraba en ese punto donde uno aún está tanto medio dormido como medio despierto. Sirvió unas galletas en un plato y llevó todo para el living principal. Un hombre de avanzada edad observaba la negrura de la noche desde el ventanal, con ambas manos detrás suyo y un pequeño vaivén en el cuerpo.
– ¿Hay tiempo para un café? – preguntó el individuo al escuchar pasos detrás suyo, pero sin voltear.

– Claro. Hay tiempo –respondió ella–. Ya está hecho.

Se sentaron uno frente al otro en la mesa de vidrio y Nilda apoyó la bandeja con cuidado mientras observaba de reojo un trozo de papel. Allí estaba la carta… nuevamente. Alberto había vuelto a leerla, dedujo Nilda. Ella tampoco podía dejar de pensar en esas palabras desde el momento que la carta había aparecido en su correo una semana atrás. Esa maldita hoja amarillenta y desgastada, escrita a mano pero con una caligrafía excelente, que había anunciado su llegada.

– ¿Una galletita, Alberto? – le ofreció la señora Olsen.

– Sí, gracias. Voy a tomar una –dijo él, acomodando la acción a la palabra–. ¿Podrás alcanzarme el azúcar también, querida?

Nilda lo hizo con una media sonrisa y ambos tomaron su bebida en un incómodo silencio, cada uno esperando que el otro comenzara la postergada conversación. Varias cosas de su marido irritaban a la señora Olsen. Por ejemplo, su voz ronca producto del cigarrillo que nunca pudo dejar. O el hecho de que, con sus 73 años de vida… ya había empezado a olvidarse muchas cosas como fechas importantes, citas y mandados. Pero con tantos años de matrimonio, lo que aún más le irritaba (y nunca dejaría de hacerlo) era que Alberto se preocupara tanto por ella. Lo veía en sus ojos, en toda la expresión de su cara. Él tenía miedo, estaba terriblemente asustado y nervioso. Nilda reconoció ese miedo justamente porque también se encontraba aterrorizada.

Una ráfaga de viento azotó la ventana y Nilda finalmente acompañó un movimiento corporal hacia adelante con una pregunta:

– ¿A qué hora dijo que venía?

Alberto la siguió observando con expresión de lejanía y dobló su cuello para observar un reloj de pared que colgaba detrás de la puerta de entrada a la casa. Marcaba la hora exacta con unas finas agujas de oro y acompañándose con un dócil meneo del péndulo. El reloj era alemán; había sido de su padre y antes de su abuelo. Estaba totalmente fabricado en madera, con algunos decorados en plata, y tenía más de cien años en la familia.

– Dentro de diez minutos, más o menos – respondió él.

– ¿Creés que va a venir a tiempo?

Alberto Olsen asintió y balanceó su cabeza de manera insegura sobre su cuello delgado.

– Siempre llega a tiempo – fue la vaga respuesta.

Nilda bajó la mirada con timidez mientras sostenía su taza de café a medio terminar.

– No sé si quiero que venga.

– Lo sé… lo sé…

– ¿Te acordás la primera vez que nos conocimos? Fue hace 65 años.

Alberto esbozó una débil sonrisa, la primera de la noche, y logró arrancarle una a Nilda también.

– ¡En la feria, claro! Habías ido con tus padres y yo con los míos. Nos subimos todos juntos a la montaña rusa y vos tenías tanto miedo que tomaste mi mano.

– ¡Tenía solo 8 años! – dijo Nilda jovialmente –. Claro que iba a tener miedo.

– Esa noche, mientras descendíamos prácticamente en caída libre y todo el mundo gritaba, yo no escuchaba. Había mucha música alrededor, pero en mi mundo reinaba un profundo silencio. Nunca me había sentido tan hechizado en mi vida. Estabas hermosa Nilda, con esos rizos dorados que jugueteaban con el viento y esos ojos cerrados por el susto. Podría haberte observado toda la noche.

Revolver el pasado provocó una incómoda melancolía en ambos que los acorraló. La señora Olsen esperó. Jugueteo unos segundos con su taza, volvió a alzarla y dijo:

– Pero no nos volvimos a ver por otros 5 largos años.

– Nunca te olvidé… – expresó Alberto rápidamente, como si necesitara justificarse.

– Cuando nos reencontramos – prosiguió Nilda, haciendo caso omiso al comentario de su esposo – yo ya ni te recordaba. Era el primer día de la escuela secundaria. Se me había abierto la mochila y todos mis útiles estaban desparramados por el suelo del pasillo. Muchos chicos pasaron riéndose, menos vos…

Ahora ambos se miraban con intensidad. Se miraban y sonreían. Sonreían dulcemente con los labios, la nariz, los ojos. Sonreían con toda la cara, como los niños de 8 años que alguna vez habían sido.

– Te ayudé a levantarlos y cuando te vi no lo podía creer. Era la misma niña de la feria… pero ahora estabas más alta y mucho más bella. Ya eras una mujercita… y solo con tu blanca sonrisa y ese tímido “¡Gracias!” me hechizaste una vez más.

– Nos volvimos amigos durante 6 meses – dijo ella – ¡éramos inseparables! Montábamos en bicicleta, subíamos a aquel árbol… ¡Oh, el árbol! ¿Te acordás, Alberto?

Alberto bebió un nuevo sorbo de café y expresó atropelladamente:

– ¡Pero como no me voy a acordar! Si fue en ese mismo árbol donde nos dimos nuestro primer beso. Recuerdo que era un atardecer divido de colores anaranjados, rojizos y amarillos... habíamos estado hablando por horas y yo finalmente tomé coraje. Todavía recuerdo el sabor, la calidez… aún 50 años después. Fue tierno; digno una película de amor.

– Nos quedamos abrazados un buen tiempo más, hasta que se hizo de noche – recordó Nilda con nostalgia –. Era nuestro refugio… nuestro hogar.

Nilda hizo un silencio de pronto y su rostro se oscureció por completo.
– Hasta qué…

– Sí… hasta que lo talaron – completó la frase Alberto –. Y lo peor de todo es que fue la empresa constructora de mi padre la responsable.

– Te odié por meses. No podía perdonarte, ni quería. Lloré todo un río.

– Y yo hice todo lo posible para que me perdonaras, pero ni siquiera te dignabas a hablarme. ¿Fue un poco exagerado, no? – bromeó Alberto y de pronto recordó lo que seguía –. Y luego nos volvimos a separar…
– No le alcanzó a tu padre con sacarnos el árbol. Te mudaste a otra ciudad y no nos volvimos a ver por… ¿cuánto? ¿5 años más?

– 7, Nilda… – la corrigió Alberto –. 7 eternos años. Mi papá había conseguido un trabajo en una empresa metalúrgica y era una oportunidad única; tuvimos que irnos todos con él. Nos reencontramos de casualidad en la Universidad, pero tenías un novio que seguro recordarás: capitán del equipo de fútbol, rey de toda la facultad.

– Un idiota… – comentó Nilda entre risas.

– Sí, me hizo la vida imposible durante mucho tiempo. Él estaba convencido de que yo era un peligro para tu relación – respondió Alberto con cierto orgullo.
– ¡Y lo eras! Pero cuando finalmente me di cuenta de lo mucho que te extrañaba conociste a Mariana. Y sin verlo venir, de un momento a otro… te casaste.

– Y me divorcié, luego de 5 o 6 años de matrimonio. Supongo que no éramos el uno para el otro. Para ese entonces ya tenía 29 años, una carrera y toda una vida por delante, pero estaba solo. Te busqué por mucho tiempo sin éxito.

Alberto y Nilda se acercaron finalmente una a otro y se tomaron de las manos. Él la observaba tan enamorado como la primera vez. Los ojos de ella se habían vuelto vidriosos, como si ya no pudiera contener la amargura.
– Y yo también te busqué… me había llegado la noticia de tu divorcio y me dolió, pero una parte de mí también se alegró pensando que finalmente íbamos a poder estar juntos. El problema era que…

– Ninguno de los dos sabía cómo encontrar al otro – completó la frase Alberto –. Y el tiempo pasó volando… ¿Cuántos años más fueron…? ¿3, 4? Ya perdí la cuenta.

Nilda suspiró profundamente e hizo el cálculo en su mente:

– Un poco más de hecho… fue en 1973. Teníamos 33 o 34 años cuando volvimos a vernos en una feria que se había montado en la ciudad. ¿Quién lo habría dicho? Cuando te reconocí mi corazón di un vuelco. Yo había llevado a mis sobrinos y vos a tu ahijado. Nos dirigimos todos a la misma montaña rusa y ahí estabas… igual que cuando teníamos 8 años.

– ¡Pero un poco más gordito! – dijo Alberto en broma –. No necesitamos decir nada… las palabras sobraban aquella noche; sólo nos miramos y sonreímos. Recuerdo que no sabía si esos chicos con los que estabas eran siquiera tus hijos, no me importó.

– Nos subimos a la montaña rusa y te mencioné (con picardía, si puedo agregar) que tenía miedo. Tomaste mi mano y nunca más la soltaste.
El reloj de pared
Los ancianos seguían tomados de las manos como dos vigorosos adolescentes, apasionadamente enamorados. Alberto apretó suavemente la delicada mano derecha de Nilda (la que tenía el anillo de compromiso) y pensó en el tiempo que había pasado con tanta furia, como una tormenta. Las manos de Nilda estaban arrugadas por la vida, pero ella seguía siendo maravillosamente encantadora, nunca había dejado de serlo.

De pronto, Nilda cambió la expresión de su cara y miró directamente al reloj de pared, aquella antigua reliquia colgada justo detrás de la puerta principal que daba siempre la hora exacta. Con tantos lindos recuerdos, lo había olvidado por completo: faltaban sólo 2 minutos para su llegada.

La desesperación de Nilda se hizo más que evidente:

– No quiero irme Alberto, no quiero que nadie venga a buscarme. Hemos vivido una vida llena de felicidad. ¿Tenemos tiempo? ¿Hay algo que podamos hacer?

Nilda se levantó de su asiento y comenzó a caminar en círculos con pasos irregulares. Alberto se mantenía imperturbable en su silla.

– Él es muy puntual, no creo que haya forma de evitarlo. Tampoco quiero que venga a buscarte, me gustaría estar así por siempre… seguir disfrutándote como en los últimos 30 años.

– Nuestros hijos van a estar devastados. ¡Oh, mis queridos niños! Y mis nietos… ¡Oh, Dios! ¿Por qué tan pronto? ¿Deberíamos haberles dicho? Merecen saber que no van a volver a verme…
– ¡Ojalá pudiera acompañarte!

Había una inquebrantable manifestación de tranquilidad en Alberto que inundaba su rostro.

– ¡Nunca! – respondió secamente Nilda –. Necesito que estés acá para contarles a todos lo dichosa que fui, lo mucho que amé. Nos hemos encontrado innumerable cantidad de veces… y lo vamos a volver a hacer. Creeme.

Nilda no había terminado la frase cuando el timbre sonó, provocando que su corazón casi explotara en su pecho. Nilda no pudo contener más el llanto y explotó en lágrimas.

– ¡No dejes que me lleve Alberto por favor, no lo hagas! Podemos tener algo más de tiempo… ¿un último café? Daría todo por una hora más con vos, mi casa, mi auto… todo mi dinero. Mi ropa, mis libros…

Alberto se levantó de su asiento y envolvió el cuerpo de su compañera con el suyo, en un cálido intento de consuelo. Sus cuerpos permanecieron así: inertes y exactamente en la misma posición. Tras unos minutos, y sin quererlo, él también comenzó a sentir el gusto salado de las lágrimas que rodaban por sus mejillas.

– Tranquila… todo va a ser muy rápido. Tranquila mi niña.

Alberto también había empezado a llorar en serio. Cerró sus ojos y visualizó la montaña rusa, el árbol donde se besaron. Las idas y vueltas, el reencuentro. Casamiento. Hijos. Nietos. Toda su vida pasó velozmente por su mente como un tren bala.

– Deberías ir a abrir – dijo él, finalmente. Se levantó de su asiento y caminó discretamente hacia el reloj de pared.

Nilda comenzó a dirigirse, con desgano, hacia la puerta mientras se limpiaba la cara con un pañuelo. Sólo pensaba el Alberto, el hombre al que se había entregado como a nadie más. Él había sido su mejor amigo, el que mejor la conocía. Habían intercambiado secretos y canciones. Ella se había entregado a él porque era suyo; y le gustaba pensar que siempre lo sería… aunque tuviera que marcharse.

Un nuevo timbre en la puerta arrancó a Nilda de sus pensamientos y la trajo de nuevo a la tierra. Desahuciada, se acercó al umbral e hizo girar el pomo.

– Sr. M, buenos noches. Lo estábamos esperando – expresó con una sonrisa forzada.

Se trataba de un muchacho de unos 30 años y buena apariencia. Vestía un traje blanco y lucía una afeitada al ras perfecta. Tenía los ojos más azules que alguna vez ella hubiera visto y se apoyaba en un bastón. Ciertamente, no era el estilo de persona que esperaba encontrar, pero era él: de eso no había duda.

– Siempre lamento estas visitas – expreso él con sincera humildad –, pero en su caso la lamento aún más. Sra. Olsen. Ha tenido una vida digna y magnífica, simplemente deliciosa. Me da mucha pena que tenga que acompañarme con tan poco tiempo de aviso.

Nilda lo observaba en silencio sin saber que decir. El hombre mantenía una postura formal, hacía ademanes con su mano izquierda y mantenía la derecha en su bolsillo.

– Una semana es muy poco tiempo, lo sé – admitió –. Ni siquiera un año sería aviso suficiente.

– Sr. M pase, pase… – se animó a musitar ella –. Dígame, ¿tenemos tiempo para una última taza de café?
– Me temó que no, Nilda. Tengo una agenda apretada – mencionó mientras entraba a la casa.

Fue entonces cuando sucedió.

El joven no lo vio venir hasta que fue demasiado tarde. Alberto desató su furia contra la nuca de su invitado. Había tomado sigilosamente el reloj de pared y se había ubicado detrás de la puerta, esperando el momento adecuado.

Ahora, el Sr. M yacía inconsciente en el suelo.

– Lamento no poder estar de acuerdo con usted. Siempre hay un poco más de tiempo – expresó él con ironía.

– ¡Alberto! ¿Qué hiciste? ¿Te volviste loco? – reprochó Nilda.

– Hice lo que tenía que hacer.

Nilda Olsen observó con cierta preocupación al hombre que se la iba a llevar y se tomó unos segundos para elaborar una respuesta adecuada. Finalmente, con una debilísima inflexión, dijo:

– Va a estar enojado cuando despierte… ¿pongo el agua a calentar?

Alberto sonrió con picardía y le dio un beso a su esposa en la mejilla.

– Sí, y trae más galletitas. Mientras tanto voy a volver a colocar el reloj de pared en su sitio.
 


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