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La magia de los cuentos

 

LA ÚLTIMA PLANTA

Hacía dos años que Verónica era voluntaria en la (AECC) Asociación Española Contra el Cáncer en el Hospital Virgen del Roció, desde que su madre padecía esta enfermedad. Estaba acostumbrada a ver casi de todo, pero no podía soportar ver a un adolescente, y para colmo su sobrino, con un tumor de testículo.

Aunque el pronóstico era bueno y la operación había resultado muy satisfactoria, le parecía demasiado injusto que a su edad le extirparan un testículo. Tener que pasar por las quimioterapias y después vivir con el desasosiego sí volvía a reproducirse.
desolación
Aquel día se le cayeron los palos del sombrajo. S encontraba demasiado abatida, porque estaba allí una personita que quería demasiado. Solo le apetecía ir a casa, acostarse y taparse la cabeza, sentía una punzada en el pecho seguramente causada por el estrés del día.

Como de costumbre pasaba tres días a la semana a visitar la planta de oncología, así que decidió cambiar de Hospital y se dirigió al Pabellón Vasco a la Unidad de Cuidados Paliativos.

Verónica, la llamaba la última planta, porque pensaba que desde allí las almas iban directamente al cielo, ya que ahí los enfermos pasaban primero por el más duro de los infiernos.
Cada día soportaban el sufrimiento más cruel; la visita de la muerte, unos agarrandose a un clavo ardiendo para vivir y otros dejándose llevar como las hojas secas de un árbol viejo arrasado por el viento.

No soportaba el olor que desprendía el hospital a barbitúricos mezclado con el olor de la enfermedad, pero a pesar de esa sensación encontraba mucha satisfacción con lo que hacía y no iba a permitir que la angustia la derrotara. Se sentía útil, realizada con lo que hacía, y así era feliz. Creía firmemente que cada cual venía a este mundo para cumplir una misión y a ella le había tocado trabajar como voluntaria, para suavizar la agonía de los enfermos y acompañarlos en la soledad que a muchos les había tocado de compañera inseparable: ¡No podía dejarse vencer!

Cogió su carpeta, y como siempre le dio un repaso a los historiales de los enfermos…

Carmelo, setenta años, diagnóstico: Tumor Secundario, Carcinoma de lengua en fase terminal. Tratado con radioterapia y posteriormente intervenido con cirugía agresiva y reconstrucción de lengua.

La evolución después de seis meses resultó negativa, la infección le causó graves heridas en la boca, en la parte izquierda de la cara y cuello.

Decidió ir conocerlo y a la vez comprobar si necesitaba ayuda. Llamó y entró decidida en la habitación, estaba en penumbras y vio… a un hombre solo, acostado boca arriba con las sondas puestas por la nariz para introducirle el alimento. El silencio la estremeció solo se escuchaba la respiración agitada del enfermo.

El ruido lo sobresaltó pero reaccionó con naturalidad como si la estuviera esperando.

Verónica, se acercó a la cama y cordialmente lo saludó.

-¿Qué tal sé encuentra hoy Carmelo?

Él la miró fijamente y sin poder pronunciar palabra le dijo moviendo los labios:

-Bien

-Como creo que no puede hablar si no se le apetece lo dejamos para otro momento.

Moviendo la cabeza afirmativamente y con los labios contestó que le apetecía conversar con ella. Quizás estaba demasiado acostumbrado al trato frío del personal sanitario y en ella intuyó la comprensión y la ternura de un ser humano.

-Vamos a hacer una cosa, -le tuteó- toma una libreta y bolígrafo. Creo que así nos entenderemos mucho mejor y tú no tendrás que hacer tanto esfuerzo ¿te parece? – Carmelo, esbozó una dulce sonrisa y Verónica, se sintió mucho más reconfortada.
la vida se va
– tenemos todo el tiempo del mundo ¿quieres contarme algo especial o te cuento algo yo de mi vida? Aunque corres el riesgo de aburrirte.

Su semblante invitaba a hablar con él sin esfuerzo alguno pues transmitía una dulzura y una paz no habitual en estos casos.

Comenzó preguntándole si se le apetecía contarle cómo fue su primer encuentro con el cáncer cuando le vio la cara por primera vez. Carmelo la miro pensativo, y comenzó a escribir...

Mientras lo observaba detenidamente; tenia dos ojos negros como dos océanos que trasmitían fuerza interior... el color de su rostro era sonrosado.

A los cincuenta y cinco años mi vida se derrumbó, fue cuando conocí el peor de los infiernos, me diagnosticaron cáncer de laringe.

  Me practicaron una traqueotomía para salvarme la vida. Dos semanas después una laringectomía total. A partir de ahí quedé mudo y tuve que soportar un calvario durante tres años sin poder hablar.

El mal humor se apoderó de mí. A veces cogía unas rabietas tan grandes que hubiese pagado por morirme; yo creía que los demás tenían que entenderme solo con mover los labios. Hasta que llegó el momento, cogí un espejo intenté mancharlo con el vaho pero no podía ¡claro si ya no respiraba! Olvidé que somos personas especiales... que el aire nos entra y sale por el agujero en la garganta. Que llevamos de adorno una cánula de plata para que no se cierre y un babero para disimular y nos proteja de la contaminación.

Pensé o muero o vivo, pero hablando; así que me pregunté qué podía hacer para poder comunicarme.

Sabes Verónica, cogí una bebida con gas y cuando me llenaba él estomago de aire, empezaba a hacer eructos y con el aire expulsado practicaba las vocales a, e, i, o, u. Y así, con mucha paciencia conseguí pronunciar el abecedario ¡¡cada vez hablaba más claro!! Fue entonces cuando me di cuenta que tenía que hacer todo lo que estuviera en mis manos por los demás, para que no pasaran por la tortura que había sufrido yo. Desde entonces, hasta hace unos meses he dedicado mi vida a las personas; he sido monitor de habla y muchos enfermos han conseguido hablar con voz esofágica

La enfermedad ha sido mi camino, ella me ha enseñado a mirar al prójimo con los ojos del amor y a trabajarme la humildad. Yo era un ser egocéntrico y autoritario; quería a los demás pero a mi manera, nunca supe ponerme en el lugar de nadie, todo tenía que ser como yo pensaba y quería.

¡Vamos que no veía mas allá de mi propia nariz!

Ahora vuelvo a estar mudo pero siento la misma satisfacción qué cuando era un niño, “haber hecho los deberes a tiempo”. La vida se ha empeñado en que no pueda hablar más, pero ya no puede quitarme lo bailado. Hasta Laringectomizado he llegado a cantar...

Se echo a reír, era sorprendente como un ser humano se tomaba con tanta filosofía el final de su vida. Carmelo, conocía demasiado bien aquella planta, la había visitado a diario, y tuvo la gran suerte de poder compartir con muchos enfermos sus experiencias; amigándose con ellos hasta el final.

Ahora solo le quedaba disfrutar de los pocos días que le quedaban, porque él no estaba dispuesto a tirar la toalla así porque sí.

- Sabe Verónica sé que mi vida se acaba, pero a pesar de todo lo malo que me ha tocado vivir he intentado aprovechar todos los momentos buenos. Aunque te parezca difícil de entender a la adversidad le he hecho siempre un corte de manga y he conseguido que la vida haya sido bella.

Verónica se despidió de Carmelo:

- Vendré a verte.

Él asintió con la cabeza, echándole una mirada de complicidad.

Salió con el corazón rebosante de ternura por la persona que había dejado al borde de la muerte. Le transmitió una fuerza increíble, admiraba la entereza y las ganas de agotar hasta la última gota de vida que le quedaba. Verónica se dirigió a la planta de oncología. Su sobrino ya estaba despierto y comenzó a bromear con él de cosas sin importancia, pero su rostro había cambiado, estaba más alegre y sosegada.

Pasaron unos días desde su última visita a paliativos; cuando llegó fue directamente a ver a su amigo. Carmelo. Estaba completamente sedado por no poder soportar el dolor. Ya no pudo contemplar esos ojos como océanos, se encontró un rostro desencajado y pálido con una parte de la cara toda inflamada y los labios secos como un desierto. Empapó una gasa en agua y se los humedeció.

No daba señales de que estuviera consciente, sé sentó al lado de él, le cogió la mano y comenzó a contarle su vida. Quizás no la escuchaba pero ella quería creer que si, vio como una lagrima corría por su mejilla, sin pensárselo dos veces le recitó un poema que le había escrito la noche anterior.
flor

Jardineros de la locura que cultiváis semillas de amor

los cuerdos os llaman dementes, los lucidos sin razón.

Cuerdos de almas muertas insensibles ante el dolor

que solo labran desiertos en los rincones del corazón.

Jardineros de la locura que hacéis un mundo mejor,

sí dar amor es locura estar lúcida no es mi ilusión... 

Con las dos manos cogidas al terminar la última frase Carmelo expiró dulcemente con una sonrisa en los labios.

Nunca olvidaría las dos frases que su amigo le dijo:
La enfermedad me enseñó a mirar al prójimo con los ojos del amor.

La vida ha sido bella para mí.
Verónica salió de la habitación llorando a lágrimas vivas, pero se sentía sosegada. Le daba gracias una vez más a la vida por poder vivir esos momentos tan difíciles y sublimes.
 
Relatos y cuentos de Lola Conde Rodriguez
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