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La magia de los cuentos

 

QUIMERA

Hubo una vez una estrella fugaz que se atrevió a desobedecer las leyes sagradas del firmamento. Deseaba vivir como los seres terrestres. Sin pensar en nada, huyó del infinito para adentrarse en el mundo de los vivos seres. Se escapó tan de prisa que resbaló y cayó en lo alto de una alondra. Ésta era tan bella que el colorido de su plumaje le recordó el arco iris, además, su trino se asimilaba al canto alegre de los Ángeles, así que la estrella decidió quedarse anclada en el cuerpo de aquella hermosa ave… Quimera era una alondra que volaba cada vez más alto para acercarse a su sueño. Todos los días esperaba la llegada del ocaso para regalarle a su amor sus más hermosos trinos rebosantes de amargura.
alondra
Se lamentaba sin poder amarrar su aflicción. Para ti sólo soy dos alas que pueden volar. ¡Siento que muero! Es difícil, muy difícil respirar cuando el corazón duele. Nada me consuela en esta vida necia. ¡Te suplico amparo y consuelo para este anhelo desesperado! Sin tomar aliento, siguió cantando mirando las estrellas hasta quedarse dormida.

Un día, una depresión profunda la invadió y dejó de trinar.

-¡Ay de mí! sufro por un amor imposible.

Había perdido el colorido de su plumaje y cada día estaba más flacucha.

Muy apenado, el gorrión le preguntó a la alondra qué le sucedía, entonces, ella le contestó:

– Él sigue perdido, como si la tierra se lo hubiera tragado.

– Quimera, te daré el beso que tanto deseas…

Y el mirlo para hacerla sonreír le del dijo:

- Te construiré el nido más grande y hermoso. Compondré una canción de amor para ti, para que el ruiseñor te la cante.

- ¿Cómo puedes estar enamorada del sol ? ¡él no siente ni padece! -espetó la urraca. 

-¿Y tú cómo lo sabes,has intentado averiguarlo?

La urraca bajó la cabeza sin saber qué responder.

- Yo puedo hacerte feliz – argumentó con ilusión él ruiseñor.

La alondra sonrió tristemente y pensó: Nadie comprenderá jamás mi quebranto. Soy un laberinto de emociones .

Sus rayos subyugantes iluminaban y endulzaban mi alma amarga; abrigando mis días.

Cuando llegue el mes de mayo, partiré en su búsqueda.

- ¿Qué dices? ¡Has perdido la cordura! –le amonestó la urraca- Estás viendo telarañas en el aire.

-No entiendes nada, ¡pobre tonta! ¿De qué me sirve vivir si soy tan desgraciada?

El palomo, muy preocupado, intentó persuadirla.

- ¡No puedes todos tenemos nuestras limitaciones! Viajar hacia el cielo es otra cosa ¡ Además, si lo consiguieras ¡que lo dudo!, el sol te abrazaría.

Enlutada y tan dulce como el aceite de ricino, Quimera se defendió.

-¡Ya basta! No cambiaré de opinión. Sea corta o larga mi vida ¡sólo es mía! Ahora, dejadme. Estoy cansada de tanto hablar…

Todas las aves alzaron el vuelo de prisa y se fueron a conversar al palomar. Allí, el águila comenzó a meditar en voz alta:

- Nunca he visto algo parecido. No conozco a ningún ave que crea en los duendes. Es como empeñarse en ver a una lombriz bailar un tango.

¡Pobre Quimera, el orgullo y la tristeza la mataran!

La alondra estuvo sumergida en un largo letargo. El sauce llorón la estuvo protegiendo del frío con sus hojas y las ramas, hizo de paraguas para que no se ahogara con la lluvia.

La primavera había llegado, pero el cielo seguía oscuro. La alondra continuaba llorando y el viento no cesaba de lamentarse. Sin pensar qué le depararía el destino, esperó el anochecer y alzando sus bellas alas, emprendió el camino hacia las estrellas. A la llegada de la aurora se posó en la primera nube que encontró. Se abrazó a ella, tomó aliento y pensó: Ella me sostendrá. Y agotada, se quedó dormida.

El dolor la despertó. Había resbalado y se cayó en un campo de trigo. Estaba herida, con las alas ensangrentadas. La decepción la invadió, pero sus ojos se clavaron como alfileres en el cielo. El águila la encontró y la rescató de la muerte limpiando sus heridas y dándole cobijo en el nido junto a sus crías. La alondra, asustada, miró a su alrededor. Se quedó estupefacta: estaba acurrucada con crías que no eran de su especie. Las miró acongojada, cerró los ojos resignada y se desmayó. Una vez más, volvió a soñar con una lluvia de estrellas en un mundo diferente donde no existía el instinto maternal y no amaban a ningún ser de sangre caliente.

El águila la despertó para alimentarla, ella la miró fijamente y con un quejido le suplicó que la dejara morir.

- Sólo soy un error de la naturaleza -le dijo-. Mi sueño se ha desvanecido tan de prisa como la espuma en el mar.

El águila la arropó con su cuerpo sin llegar a comprender por qué había arriesgado su vida por una estúpida fantasía. Quimera le suplicó al águila que la cogiera en brazos para poder mirar el cielo. Sus ojos eran dos espejos que se iluminaron. A través de ellos, El águila vio cómo un manto de estrellas bajaba del infinito. Aterrorizada, cogió a sus crías y huyó de la montaña. Llegó hasta la copa de un árbol donde poder anidar. Estarían más seguros allí mientras esperaba el amanecer para averiguar lo sucedido. 

De repente, el firmamento comenzó a vestirse con sus mejores galas. Dejó de llover. El viento se apaciguó y las nubes grises fueron marchándose para darle paso a las estrellas y a la luna llena. Todas las aves quedaron estupefactas: nunca habían conocido un fenómeno tan extraño. El frío del invierno se fue alejando como la escarcha al amanecer. Los árboles comenzaron a vestirse con sus hojas y flores. El bosque se vistió de verde y todas las florecillas silvestres comenzaron a brotar. El aroma de la menta y el poleo, el canto de la cigarra y el grillo puso en alerta a todos los animales de que la primavera había llegado.

El águila voló de nuevo hasta la montaña para rescatar a Quimera, pero se quedó desolada: el nido estaba vacío. La congoja la arrastró. Muy preocupada, alzó el vuelo tomando altura sin pensar que iba camino hacia el cielo.

Llegó a la primera nube y de repente escuchó el canto de una alondra. Dislocada, buscó por todas partes pero solo veía estrellas. Siguió el sonido de los trinos y se quedó anonadada.

- Amiga, soy yo.

-¡No puede ser! ¿Cómo puedes cantar como ella? –dijo el águila enfadada- . Sólo Quimera trinaba así y tú no eres más que una vulgar estrella.

-Pero... ¿qué dices? Ella es una bella alondra. Perdona, creo que estoy perdiendo la cordura. ¿Qué insinúas?

- ¡Soy yo! Me han regalado un cuerpo nuevo. Ahora soy una estrella cantora y estoy feliz. ¡ al lado Vivo de mi amado! Cada anochecer le veo y le canto una nana y con mis trinos se queda dormido al lado mío.

El lucero del alba se acercó al dulcemente águila y le contó el cuento de la estrella malvada.

Lucía se quedó tan embelezada que decidió apoderarse del cuerpo de Quimera para convivir con los seres vivos. Su egoísmo no la dejaba ver más allá de sus propias puntas. Quimera era dichosa hasta que ella se adueñó de su cuerpo. Pero la leyes del firmamento son tan sabias que a cada cual le pone en su sitio. Ahora la alondra vive al lado de su amado. Es un hermosa estrella y Lucía, solo es un astro invisible que necesita escuchar el canto de la alondra cada noche para poder sobrevivir en el infinito. Si no, caerá sobre ella la maldición del universo.

-¿Qué le sucedería? -le preguntó el águila al lucero.

– Lucía viviría eternamente en la tierra. Se transformaría en un espíritu errante buscando solo el camino hacia la luz, pero jamás lo encontraría pues ha sido maldecida y condenada. Viviría eternamente en la oscuridad por no haber valorado su existencia y envidiar la de los demás.

El águila se despidió de Quimera y contenta partió hacia la tierra derecha al palomar a contarles a sus amigos el cuento de la envidia, lo mala que puede ser esa enfermedad cuando se apoderaba de la salud de los seres vivos.
Relatos y cuentos de Lola Conde Rodriguez
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