Estás en > Mis repoelas > Colaboraciones

Cuentos y relatos de José Enrique Serrano
 

"Veleros estelares"


Aldebarán terminaba de desarrollar, en su ordenador de bolsillo desplegado sobre la mesa, su enésimo prototipo. En la pantalla tridimensional —proyectada en el aire— aparecía la última versión del desarrollo de su extraordinaria nave. Con el ratón de dedal en su dedo índice, daba las últimas pinceladas a la maravilla técnica que brotaba de su mente imaginativa.
—¿Qué estás diseñando ahora, hijo?
—Estoy dando los últimos retoques al proyecto de mi velero estelar.
—Creí que habías terminado el proyecto de tu nave el mes pasado.
—Sí, pero lo he replanteado todo. Ahora mi velero estelar, caso de construirse, tendrá más autonomía y aprovechará mejor el viento de las estrellas.
—¡Ah, los veleros! Nunca se ha construido uno en Pentiano. Solo los conocemos por ese viejo libro terrícola que sacaste de la biblioteca y me enseñaste. Debe ser maravilloso navegar en esas sencillas naves, viendo cómo el viento hincha las velas y la nave avanza con su empuje.
—Sí, mamá. Como sabes, de ahí saqué la idea. No lo sabemos, pero quiero pensar que esas hermosas naves terrícolas continúan surcando mares y lagos en el planeta Tierra.
—Estoy orgullosa de ti. Pero he estado leyendo lo que me enseñaste acerca del viento estelar y… ¿Estás seguro de que esa débil presión impulsaría de modo significativo a una nave tan rara y sin propulsores auxiliares?
—Se logrará una presión constante mientras incidan sobre el velero los rayos de nuestro sol, Pentiana. En realidad el viento estelar no es más que la presión de la radiación de una estrella sobre una superficie situada en su espacio interplanetario. La nuestra es algo más radiante que la estrella Sol. Por cierto, los terrícolas lo denominan viento solar. No hacen falta más propulsores que los de posicionamiento para aprovechar al máximo el impulso del viento estelar de Pentiana.
—Ya, pero ¿quién pone el velero en el espacio interplanetario?, y ¿quién lo recoge?
—Otras naves... se trata de un experimento, mi prototipo es de momento inútil, lo reconozco. Pero si tiene éxito una eventual prueba, quizá en Hangar Norte o en Hangar Sur alguien le encuentre utilidad en el futuro. —Su madre meneó la cabeza y le dijo:
—No te hagas ilusiones, Aldebarán. Es probable que nadie tome en serio tu proyecto cuando lo presentes en nuestros centros de investigación espacial.
—No desanimes al muchacho, Casiopea.
—No creas que censuro a la ligera lo que ocupa la mente y el corazón de nuestro hijo, Tauro. Al contrario que tú, me he informado sobre los últimos proyectos de investigación en las dos ciudades de Pentiano y por lo tanto en Hangar Norte y Hangar Sur. Si bien yo no entiendo de estas cosas, he comprobado que ni aquí, en Ciudad de las Estrellas, ni en Ciudad Cristal se ha planteado un proyecto semejante. Ni siquiera aparece en las revistas de investigación que el profesor Sirius, como sabes eminente astrofísico y astrónomo, haya escrito acerca de semejante tipo de nave.
—No soy muy listo, madre, al menos no tanto como el profesor Sirius. Tampoco trabajo en ninguno de esos centros de investigación. Pero la innovación puede brotar en cualquier lugar, como una hermosa flor en un estercolero.
—¡No llames estercolero a nuestro hogar, hijo!
—Tauro, no malinterpretes al muchacho. No está insultando nuestra modesta economía, ni nos echa en cara su poco brillante formación… ¿no es así, hijo?
—Así es, mamá. Mi escuela es digna, aunque no sea la mejor de Ciudad de las Estrellas. Pero de ella pocos ex alumnos han terminado trabajando en Hangar Norte.
—Es verdad, hijo, pero no renuncies a tu sueño de trabajar allí. En cuanto termines tus estudios de Astrofísica y Astronomía, nos pondremos a ello.
—Gracias, papá.
—Muy interesante, Aldebarán. ¡Buen trabajo!
—Gracias, profesor Sirius. ¿Ves alguna posibilidad de que sea construida?
—Será cuestión de convencer al resto del Departamento de Astronomía y Astrofísica, lo cual no es fácil. El principal escollo ya lo has superado. Gracias a tu empeño y al de tus padres, hace un año que trabajas en mi Departamento, y has conseguido que eche un vistazo a tu proyecto. Perdóname por no haberlo hecho antes.
—Te agradezco mucho, profesor Sirius, que hayas dedicado unas horas de tu valioso tiempo para examinar mi proyecto. Puesto que lo apruebas, veo que te parece viable la fabricación de la nave y llevar a cabo toda la logística necesaria para probarla en nuestro espacio interplanetario.
—Así es.
—Pero, ¿cómo es posible que estando de acuerdo tengas que convencer a tus subordinados?
—Es cierto que soy el Director del Departamento, muchacho, pero en Hangar Norte las decisiones se toman colegialmente, por si no lo sabías.
—No lo sabía, señor Sirius. Hasta ahora me he limitado a trabajar en la Oficina de Proyectos, y solo he tratado con mi jefe y compañeros.
—En la próxima reunión, estudiaremos la inclusión o no de tu proyecto en la lista de desarrollos a implementar.
—¡Gracias, señor Sirius!
—De nada, Aldebarán, tu trabajo es interesante, y eres uno de los miembros de este Departamento. ¡Tienes posibilidades, compañero! —La votación resultó a favor de incluir el proyecto de Aldebarán en el directorio de proyectos a llevar a la práctica. Más tarde se decidió que apareciese en primer lugar.
—¡Enhorabuena, Aldebarán! Esperaba que lo incluyesen en la lista, ¡pero no el primero!
—¡Oh, mil gracias, profesor Sirius!
—No creas que he influido mucho en la decisión, todos hemos intentado ser objetivos, como siempre. Por cierto, la calidad y economía de tu proyecto encandilaron a Cefeo, el Subdirector. Eso fue decisivo para que ocupase el primer lugar, por delante de otros proyectos que llevaban años esperando. —Regresó a casa y comunicó a sus padres la buena noticia, pletórico:
—… Y dentro de dos años pentianos la nave Cliperlán, el primer velero estelar de la historia, será probada en nuestro espacio interplanetario.
—¡Un beso, Aldebarán!
—¡Y a mí otro, hijo!
—¡Esto se merece un extraordinario en la comida de hoy! —De postre, Casiopea sacó la tarta que tenía reservada para el aniversario de su boda, que celebrarían al día siguiente. En secreto, la había adornado para que se asemejara bastante a la proyectada nave de su hijo, también redonda, aun sin saber entonces si lograría sacar adelante su proyecto. Por eso resultó perfecta para la ocasión. A toda prisa y con una sonrisa, ella borró los nombres de Tauro y Casiopea y puso, a base de una especie de merengue, dos nombres: Aldebarán y Cliperlán.
—¡Llegó la hora, Aldebarán! Entra en la cabina, comprueba que todo funciona bien y actúa según lo previsto. Nosotros nos ocuparemos del resto. ¡Buena suerte, muchacho!
—¡Gracias otra vez, señor Sirius! —La puerta de la cabina se cerró herméticamente. Las escaleras con ruedas se alejaron de las naves con Sirius de pie en su parte superior. Cuando llegó a la zona de seguridad más próxima a las naves, éste las bajó y permaneció observando con el resto de los Pentianos congregados allí para ser testigos del evento, entre ellos todos los compañeros de Aldebarán en el Departamento.
Terminada la cuenta atrás, cuatro naves esféricas despegaron transportando la plataforma circular de resistente material plástico a la que estaba anclada el prototipo, plegado.
Una vez en el espacio interplanetario, a 100.000 Km. de la superficie del planeta, El prototipo, manejado por Aldebarán, soltó amarras de la plataforma, que seguía asida a las naves. Entonces éstas frenaron. Por lo tanto el velero estelar continuó con el impulso adquirido en el vacío ingrávido, distanciándose de la plataforma y las naves. Desde ese momento, las cuatro cámaras de sendas naves comenzaron a grabar en vídeo las evoluciones del singular ingenio espacial.
Aldebarán actuó los controles y Cliperlán inició la lenta maniobra de despliegue de “velas”, cual si fuera un extraño velero terrícola. Los anillos metálicos se expandían, concéntricos, y un resistente y liviano plástico conformaba poco a poco la enorme superficie necesaria para que el velero estelar fuese impulsado lo suficiente por la ínfima presión de la radiación Pentiana.
Nuevas eyecciones de gases de los pequeños cohetes de posicionamiento… y por fin el enorme conjunto circular quedó estable. En el centro del enorme círculo de plástico y aros de metal, estaba la cabina donde se hallaba Aldebarán, como una araña en medio de su liviana tela.
—¡Hangar Norte a Aldebarán! —Era Cefeo quien estaba al habla.
—¡Sí, Hangar Norte!
—Todo está siendo grabado por las cámaras. Maniobra para que Cliperlán se aleje de nuestro planeta. —Los pequeños cohetes de posicionamiento, distribuidos a lo largo de los aros, actuaban por instantes aquí y allá, controlados con armonía por el programa que diseñó Aldebarán. Un buen rato después, cesaron las eyecciones de gases. Aldebarán autorizó al ordenador de a bordo el previsto despliegue de los paneles fotovoltaicos en la parte trasera de la cabina, los cuales aseguraban la energía eléctrica necesaria para la maniobra de toda la nave y el mantenimiento del soporte vital en la cabina del piloto. El velero estelar estaba en posición y su estructura era estable, sin ondulaciones a lo largo de su extensa superficie circular. Sus velas de resistente plástico estaban siendo empujadas con suavidad por el viento estelar de la estrella Pentiana.
Diez horas más tarde, la aceleración era de unos cuantos metros por segundo.
—¡Hangar Norte a Aldebarán!
—¡Sí, Hangar Norte!
—Han transcurrido diez horas… ¡Cliperlán ha alcanzado la velocidad prevista!
—¡¡Guauu, lo sabía!!
—Inicie la maniobra de plegado. —Cuando terminó el lento plegado de sus aros metálicos y velas de plástico, la atípica nave volvió a adquirir el tamaño adecuado para acoplarse con la plataforma circular. El conjunto de las cinco naves regresó a Pentiano.
Ya en Hangar Norte, Aldebarán Escuchó vítores desde que se asomó por la puerta de su cabina. Permaneció inmóvil y de pie sobre las escaleras con ruedas, que se desplazaron hacia donde estaban las personas que lo esperaban. Desde arriba, saludó a sus padres. Cuando bajó las escaleras, ambos se abalanzaron sobre su hijo, lo abrazaron y se lo comían a besos.
—¡Bien hecho, hijo! ¡Felicidades!
—Gracias, papá.
—¡Eres maravilloso, Aldebarán!
—Gracias, mamá. —Su novia no dijo nada; lo abrazó y besó con ternura.
—¡Esto es solo el comienzo, muchacho! He dado orden a tu jefe para que te dediques al desarrollo de veleros estelares durante todo tu horario de trabajo.
—Gracias otra vez, señor Sirius. Debo mucho a tu apoyo.
—Sobre todo, hijo, debes mucho a tu trabajo, constancia e inteligencia.
Cliperlán fue desguazado, pues ulteriores desarrollos de Hangar Norte mejoraron poco a poco en el aprovechamiento del viento estelar, con menor gasto de energía y costes de fabricación inferiores.
Pasaron los años. Un hijo de Aldebarán —a quien puso su mismo nombre— disputó por fin una carrera junto con otros seis veleros estelares. El suyo también se llamaba Cliperlán. Los siete pilotos eran jovencísimos. Eran modelos muy diferentes, que implementaban variadas e imaginativas formas de aprovechar el viento estelar. Desplegaban sus “velas” y avanzaban, majestuosos. Competían en la Iª Copa de Veleros Estelares de la historia de Pentiano.
Por fin, el anciano Sirius dio la salida pulsando un botón:
—¡Buen viaje, muchachos! ¡Que gane el mejor! —Treinta horas después, Aldebarán “junior” ganó la competición ¡por solo unos metros!
Obra con derechos de Autor original de José Enrique Serrano Expósito. Catalogada en el registro de la Propiedad intelectual de Safe Creative.
En la sección de poesía y emoción del sitio Matemáticas y Poesía puedes leer más poemas y relatos

Otro relato de José Enrique Serrano: El Castillo de Alsulema



Página publicada por: