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Cuentos y relatos de José Enrique Serrano
 

"Tínfaniel y las dos mellizas"

—¿Qué se oye a lo lejos, Carmen?
—Es una flauta, Marta.
—¿Por qué no vamos a ver quién la toca, y lo escuchamos un rato?
—No sé… A lo mejor nos alejamos mucho de donde han acampado papá y mamá.
—¡Qué va!, solo será un rato. Quien está tocando no puede estar muy lejos.
—¡Vamos!
—Riendo y saltando entre jaras y romeros, se dirigieron hacia la melodía. De repente la escucharon en otra dirección.
—¿No se escuchaba por allí? ¿Cómo es que…?
—No sé, Carmen. Pero ahora la oigo más cerca. Vamos por aquí. —Caminaban por un sendero estrecho, ligeras, para no tardar mucho en regresar. De pronto una melodía diferente se escuchó cerca, detrás de ellas.
—¡Qué raro! —dijeron al mismo tiempo ambas mellizas.
—¡Rápido! —urgió Carmen a su hermana—, antes de que se aleje otra vez.

De repente una nueva y hermosa melodía las deleitó; se detuvieron. La escuchaban más próxima que antes, pero en otra dirección. Se pararon a escucharla porque pensaban que el travieso flautista las volvería a engañar y por tanto ya no sabían adónde ir a buscarlo. Las bellísimas notas cesaron.
—Nunca he escuchado una música tan hermosa.
—Yo tampoco.
»Pero ¿por qué nos evita?
—No lo sé, Marta. Unas veces está en un sitio y otras en otro. Debe correr mucho. —Marta se atrevió a llamarlo:
—¡¡Eh, flautista, ¿dónde estás?!! ¡¡Ven, queremos verte!!
—¡Marta, ¿dónde está nuestra tienda de campaña?!
—¡Oh! Hemos dado tantas vueltas que me he perdido.
—Yo también.
—¡¡Flautista ven, por favor!! ¡¡Ayúdanos, que nos hemos perdido!! —Un joven salió de detrás de un pino. Vestía un elegante traje verde oscuro, ajustado a su cuerpo. Un sombrero de tirolés color ocre con pluma de color verde claro adornaba su cabeza. En la mano derecha tenía una bonita flauta de madera. Su cara era hermosa y su cuerpo atlético. Aparentaba tener unos veinte años, bastantes más que las mellizas.
—¡Oh! ¿Quién eres tú?
—En esta parte del ancho mundo, Marta, me llaman Tínfaniel. —La niña calló, extasiada.
—¿Cómo sabes el nombre de mi hermana?
—Muy fácil, Carmen: os he escuchado hablar.
—¿Sabes nuestros nombres porque nos escuchaste hablar? ¡Pero si estábamos lejos y tú te dedicabas a tocar la flauta y correr!
—Tocas muy bien.
—Gracias, Marta. En cuanto a escucharos de lejos, Carmen, esa es una de mis habilidades. —Ella le preguntó:
—¿También es otra de tus habilidades correr tan rápido de un lado a otro?
—Yo no corro, paseo tocando la flauta, cuando termina la tarde, en el crepúsculo, en los sueños…
—¿Dónde aprendiste a tocar tan bien?
—Es un don. Vine a este mundo tocando mi flauta. —Marta lo miró, ceñuda:
—Eres un poco raro, ¿sabes? ¡Anda, tócanos otra canción!
—¡Marta!, te recuerdo que estamos perdidas, y que nuestros padres nos han prohibido hablar con desconocidos. Tenemos que encontrar nuestra tienda cuanto antes.
—¡Pero eso puede esperar!
»Tínfaniel, ¿tocarás otro tema y luego nos ayudarás a encontrar a nuestros padres?
—Sí, amigas. —En un claro del bosque cercano al estrecho sendero, las mellizas tomaron asiento en unas piedras bastante planas. Tínfaniel continuó de pie, sin dejar de mirarlas a los ojos. Ellas lo escuchaban, soñolientas. Comenzó a tocar un tema nuevo, aún más hermoso que los anteriores, ora con ritmo trepidante, ora tranquilo. A veces profundo, a veces alegre, y siempre interesante, conmovedor. Parecía la narración de una aventura épica. Terminó con un arrullo enternecedor.
El joven bajó su flauta y continuó observando a las niñas, que se habían dormido. Unos ruiseñores cantaron un rato. Cesó el canto de esas aves y ambas mellizas se despertaron al mismo tiempo. Marta preguntó al enigmático flautista:
—¿Nos has “tocado” una historia?
—En efecto, pequeña. La historia de lo que he vivido en vuestro país.
—¿Y al final de la melodía estamos nosotras?
—Has acertado, Carmen. —Ambas suspiraron, halagadas y felices.
—Pero el tiempo pasa, niñas. En breve llegará el crepúsculo, el canto de mi flauta ha durado más de lo que pensáis. Vuestros padres deben estar preocupados por vosotras, y pronto tendréis hambre. ¡Venid conmigo! —Cuando vieron la tienda de campaña, el joven les dijo:
—Bien, ya habéis llegado. ¡Carmen, Marta, hasta otra ocasión!
—¡Ven con nosotras! —dijo Marta, en tono suplicante.
—Te presentaremos a nuestros padres —propuso Carmen.
—Lo siento, pequeñas. ¡Hasta otra! —Y desapareció, raudo, entre el denso ramaje. Un nuevo tema brotó de su flauta. La música parecía sugerir apariciones y ocultamientos jocosos.
—¡Pero qué patraña!, niñas. ¡¿Pensáis que vuestro padre es tonto?!
—¡Tampoco vuestra madre es tonta!
—¡Es verdad! —exclamaron las mellizas a un tiempo. Su madre las miró a los ojos y vio total sinceridad.
—¡La cena se enfría! —Cenaron en silencio; se miraban unos a otros; tardaron menos de lo acostumbrado.
—¿Será verdad, José Ángel? Sería tan bonito que lo fuese…
—¡Ya me pones en duda, Mari Carmen! Nuestras hijas no suelen mentir, pero tienen mucha imaginación.
—A propósito de imaginación, ¿dónde he leído algo parecido?... ¡ya lo tengo!: Tinfan Trino.
—¿Quién es Tinfan Trino? —preguntaron al mismo tiempo sus mellizas.
—Un personaje de Tolkien poco conocido. De acuerdo con su mitología, se trata de un Maiar perteneciente al séquito del Vala de los sueños: Lorien Irmo. Acostumbraba este espíritu a errar por los jardines de Lorien, tocando la flauta de maravilla. Narra Tolkien que este Maiar solo se hacía oír por algunos humanos en raras ocasiones, y era aún más raro que se dejara ver. Tocaba al caer la tarde y en el crepúsculo, en los jardines de Lorien… Y, varias edades más tarde, era su deleite continuar inventando música e interpretándola en la Isla Solitaria. ¡Cada nueva melodía superaba a las otras en esplendor! —José Ángel preguntó a Mari Carmen:
—¿Y por qué se llama Tinfan?
—Supongo que por semejanza con las notas de su flauta. —Carmen preguntó:
—¿Y por qué Trino, mamá?
—Supongo que también por la música que hacía brotar de su flauta, más hermosa que los trinos de los pájaros.
»Pero por mucho que lo deseemos, niñas, Tinfan Trino no existe. Es un personaje maravilloso —Mari Carmen suspiró—, pero no es real.
—¡Es real, mamá! —aseveró Carmen—. Él nos dijo que Tínfaniel es uno de sus nombres, que así lo llaman en este país. ¿¡Y si en otros lugares le llaman Tinfan Trino!?
—¡No soñéis despiertas! —intervino José Ángel—. ¡Tinfan Trino no existe!, ¡y Tínfaniel tampoco!
—¡Si hubieras escuchado su música, papá! —replicó Carmen.
—¡Y es muy guapo, mamá! —aseguró Marta. Para las niñas, guapo y bueno es lo mismo.
—¡Bueno, ya está bien! —exclamó su padre—. Terminad los deberes y acostaos pronto.
Terminados los deberes, jugaron un rato y se acostaron. Su madre les contó el cuento de antes de dormir, esta vez relacionado con Tinfan Trino y un marinero que logró arribar a la Isla Solitaria y le fue concedido escucharlo y verlo… Apenas terminó, sus hijas se durmieron.
Ambas hermanas participaron del mismo sueño. Corrían por el bosque y de vez en cuando se detenían a descansar. En todos esos momentos veían a Tínfaniel y se deleitaban escuchando las inagotables melodías que arrancaba de su flauta.
Mari Carmen soñó que recogía la ropa, tendida fuera de la tienda de campaña. De pronto escuchó una flauta. Su corazón latió con fuerza, y miró hacia el lejano pino de donde provenía la música. Un apuesto joven, vestido como las niñas le habían contado, salió de detrás del tronco. Se quitó el sombrero y le hizo una simpática reverencia. Se colocó bien el sombrero, le sonrió, burlón, y la miró en silencio. Ella vio en su mirada la sabiduría de incontables años, y un poder centrado solo en ser feliz con la música y hacer partícipes a otros de esa felicidad, apareciendo, haciendo oír sus siempre inventadas melodías y desapareciendo. De pronto desapareció y ella se despertó; era la hora de levantarse.
Horas después, Mari Carmen fue a recoger la ropa seca, colgada en la cuerda tendida entre dos pinos. Escuchó una flauta… de nuevo su corazón latió con fuerza. El sonido parecía provenir del mismo sitio que en el sueño. Miró el lejano pino y preguntó, nerviosa:
—¿¡¡Eres Tínfaniel!!? —No hubo respuesta.
De repente, escuchó tras ella otras notas distintas, más lejanas. Se giró, sobresaltada. No vio a nadie, pero se tranquilizó apreciando la belleza del nuevo tema musical.
Se sobresaltó cuando alguien le tocó el hombro por detrás. Volvió a girarse y vio a José Ángel. Entonces preguntó a su marido:
—¿Has oído lo que yo?
—Sí. —Los pájaros cantaban, alegres. Carmen y Marta aparecieron por detrás de la tienda. Se notaba que habían corrido. Las dos a un tiempo, preguntaron a sus padres:
—¿¡Lo habéis escuchado!?
—Sí —respondieron ambos, al unísono.
La familia se fundió en un abrazo. En un rincón oculto entre la fronda, Tínfaniel los contemplaba, sonriente.
entre la fronda
Obra con derechos de Autor original de José Enrique Serrano Expósito. Catalogada en el registro de la Propiedad intelectual de Safe Creative.
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