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Cuentos y relatos de José Enrique Serrano
 

"Silfidian y Elfenion"

la sílfide Silfidian
—A veces me hago visible a un humano, más a menudo a un elfo. Algunos me confunden con un hada, otros con una hechicera elfo. ¡Qué tontería! Las Hadas son muy pequeñas, aunque es verdad que nos parecemos. También es cierto que soy hechicera, y que mi estatura es la de una mujer, humana o elfo, pero ninguna de ellas es capaz de levitar, como nosotras. Cuando esos bobos dejan de admirar mi rostro, se percatan de que tengo tenues alas y que levito…

»¡No soy hada, no soy una elfo, no soy humana!... ¿qué soy?

»¿Qué me contó mi madre hace casi un siglo, antes de separarnos? ¡Ah, sí! Hace muchas edades, Lorien —el Vala de los sueños— se unió a una Maia voladora y tuvieron una hija, Silfidien. De ella y un Alto Elfo de Valimar procedemos el resto de las Sílfides. Mi madre me advirtió antes de dejarme que, si tengo una hija, saldrá de un huevo perlado que pondré sola, sin ayuda.

»¡Sola, sin amigas!; por eso hablo tanto conmigo misma, como ahora… hasta que un varón conquiste mi corazón, hombre o elfo, y me dé conversación. Talvez nunca encuentre a un varón con quien compartir mi existencia. Entonces, con el paso de los años, de los siglos, mi belleza siempre juvenil se marchitará y mi luz se debilitará poco a poco, creciendo la tristeza.

      Su monólogo era en voz alta,
      en su lengua musical,
      que es como un canto,
      levitando a unos palmos del suelo,
      junto a un árbol,
      en la cumbre de la Colina del Sur.
      Era de noche.

Fue entonces cuando percibió algo, aunque no oyó ruido alguno. Se dio media vuelta y vio a un elfo que la atravesaba con la vista; notó en su cara que detectaba algo en el aire: a ella, aunque él no sabía qué. Su porte era impresionante, y más aún la belleza de su rostro. No temió nada de él, por eso se hizo visible. El elfo apenas se sobresaltó al verla aparecer. Sus cuerpos se veían con más claridad en la noche que a la luz del sol, pues los Elfos irradian una luz parecida a la de la luna, y las Sílfides, cuando se hacen visibles, emiten una perenne luz que semeja a la del crepúsculo.
—¿Qué hace una sílfide levitando en la cumbre de la colina; perceptible, en vez de permanecer invisible sobre la copa de un árbol, como acostumbran las Sílfides?… —le producía gran placer escuchar la voz de ese elfo, y se deleitaba con su belleza. Ella le contestó en lengua élfica:
—Veo que no me confundes con una mujer elfo, como ha ocurrido con otros de tu pueblo; eso también me agrada.
—¿También? —Ella se ruborizó. Para cambiar de tema y por curiosidad, preguntó al desconocido:
—¿Cómo te llamas?
—Mi nombre es Elfenion, hijo de Elfrondil, Rey Bajo la Colina. ¿Cómo te llamas tú?
—Silfidian, una de tantas Sílfides.
—Pero ¿qué hace de noche y en la cumbre un príncipe del pueblo de los Elfos Bajo la Colina?

—Me aburre estar demasiado tiempo en la Caverna Bajo la Colina, a pesar de ser muy grande: profundiza bajo las raíces de esta pequeña montaña, cuya cumbre casi coincide con el techo. Necesito tomar el aire de vez en cuando. A veces paseo de día, a veces durante el crepúsculo, como hoy. Anduve largo rato por el bosque al pie de la colina, después subí a la cumbre, y aquí me tienes. Mi paseo se ha prolongado hoy, ¡de lo cual me alegro! —Sonrió a la sílfide. Esta vez las mejillas de la bellísima Silfidian no se sonrojaron. Sus ojos se acercaron a los de Elfenion y los de él a los suyos: se atraían el uno al otro, despacio…
Un búho ululó en la noche, y el encanto se rompió. El elfo se detuvo, la sílfide batió sus alas y aceleró una rápida levitación hacia atrás para alejarse un poco del príncipe.
—¡Lo siento, bella sílfide! Apenas nos conocemos y… ¡me he propasado!
—También yo me propasé, hermoso elfo.
»Supongo que habrá al menos una chica elfo que pretenda conquistar el corazón del hijo del Rey Bajo la Colina…
—Una lo pretende.
—¡No seré yo su rival! El Rey Bajo la Colina no vería con buenos ojos que uno de sus hijos se uniera a una sílfide…
—Además soy su primogénito… No, no lo vería bien, hermosa Silfidian.
—¡No me hables así!… no juegues con mi corazón, príncipe.
—Perdóname. Somos imprudentes permaneciendo juntos, diciéndonos cosas bonitas… debemos despedirnos ahora y limitarnos a ser amigos. —Ella se giró: de repente estaba de espaldas a él; dos lágrimas asomaron a sus ojos. Entonces dijo al príncipe, con ternura:
—Tienes razón, amigo. Ven a verme una mañana, dentro de muchos días…
—Hasta la vista, amiga. —Ella deseaba estar con él, al menos volver a verlo cuanto antes, por eso se contradijo:
—¡Hasta pronto, amigo! —Sin mirar atrás, levitó rauda a la copa del árbol, ayudando con sus alas a su poder de levitación. Elfenion la siguió con la vista, por si volvía su rostro hacia él y podía admirar de nuevo su bellísima cara… pero ella se tornó invisible.
Entonces él dio media vuelta y dijo, en un susurro:
—Siempre seré tu amigo. —Al mismo tiempo, levitando invisible sobre la copa del árbol, ella cantó en su lengua:
—Siempre seré tu amiga. —Él bajó la cumbre, triste, dudando si hacía lo correcto… desapareció en la espesura, comenzando la ladera, dentro de una grieta entre las rocas.
Todas las mañanas, ella se hacía visible y lo esperaba largo rato. Si quería visitarla, la encontraría junto al mismo árbol que fue testigo de su encuentro... pero él no volvió.
Un año después, una nublada mañana de otoño en la que no se distinguía desde la cumbre de la colina la playa sur de la Isla Encantada, un elfo silvestre del Bosque del Sur —situado al pie de la colina, que se encuentra junto a su linde suroeste— subió a la cumbre dando un paseo. Para su sorpresa, vio una sílfide llorando junto al tronco de un árbol.
—¿Por qué lloras, hermosa sílfide? ¿Qué ha pasado con tu luz?
—Mi luz se apaga poco a poco, pues mi corazón sufre desde hace tiempo.
—Las penas se alivian compartiéndolas, cuéntame la tuya.
—Todas las mañanas espero aquí a un amigo, pero ha pasado un año y él no me visita.
—La amistad no es excluyente. Si te agrada mi compañía, también seré tu amigo. Yo te visitaré siempre que quieras. —Ella secó las lágrimas con sus delicadas manos, sintiendo alivio en el corazón.
me llamo silfidian
—Me llamo Silfidian. ¿Cómo te llamas tú?
—Mi nombre es Elvetrion.
—Los Elfos Silvestres sois impulsivos, más dados a actuar que a razonar, aunque me parece que tú eres una excepción. En cambio los del Pueblo Bajo la Colina suelen ser mesurados en el hablar y el actuar. Vuestro aspecto es también diferente… dime, ¿os lleváis bien ambos pueblos élficos?
—Durante mis escasos dos siglos de vida, no he sido testigo de más conflictos entre ellos y nosotros que el ocurrido hace tres años. Nos declaramos la guerra, sí… pero aquello pasó y se curaron las heridas de nuestros corazones, gracias a la intervención de unos Pegasos enviados por Elborendil. En adelante solo será un tema más para nuestros cantos y poemas en la noche, junto al fuego.
—Me alegro por ello…
»Dime, Elvetrion, ¿sabes algo del príncipe Elfenion?
—Se unió a una noble dama elfo de su pueblo. Son muy felices; tienen un hijo muy vigoroso, quien con solo nueve meses juega ya con niños mayores. —Silfidian se enfadó, algo celosa; pero se sobrepuso, y dijo con sinceridad:
—¡Cuánto me alegro!
—Yo también, Silfidian…
»¿Somos amigos? —Ambos se miraron a los ojos.
—Tú no eres mi amigo, eres mi amor… —Silfidian y Elvetrion se acercaron poco a poco, mirándose con dulzura y un brillo nuevo en los ojos…
El sabio búho continuaba despierto a pesar de ser mediodía, vigilándolos oculto en la fronda; pero esta vez no ululó… Silfidian y Elvetrion se abrazaron; el búho cerró sus ojos y durmió hasta el anochecer.
Transcurrieron dos años. Era una hermosa mañana otoñal, diáfana. La playa sur de la Isla Encantada se podía admirar con nitidez en la lejanía, desde la cumbre de la colina. Una bellísima niña sílfide jugaba con las hojas caídas de otro árbol. Creía que estaba sola. Sus incipientes alas y pequeño cuerpo apenas lograban mover el aire lo suficiente para hacer volar algunas hojas secas.
De pronto vio un hermoso niño elfo, muy fuerte para su corta edad, alrededor de un año mayor que ella, que tenía solo nueve meses.
Aunque era de día, el búho sabio abrió los ojos, oculto en la fronda, y los observaba.
Se pusieron a jugar, sin mediar palabra, riendo felices. El niño fingía que intentaba capturar a la niña, profiriendo feroces gritos, sus manos simulando garras. Ella chillaba aparentando horror, huyendo despavorida —ayudando la levitación con sus delicadas alas—. Luego se acercaba a él y revoloteaba a su alrededor, mientras el niño fingía intentar atraparla de nuevo. Así varias veces, con ágiles y veloces movimientos que arremolinaban las hojas secas entorno a ellos.
El padre del niño elfo los sorprendió jugando:
—¿Qué haces, hijo? ¿Por qué juegas con una sílfide?
—¿¡Por qué no!? ¡Es una niña muy bonita, papá!; nos divertimos mucho.
—¡Y tú eres muy lindo, como tu padre! —intervino la mamá sílfide, al tiempo que se hacía visible.
—¡Silfidian!... han pasado los años… yo no he venido a verte… perdóname.
—Hiciste lo correcto, Elfenion.
—También tu hija es preciosa.
—El pasado año me uní a Elvetrion, un elfo silvestre; nos queremos, somos felices y deseamos tener muchas Sílfides. Elborendil se alegrará de que jueguen más niños en su isla.
—Desde hace casi dos años estoy unido a una dama de mi pueblo; también nos queremos, somos felices y queremos tener muchos Elfos, para nuestra alegría y la de Elborendil.
»¡Ah, y un pequeño detalle!: Elvetrion es el primogénito de Elfestron, Rey del Bosque del Sur.
—¡No me lo ha dicho!... bueno, a decir verdad no le pregunto por su familia cuando me visita…
»¡Oh, hija mía, eres una princesa!
—¡Porque tú eres una princesa, dama Silfidian, porque tu marido es un príncipe!
—Te pido disculpas, príncipe Elfenion. Los niños juegan siempre que pueden, sin más consideraciones… ¡ven, princesita, debemos irnos!
—¡No, que los pequeños príncipes jueguen el tiempo que quieran! —Silfidian y Elfenion se miraron a los ojos y sonrieron, felicísimos. Ambos habían encontrado el amor de su vida, tenían unos hijos maravillosos… y por fin eran solo amigos.
Elfenion miró a los niños —que lo observaban con mucho respeto—; dio media vuelta y se marchó dichoso, colina abajo. Al igual que Silfidian, se sentía más ligero que nunca, pues había desaparecido el peso que ambos llevaban en su corazón…
Cuando los matorrales ocultaron al príncipe, ella miró a los niños, radiante de luz y de alegría:
—¡Seguid jugando! —Volvió a hacerse invisible y continuó observándolos, embelesada.
El búho cerró sus ojos y durmió, complacido, hasta el anochecer.
meditando en el bosque
Obra con derechos de Autor original de José Enrique Serrano Expósito. Catalogada en el registro de la Propiedad intelectual de Safe Creative.
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