Estás en > Mis repoelas > Colaboraciones

Cuentos y relatos de José Enrique Serrano
 

"Iai Tom salva a su maestro"

samurai con catana
Xing Pan Zen limpiaba su vieja bicicleta en el amplio jardín de su casa, en el campo... por fin comentó a su discípulo:

—Hace un año que se ha marchado. Iai Tom es buen chico, Mo Nin: discreto, callado, inteligente y muy diestro con la catana. Nunca servirá a propósitos perversos y socorrerá a quien esté en peligro y le pida ayuda. Pero todavía tiene cosas que aprender, no debió irse de mi lado.
»Tú has salido ganando, Mo Nin, pues tengo por norma no enseñar a más de un discípulo… Pero ahora soy yo quien tengo que dedicarme a hacer estos arreglos.
—Yo te ayudo, maestro: cuido del pequeño huerto y pinto lo que me mandas. —El anciano samurái meneó la cabeza y se limitó a decir:
—He terminado. Píntala de negro.
—Sí, maestro, pero ¿cuándo practicamos?
—¡Obedece! Algún día verás la aplicación de tu trabajo en nuestro arte, y hasta puede que detectes los insectos sin verlos, cosa que aún no he logrado.
»Cuando termines, sube a la colina y practica lo que has aprendido hasta ahora. No regreses hasta que pasen muchos días.
—Sí, maestro.
Xing Pan Zen estaba acurrucado bajo la mesa. Era el segundo día que le pegaban esos indeseables; ahora le tiraban piedras.
—¿Qué te ocurre, samurái de pacotilla? ¿No sabes defenderte sin tus catanas? —Los monos rieron a carcajadas.
—Deberíamos venderlas, Mal Va Mon. Por la grande nos darán mucho dinero, y no poco por la pequeña.
—¡Es cierto, Man Dril! Don los últimos objetos de valor que le quedan.
»¡Volveremos, viejo! —En cuanto se marcharon, salió de debajo de la mesa y contempló, dolorido, los muchos desperfectos de la casa… y de su cuerpo.
—¡Malvados cobardes! Estaba solo junto al lago y me atacaron por la espalda —se dijo, llorando—. Ya sé lo que haré…
Xing Pan Zen subía a un ciprés enorme situado entre la cerca de su jardín y el pequeño lago, caminando por la pasarela que Iai Tom había construido, la cual rodeaba el árbol y ascendía en espiral. Con mucho esfuerzo, el anciano llegó al magnífico mirador que rodeaba la guía del ciprés, donde ató una venda.
Iai Tom caminaba con armonía, lejos del pueblo. Vestía su elegante kimono y transportaba sus catanas grande y pequeña cruzadas en la espalda. Era consciente de todo lo que le rodeaba. De repente percibió algo, se detuvo y sonrió; miró a su derecha y vio el saltamontes. El insecto se adentró de un salto en la floresta. Su maestro le había enseñado la relajación consciente, y él la había desarrollado hasta el extremo de percibir todo lo que acontecía a su alrededor, superando en ello a su mentor.
De improviso giró a la izquierda y miró, esta vez con más atención, el lejano ciprés. Su guía tenía atado un trapo blanco, que ondeaba al viento. Sin perder la calma y raudo, Iai Tom se puso en camino.
El viejo samurái lavaba sus heridas en el pequeño lago junto al ciprés. De pronto quedó inmóvil, pues vio reflejada en el agua la imagen de su antiguo discípulo.
—¡¡Iai Tom!! ¡Por fin has vuelto!
—Si, maestro. ¿Quién te ha herido? ¿Dónde están tus catanas?
—Unos malvados me las robaron. Han estado pegándome durante días. Se han marchado al pueblo a venderlas, pero volverán.
—Los esperaremos en tu casa.
—El cabecilla se llama Mal Va Mon, el otro Man Dril.
—Los conozco.

Al día siguiente:
—¿¡Qué haces ahí, viejo!? —se burló Mal Va Mon. Man Dril rió y preguntó al samurái:
—¿Esperas la paliza de hoy sentado ante la puerta de tu casa?
—¡Desde aquí veré cómo salís corriendo! —Los indeseables rieron a carcajadas, apoyados en los largos palos que habían traído. Mal Va Mon le espetó:
—¡Nos iremos cuando queramos! ¡¡Nos verás marchar molido a palos y tendido en el suelo!! —Nunca supieron por dónde vino. Escucharon el zumbido de sus hojas de acero cortando el viento. Ambos monos se volvieron y gritaron al unísono, asustados:
—¡¡Iai Tom!! —El joven samurái les dijo, con calma:
—Esta vez estoy muy enfadado con vosotros. —Los monos se miraron, después se apartaron uno de otro y le atacaron a un tiempo. Con certeros y rápidos movimientos, las catanas de Iai Tom cercenaron ambos palos.
Mal Va Mon dijo:
—No te enfades, Iai Tom. Nos vamos ya.
—¡Quietos! Antes me quedaré con un recuerdo de cada uno. —De nuevo las catanas cortaron el viento… y las coletas de los malhechores. Ambos huyeron, corriendo.
—¡Magnífico, Iai Tom! Muchas gracias.
—De nada, maestro.
—Entra, haré té. —Iai Tom quedó inmóvil y en calma, ante la puerta. El anciano sonrió, entró en casa y se puso a preparar el té.
Cuando salió, Iai Tom ya no estaba.
—Talvez regrese —pensó—, si vuelvo a necesitar ayuda.
Terminado el repaso en solitario de las técnicas de IaiDo aprendidas con su maestro, el joven Mo Nin bajó de la colina. Vino con el otoño, cuando las hojas de los cerezos comenzaban a adornar el jardín de su maestro, Xing Pan Zen. Entre la cerca de ese jardín y el lago próximo, el gran ciprés se mecía en el viento, con la venda atada a su guía. El viejo samurái prefirió dejarla allí, pues le recordaba la visita de Iai Tom, hace unos días. Recordó cómo su antiguo y aventajado alumno lo había librado de Mal Va Mon y Man Dril.
—Quizá un día vea la venda a lo lejos, atada en lo más alto del ciprés —se dijo en voz alta—, y ante la duda de si su antiguo maestro está en peligro, o si talvez no ha subido a desatarla, me haga otra visita. —Mo Nin quería dar una sorpresa a Xing Pan Zen, asomándose a la ventana de repente. Iba a hacerlo, pero escuchó ese comentario de su maestro, y se llenó de celos y envidia:
—¿Qué tiene de especial ese Iai Tom? —pensó—. Él fue alumno de la misma persona que ahora es mi maestro… Presiento que no anda lejos, y que regresará en cuanto vuelva a divisar la venda atada al ciprés. ¡Veremos entonces cuál de los dos es mejor con la catana!
Mo Nin se alojó como pudo en el bosque cercano al pequeño lago, cerca del ciprés.
Al día siguiente, lo vio venir con el alba. Mo Nin Salió a su encuentro, colérico:
—¡¿A qué vienes, Iai Tom?! El maestro no necesita ayuda, solo quiere verte de nuevo.
—¿Te ocurre algo, Mo Nin? Tranquilízate, un verdadero samurái no debe alterarse por nada en exceso.
—¡Solo recibo lecciones de mi maestro! Pero si quieres, te daré yo una. —Mo Nin desenvainó su catana grande, suspiró y logró calmarse, sin dejar de apuntar con ella a su oponente, quien le replicó:
—¡No hagas tonterías, Mo Nin! Sé que buscas demostrarte y demostrarme que manejas la catana mejor que yo. Es vano empeño, que te hace mal practicante de IaiDo e indigno alumno de nuestro maestro.
—¡Calla y desenfunda! —Iai Tom permaneció tranquilo, inmóvil y alerta. Mo Nin elevó la catana sobre su cabeza, dispuesto a partir en dos la cabeza de Iai Tom. Éste desenfundó como un rayo. La catana de Mo Nin resbaló en la de Iai Tom, hacia el hombro izquierdo de éste, quien contraatacó de inmediato, posando su lado cortante en el cuello del agresor:
—Has perdido. —El muchacho tiró al suelo la catana, su peludo rostro rojo de ira. Después se llevó las manos a la cara, rojo de vergüenza:
—Has ganado —reconoció Mo Nin, llorando—. ¡He sido un imbécil! Eres mejor que yo en todo. Te pido disculpas.
—Disculpas aceptadas... ¿saludamos al maestro?
—¡Oh, ¿pero venís los dos?! ¡Qué alegría! —Se hicieron profundas reverencias.
—Buenos días, maestro.
—Buenos días, Iai Tom.
—Buenos días, maestro.
—Buenos días, Mo Nin; te veo triste.
—No es nada —dijo Iai Tom, con sonrisa amable—. Recuerda una pena.
—¡Pasad! Prepararé el té.
samurais
Obra con derechos de Autor original de José Enrique Serrano Expósito. Catalogada en el registro de la Propiedad intelectual de Safe Creative.
En la sección de poesía y emoción del sitio Matemáticas y Poesía puedes leer más poemas y relatos
Otros relatos de José Enrique Serrano
Relato anterior: Guitar de la Tarde y Chelian del Crepúsculo ~ : ~ Relato Siguiente: Silfidian y Elfenion


Página publicada por: